educar en valores

Unos padres juegan con su hijo.

Educación, Opinión

Educar en y con valores

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Ya dijimos en el primer escrito de esta serie que lo que hace la familia consciente es fomentar en sus hijos actitudes, hábitos positivos, así como basar la convivencia en valores

Con ello, ¿Qué pretenden estos padres? Ni más ni menos que cumplir con su intención -ya expuesta en el escrito titulado Educar y preparar para la vida– de que los hijos vivan lo más fecundamente posible, esto es: sentirse realizados y en paz consigo y con la sociedad.

No nos cansaremos de decir que el mejor consejo es: pasar tiempo con los hijos; más que hablar vosotros, escuchar todo lo que ellos tienen necesidad de comunicar; darles confianza para que cuenten, que sepan que siempre serán escuchados por mamá y papá. Fijémonos en estas palabras: «El gran objetivo en esta vida es luchar cada día para ser mejor persona y ayudar a los demás«. Éstas y otras similares se las he oído o leído a Bernabé Tierno, Víctor Küppers y a grandes pedagogos.

Papás, mamás, cuando comentéis o expliquéis a los hijos cada uno de los valores, pedidles que piensen y vayan poniendo ejemplos. Hablemos ya de algunos de ellos:

Respeto. «Es tener miramiento, deferencia, a personas o entidades». Siempre se debe respetar a padres, profesores, personas mayores, normas, leyes…  Y tener en cuenta que, para que te respeten, tienes tú que respetar.

Responsabilidad. «Soy responsable si algo que debe suceder dependiendo de mí, sucede». Un alumno la definió así: «Es hacer lo que tengo que hacer, aunque nadie me mire«. Otro dijo: «Es estudiar o portarme bien sin que me lo tengan que decir». Y otro: «Es cumplir mis encargos».

Optimismo. «Ver o juzgar todo de manera favorable» o también «Esperar lo mejor de las personas». Dijo un filósofo sin nombre célebre en los libros: «Haz todo lo posible para que tus pensamientos sean positivos. Vivirás más feliz y harás bien a tu alrededor».

Compartir. «Es usar o poseer en común con otra u otras personas, objetos, bienes, opiniones…». También: «Dar parte de nuestro tiempo y conocimientos a quien lo precise». El compartir aporta, en casi todos los casos, recompensa moral (felicidad) y social (aprecio).  Decía Leonard Nimoy (actor y poeta): «Este es el milagro: cuanto más compartimos, más tenemos». Cuenta un voluntario, piloto de la ONG Aviación Sin Fronteras, que le tocó trasladar en vuelo de Casablanca a La Coruña a un niño de unos 6 años para ser operado. Cuando el chaval sintió hambre, abrió su mochila y saco un bocadillo y una palmera de chocolate; la partió y le dio la mitad. Al decirle que él no tenía hambre, el niño contestó: «Es que todo hay que compartirlo y la comida más» (ejemplo tomado de un libro de Miguel A. Revilla).

Sinceridad. «Es la cualidad de las personas que piensan y dicen la verdad». En primer lugar hay que ser sincero con uno mismo. Quien es sincero se gana el aprecio de los demás, porque saben que no tiene doblez y no le engañará jamás. 

Generosidad. «Es la cualidad o virtud de las personas que ayudan a los demás, o que dan algo suyo a quien lo necesita«. Podríamos buscar ejemplos de generosidad; los hay a montones. Uno de ellos, bastante válido, es el voluntariado, en el que miles de personas prestan su tiempo y su actividad en pos de hacer el bien: en hospitales, ONGs, misiones… Decía Goethe: «Solamente está contento el que puede dar algo».

Honradez. «Es la virtud o cualidad de quien actúa rectamente, y que no se queda con nada que no sea suyo». Se pueden contar por millares las personas que han encontrado algo valioso y, en vez de quedárselo, lo entregan a su dueño. Ejemplos: olvidarse algo en un taxi, en una oficina, en un hotel, en una tienda…

Os hemos ofrecido los valores que anteceden, confiando en que ayuden en buena medida a que vuestros hijos adquieran una formación que les ayude a ser buenas personas. Somos conscientes de que no son los únicos. Podéis sustituir alguno o proponer algún otro que se precise, según las circunstancias. También queremos añadir que no es preciso ni conveniente hacer un frente con todos a la vez; hay que escalonarlos, dependiendo de edades o situaciones. Aconsejamos que se trabaje con uno o dos hasta conseguirlos. Ya iréis añadiendo o eligiendo, de acuerdo con necesidad, preferencia y vuestro tacto.

Los libros son buenas ayudas, tanto para hijos como para padres, para establecer actitudes y hábitos positivos. Por ello, finalizado el artículo, anotamos algunos que pueden ser útiles. Ojalá que la serie de escritos que hemos puesto a vuestra consideración sirvan a la vuestra y a otras familias para lograr la felicidad para sí y sus hijos:

Tranquilos y atentos como una rana, de Eline Snel  (Editorial Kairós, contiene un CD), para padres con hijos de entre 5 y 12 años.

Dejémosles pensar. Adolescentes y filosofía, de Unai Cabo (Plataforma Editorial), para padres con hijos adolescentes de 14 años o más.

Vivir la vida con sentido, de Víctor Küppers (Plataforma Editorial), para padres con hijos adolescentes de 14 años o más.


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