¿Vivimos realmente, o tan solo repetimos? ¿Somos nosotros, o solo clones que simulan serlo? La pregunta -que parece salida de un relato de ciencia ficción- es hoy profundamente humana. En medio del calor, las pantallas, los titulares obscenos y los pensamientos reciclados, la sospecha se instala: estamos atrapados en una copia de nosotros mismos. Sin alma, sin deseo, sin horizonte
Paco Núñez lo ha retratado con amargo lirismo en su artículo Clones de nosotros mismos, una especie de diario del tedio, donde cada hora del día parece repetirse como un eco de la anterior. El paseo matinal, los gatos cabreados, el zumo de naranja con noticias manipuladas, el móvil que suena con promesas huecas, el político que filtra escándalos, la enfermera que llora, el paciente tirado, la risa que no llega, el calor que no cede.
Nada nuevo. Y sin embargo, todo trágicamente real.
La copia sin centro
No hace falta la clonación genética ni la inteligencia artificial para sentirnos duplicados: ya somos, en cierto modo, réplicas difusas de lo que un día fuimos o soñamos ser. Somos clones de nuestras rutinas, de nuestras reacciones automáticas, de nuestra fatiga, de nuestra adaptación a lo inaceptable. El yo, antes núcleo viviente de conciencia y elección, parece diluirse en la corriente informe de lo que toca hacer, lo que toca pensar, lo que toca repetir.
¿Dónde ha quedado la posibilidad de una vida original?
Una sociedad de clones resignados
El diagnóstico social es también político y espiritual. Como escribe Núñez, «los miserables no son una novela de Víctor Hugo, sino que danzan por doquier» y los discursos públicos no producen esperanza sino sonrojo. La sanidad se colapsa, los grandes conflictos globales apenas se rozan en las tertulias y las tragedias humanas –como la de Gaza– se deslizan como ruido de fondo en medio del zapping emocional.
¿Qué clase de humanidad es ésta que normaliza lo inhumano?
Todo parece indicar que vivimos una clonación emocional colectiva, una especie de embotamiento espiritual que nos hace vivir sin vivir, sentir sin sentir y mirar sin ver. Se podría decir que el problema no es que existan clones artificiales, sino que nos hemos dejado clonar por la rutina, el miedo, el conformismo o el nihilismo blando de quien ya no espera nada de nadie.
¿Cómo romper el ciclo?
Ante esta decadencia suave -que no necesita dictadores, solo notificaciones constantes y aire acondicionado a 23 grados- la gran tentación es la evasión: dormir, beber, escanear sin fin el teléfono, ver Netflix hasta disolver la identidad en la pantalla. Pero esa vía sólo prolonga el vacío.
Quizá la alternativa no esté en destruir al clon, sino en despertar al original. Volver al yo profundo. Al yo que pregunta, que busca, que sufre, que se rebela, que ama. Redescubrir que vivir no es repetir, sino elegir. Que cada día puede ser nuevo si es vivido con presencia y que hasta en el infierno de la costumbre se puede abrir una rendija de cielo si se escucha el latido de la conciencia.
Al final del día, como escribe Núñez, «no he solucionado ni los grandes problemas de la Humanidad ni la mancha de humedad del dormitorio». Pero tal vez -y esto ya es mucho- ha dejado escrito un espejo en el que mirarnos. Y tal vez, al leerlo, alguien despierte del sueño clonado y comience a vivir con voz propia.