De pequeña me gustaba leer fábulas de animales. Mi madre me compraba cuentos donde venían las de Iriarte, Esopo, Samaniego…
Antes los cuentos eran preciosos, con ilustraciones a todo color, y si no pillabas la moraleja que encerraba la fábula, bien podías deducirla por los dibujos.
Una de mis favoritas era la del anciano, el niño y el burro. Se dirigían a la ciudad, no recuerdo con qué finalidad. Iba el niño montado en el burro y el anciano andando y tirando de él. Entonces lo veían unas vecinas y le decían al niño: «¿No te da lástima de tu abuelo? Con lo mayor que está el hombre y tu ahí sentado cómodamente. Anda y deja que se monte él, que es más mayor». Ya podéis imaginar cómo sigue la fábula. En la siguiente parada, afean al anciano el hecho de estar sentado y que un niño tan pequeño y débil tire del ronzal. Tampoco les parece bien a los vecinos que se cruzan con ellos que vayan los dos encima del burro (pobre burro) o los dos caminando (¿para qué está el burro?). Hartos de críticas, abuelo y nieto deciden hacer lo que les apetezca sin contar con los juicios de los demás.
Deberíamos apoyarnos en momentos difíciles
Últimamente, me veo un poco así: tengo la sensación de que no acierto con nadie, ni en ningún sitio. Pienso que no doy en el clavo en ninguna de mis facetas… Si eres mujer y estás leyendo esto, quizás pienses que somos más criticadas que los hombres (y si eres hombre, por favor, no pongas los ojos en blanco porque no es feminismo). Somos vilipendiadas por otras mujeres, por los hombres y por nosotras mismas. He visto a grupitos de señoras en el bar, llega alguna conocida y le dicen: «Qué guapa con ese vestido». Y en cuanto se va: «Una fajita no le vendría mal», «yo a su edad no me pondría eso», «dice que no tiene y todos los días un modelito»…
Nosotras las mujeres, que sabemos todas las cargas que llevamos y soportamos y que estamos todas en el mismo barco, deberíamos apoyarnos en momentos difíciles. Ya bastante tenemos con trabajar dentro y fuera de casa, con que las tareas domésticas sigan sin repartirse de forma equitativa, con soportar las tonterías de la familia política, las rebeldías de los hijos, las pitopausias de los maridos…
En este país (el único que conozco) he visto muchos casos de sonrisa por delante y puñalá por detrás. Y a mí no me va eso, la verdad… El trabajo es caldo de cultivo para todo tipo de críticas. Si vas a lo tuyo eres un rarito. He visto casos de gente que hace lo mínimo, pero está todo el día hablando con unos y con otros. Y lo poco que hace, no veas cómo cunde y lo bien que queda delante de todos. Son ese tipo de personas que saben nadar y guardar la ropa y que sobreviven en todos los naufragios. Si eres muy trabajador no lo dudes, también te criticarán: «Éste se cree que va a heredar la empresa o el cortijo».
A veces parece que uno está delante del juez y que todo lo que diga o haga será usado en su contra. Por eso me llama la atención la gente a la que les resbalan tanto las críticas de los demás. A lo mejor, precisamente, por haber sido tan criticadas, llega un momento que no les afecta. Y algunos, incluso, presumen de ello. No hay más que ver a Bárbara Rey. Ha hecho de su vida un escándalo e incluso parece presumir de ello en su documental, producido por Atresmedia y que se puede ver también en Netflix, y en su serie (con el documental tuve bastante).
A los demás mortales, ante las críticas destructivas, sólo nos queda encoger los hombros y pensar en Alaska y Raphael porque, digan lo que digan, ¿a quién le importa?
Un comentario
Magnifico escrito,plasmando la realidad y la hipocresía de nuestra sociedad… enhorabuena y como dice al final » ante las críticas destructivas ,encojamos los hombros,por qué digan lo que digan, ? a quien le importa? Saludos cordiales Julia.