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shamsia hassani uno

Un grafiti de la artista callejera afgana Shamsia Hassani.

Opinión, Política

La opresiva realidad de Halima

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Halima es una niña somalí de 14 años que cuando se olvida de quién es y dónde está, sonríe y se divierte como cualquier otra niña de occidente. El resto del tiempo, tiene la mirada de las niñas que aprenden muy pronto que, más que personas, son mercancía, utillaje, ganado. A finales de este mes de septiembre, Halima tendrá que contraer matrimonio con un hombre al que no conoce, 20 años mayor que ella. Su suerte está echada. No hay nada que decir

En estos días previos a su boda, Halima no es ajena a las noticias que le llegan sobre Afganistán. Sabe que lo que cuentan es solo la punta del iceberg, y lo sabe porque conoce bien lo que es vivir bajo el yugo del miedo y la sumisión a la violencia. Es una sensación que los voluntariosos corresponsales de la prensa europea o americana, los encargados de contarle al mundo lo que allí está ocurriendo, no consiguen ni olfatear. Para ella es su día a día. Y aunque esa sumisión a la violencia le sea tan familiar, cuando ve en la tele imágenes de las calles de Kabul con personas con turbantes y armas, se olvida de ella misma y no puede evitar suspirar temiendo lo que falta por ver en aquella ciudad cuando los occidentales se marchen. No lo quiere ni pensar.

De alguna forma, Halima se alegra de todo lo que está ocurriendo en Afganistán porque así, al menos durante unos días, se hablará en occidente de la opresiva realidad en la que viven millones de personas como ella. Mujeres en su mayoría, pero también muchos hombres. Halima reza para que los aviones consigan sacar de Afganistán a todos aquellos cuyos nombres están en las listas de los talibanes. Pero sabe que a ella no le espera ningún avión ni hablarán de ella o de su boda en ningún telediario.

No hablarán de ella. En su lugar contarán que el presidente de España ha tenido una conversación telefónica con el presidente de EEUU. Se mostrará a Pedro Sánchez en compañía de Ursula Von der Leyen junto al presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, el hombre que nunca se queda sin silla. Un tipo que de día promueve el coche eléctrico y de noche cuenta el dinero que le falta para darse un paseo espacial con su amigo Richard Branson. En los medios, algún intelectualoide planteará con gesto grotesco si el islam es compatible con la democracia, para poner su granito de arena en aras de la xenofobia. Como si el cristianismo lo fuese. Ese cristianismo terraplanista, acientífico, opresivo y excluyente con la mujer…

En los informativos de todo el mundo se mostrarán imágenes de los respectivos líderes contribuyendo a gestionar la crisis de la forma más eficiente posible. Imágenes, más imágenes y más palabras. Y mientras lo categórico copa los discursos y los medios, la miseria cotidiana baila ante nuestros ojos y parece pasarnos desapercibida. La sinfonía de noticias sobre Afganistán suena armoniosa y solemne por todo el planeta mientras el resto de países gobernados bajo el signo de la opresión continúan apacibles en su despropósito. Y Halima se olvida, aunque sea por unos instantes, de su desdicha y de lo próximo que ya está septiembre.

Halima es una niña de 14 años que vive en Somalia. Halima también vive en Egipto. Halima vive en Níger y en Marruecos, vive en Sudán del Sur, en Etiopía, en el Chad… Halima está en demasiados sitios, hay Halimas por todas partes. Con 17 años, con 13, con 16, 15… Halima vive también en España, en París, en Budapest… Halima es la niña que soporta el sufrimiento pacientemente.

A la inoperancia de nuestros líderes, expresada como vemos de las formas más variopintas, se le suman las tragaderas de todos los demás: más tontos y no nacemos

Todas las logias masónicas, con sus compasitos de mierda, sus triángulos y su omnipresente estrella, todos los rotarios con sus engranajes pulidos, sus nombres en insignias relucientes y sus campanolas niqueladísimas, todas las asociaciones de empresarios de todas las ciudades prósperas, cada uno de los miembros del club Bilderberg, los asistentes al foro de Davos, los fundadores de las grandes tecnológicas y las start-ups unicornios con su patulea de ejecutivos empalagosos abonando Linkedin de comentarios fantabulásticos, todos los gobiernos occidentales con todos sus equipos de asesores, toda esa importantísima gente que a la hora de la verdad se revela inútil… Gentazas y gentuzas, todos, todos se olvidarán de Halima cuando llegue septiembre.

Al final, en los calores del mes de agosto del año 2021, resulta difícil obviar lo evidente: hemos llegado hasta aquí y continuamos siendo el bicho más estúpido que alguna vez pisó la faz de la tierra. Ayer una crisis sanitaria, hoy una crisis política con tintes de crisis humanitaria… Y de fondo, constante a través de los siglos, lo esencial: una crisis de mínimos que atraviesa la especie de alto a bajo, desde la época de las cavernas hasta hoy. A la inoperancia de nuestros líderes, expresada como vemos de las formas más variopintas, se le suman las tragaderas de todos los demás: más tontos y no nacemos. Pero siempre se tiene la opción de cerrar los ojos y repetirse en voz baja que “no estamos tan mal”. En el fondo, ¿no es eso lo que hace Instagram?


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Un comentario

  1. Francisco Castillo

    Muy buen artículo

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