Desde hace un par de semanas, y ante el colapso de los sistemas de atención primaria, muchas consejerías de salud de las comunidades autónomas han pedido a sus ciudadanos que se autodiagnostiquen de COVID y que se tramiten sus propias bajas y altas laborales. La situación excepcional que vivimos, junto con la creciente desatención de los servicios públicos, puede explicar este insólito fenómeno, pero lo cierto es que no es muy novedoso y que responde a una lógica bien instalada en los sistemas capitalistas
Si nos aventuramos en esta línea, ya hoy dudosamente distópica, cabe imaginar que se nos pida en breve que nos autovacunemos o que nos hagamos nuestra propia apendicectomía, que nos tramitemos e imprimamos el DNI, que investiguemos los delitos de que seamos víctimas, que nos pongamos nuestras propias multas de tráfico o que nos evaluemos y expidamos nuestros propios másteres. ¿Qué podría salir mal? ¡Seguro que para cada cosa hay estupendos videos tutoriales! ¿Para qué pagar a un empleado por hacer lo que cualquier ciudadano-cliente-paciente puede hacerse gratis?
Todo esto empezó cuando un tal Clarence Saunders tuvo una visionaria idea y abrió el primer supermercado autoservicio en Memphis, Tennessee, en 1916. Su innovación consistió en poner a los clientes a hacerse la compra. Hasta entonces, en su colmado había varios dependientes tras un mostrador que solo podían atender a un cliente cada vez e iban a buscar cada producto y luego cobrarlo en un proceso laborioso. Por el contrario, haciendo que el cliente recorriera los pasillos y fuera recogiendo los productos sólo necesitaba a un empleado reponiendo los artículos y a otro cobrando en la caja a la salida. Montó una exitosa cadena de establecimientos y se hizo rico.
El hágaselo usted mismo es particularmente apreciado en las sociedades individualistas, lo que hoy significa en todo el mundo. Se nos presenta como el colmo de la autonomía y la libertad individuales, como la grata ocasión de ejercer nuestra libertad de elección. ¿A quién no le gusta, al menos sobre el papel, ser autónomo y poder elegir? Es cierto que elegir es algo más complicado que no tener que hacerlo, y un carácter timorato puede sentirse abrumado por la indecisión, pero parece que la autoconfianza ganada en el proceso puede compensar.
Abaratar costes laborales
Ello explica el ya antiguo éxito de los manuales de autoayuda. ¿Para qué acudir a un psicólogo o a un consultor si yo mismo me basto y me sobro para resolver mis problemas y estar como una rosa? «¡Y me ahorro dinero!», piensa el iluso pardillo que desprecia así el trabajo y la maestría del profesional. No, no se trata de hacernos más libres ni autónomos; se trata de abaratar costes laborales y de limitar el empleo a lo absolutamente imprescindible. Se trata de poner al cliente a trabajar.
La estratagema se ha extendido a muchos ámbitos, con el bendito concurso de las tecnologías de la información y la comunicación. Hoy hay en nuestro país la mitad de las oficinas bancarias y de los empleados en banca de los que había hace veinte años. Y bajando. ¿Cómo es posible, cuando hoy es imprescindible disponer de una cuenta para casi todo? Porque el cliente se hace todas las gestiones desde casa, claro. Porque se ha convertido en un empleado sin saberlo. Desde que, en un alarde de modernidad, se instaló el primer cajero automático, hace ya unos cincuenta años, nuestra suerte estaba echada. La política viene a ser: «No nos moleste pidiéndonos que le hagamos lo que usted mismo puede hacer si se pone«. Y lo que, en un principio, valió para retirada de efectivo, luego se extendió a transferencias, domiciliación de pagos o contratación de productos.
En las gasolineras siempre te atendían varios solícitos empleados; hoy no son pocas las estaciones en las que no ves un alma y solo necesitas una tarjeta o un móvil para pagar. Nos montamos nuestros muebles, encantados de poder ahorrarnos unos euros mientras nos creemos avezados manitas. Nos sobran los dependientes, y hasta las tiendas físicas, y nos lanzamos a comprar online hasta una bombilla, desmontando el tejido comercial de nuestras ciudades.
El resultado de todo esto parece ser no tanto que somos listos y libres, sino que muchos de nosotros tenemos empleos innecesarios y prescindibles. Y que todo aquel que pueda ser reemplazado por el hágaselo usted mismo o por un sistema automatizado será, en efecto, reemplazado. Y se nos dirá que eso es lo moderno y lo eficaz, aunque no quede claro para quién. Suele explicarse que, cuando hay cambios en los sistemas productivos como la mecanización o la automatización, se crean tantos empleos como los que se destruyen, pero parece que, en esta etapa de la historia, las cuentas no salen.
Este artículo lo podría haber escrito yo misma. Es la primera vez que estoy totalmente de acuerdo y que no me sobra ni siquiera una palabra para afirmar que todo lo que dice es verdad.
Yo me lo he visto venir todo. Y he mirado con cara de extrañeza a la gente que no se queja por estos asuntos y que sí que como los borregos lo que le manden.
Ayer estuve en El Corte Inglés, allí están quitando a todas las cajeras, además las clientas se tienen que pesar la fruta y la verdura.
Otra tienda que me parece una verdadera locura es Ikea. Tienes que ir con un lapicito apuntando lo que vas a comprar, después tienes que ir a los pasillos de la planta baja a retirarlo. Te lo tienes que llevar en tu coche porque si pagas el transporte te duele porque ponen un precio muy alto. Y después te los tienes que montar y buscar todos los tornillos.
Pero como hay gente que le gusta…
Los bancos, han desaparecido.
Sus trabajadores son robots que ya no conocen a los clientes, a no ser que les interese para llamarlos para venderle un televisor o un seguro.
De lo que están pendiente cuando llega un cliente es de mirar el ordenador para saber si está anotado que le tiene que preguntar al cliente si le hace falta un producto específico…
A mí ese tipo de atención me descompone totalmente.
La sanidad pública es un verdadero caos. Los alcaldes de los ayuntamientos han hecho alianza para protestar ellos también por lo que está pasando.
Y es que la sanidad pública está pasando muchísimas cosas.
Empezando por la atención que tienen los enfermos cuando llegan a las ambulatorios que se lo quieren comer con papas, de la mirada que le echan los de recepción. Y no veas el protocolo que te hace falta para que te atienda un médico, puedes decirle que te vas a morir que te estás ahogando que les importa un pepino, te dan cita médica para cuando le da la gana. Y cuando te coge el médico el teléfono te dice que tiene muy poco tiempo para escucharte, que vayas rápido. Es una putada. Pero todo el mundo aborregado. Bueno, todo el mundo no, porque todo el mundo no tiene la sanidad pública. El que tiene un poquito se va a la privada. Los funcionarios que tienen todos la privada.
Y los puestos de la gasolinera también es una putada buena. Esos muchachos que estaban ahí ganándose un poquito de dinero y los han quitado los cerdos. Están quitando puestos de trabajo a montones.
Y no hay nada más fatigoso que comprar un producto por internet.
El otro día compré un termo de gas. No me funcionaba. Llamé a la empresa y me pasaron con montones de gente que yo ya no sabía ni qué historia contarle. Me dijeron que el servicio técnico no venía si no le hacía una fotografía al termo para saber si estaba bien colocado.
Todo tecnología.
Yo creo que está sociedad está fallando mucho y este mundo es totalmente distópico. Yo me quedo tranquila porque, para el tiempo que me queda en el convento, me cago dentro.
Los que tengan que luchar por su futuro a ver qué es lo que hacen.