qui gon jinn
El maestro jedi Qui Gon Jinn, en 'La amenaza fantasma'.

No pienses, siente

Actualizado 17/03/2026 16:30

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Hace algo más de veinte años, y siendo yo ya algo talludito, fui al cine a ver ‘Star Wars: Episodio I-La amenaza fantasma’. En uno de los varios clímax de esa infantil pero entretenidilla película escuché una frase, una admonición que me resultó perturbadora: «No pienses, siente», dicha nada menos que por el avezado y sabio maestro al joven discípulo. No sé si había oído ese consejo antes, pero definitivamente lo he escuchado después un millón de veces

Las emociones son cruciales, qué duda cabe. O mejor, vitales -en más de un sentido. Son también un básico elemento diferenciador: nuestra variedad e intensidad emocional superan con mucho a la de cualquier otro bicho, y no me parece erróneo reivindicarlas. O mejor, educarlas. Siempre explico que somos el homo demens, y tengo especial simpatía a la consideración del humano como homo ludens, pero… Pero no nos vengamos arriba: son las emociones, y no el pensamiento, las que te llevan a romperle el cráneo a tu vecino o a invadir Polonia.

A mí me da que esta moda de sobrevalorar nuestro componente emocional, más allá de algún panfleto new age o de alguna película de Bruce Lee, debe mucho al éxito que tuvo a mediados de los noventa el concepto de inteligencia emocional. De la noche a la mañana se desterró la vieja idea que asociaba la inteligencia al raciocinio y al cálculo y se nos inculcó que lo importante, lo que debiera definir nuestro valor y mérito, era la gestión de las emociones y la forma en que nos relacionamos -emocionalmente, por supuesto- con los demás.

Tradicionalmente, el ser humano fue definido, al menos desde Aristóteles, como el animal racional. Eran nuestro intelecto y razón, nuestra capacidad de generar y procesar ideas, y luego asociarlas en procesos de inferencia, lo que nos elevaba a infinita altura sobre las bestias, que solo eran capaces de sentir sus necesidades básicas y reaccionar a ellas. Era el raciocinio el que nos había permitido plantear hipótesis, someterlas a examen y encontrar soluciones a nuestros desafíos. Era el raciocinio el que nos había permitido salir de las cavernas e inventar y crear un mundo a nuestra imagen.

Rascarte cuando te pica un mosquito

Este cuadro ha sido matizado -no desterrado- por etólogos y sociobiólogos en las últimas décadas, principalmente destacando el presunto carácter genético de algunas de nuestras tendencias, como el altruismo. Seríamos altruistas, esto es, amaríamos y defenderíamos a nuestra prole y compartiríamos con los nuestros porque nos convenía como estrategia evolutiva. Pero esto es quitarle valor a las emociones mismas: las sitúa casi en el plano de meros automatismos, como el rascarte cuando te pica un mosquito. Y no explica u oculta que las emociones negativas, no menos frecuentes, tendrían el mismo fundamento.

Noto que la sobrevaloración de nuestras emociones tiene hoy un predicamento amplísimo: estamos orgullosos de ellas, no hay que arrepentirse jamás de tenerlas, las usamos para justificarnos en mil circunstancias y consideramos que no hay que ocultarlas sino potenciarlas

Noto que la sobrevaloración de nuestras emociones tiene hoy un predicamento amplísimo: estamos orgullosos de ellas, no hay que arrepentirse jamás de tenerlas, las usamos para justificarnos en mil circunstancias y consideramos que no hay que ocultarlas sino potenciarlas. Y de paso el peor asesino es siempre frío y calculador. Justo el paradigma contrario del imperante hasta un siglo atrás. A mí esto casi me da miedo. Primero, porque es señal de pereza: la inmediata emoción es más fácil que el elaborado, mediato pensamiento. Luego, porque es peligroso: actuar o hablar sin pensar, al albur de la coyuntura emocional de cada cual, propende a excesos y desvaríos. Y por último, y a diferencia del pensamiento, porque las emociones no admiten el error; no puedo decir que me equivoqué al sentir como sí lo hago al razonar o concluir, porque mis emociones fueron en efecto tales o cuales. Y así justifico cualquier conducta nacida de la emoción y limitada a ella.

Lo paradójico del asunto es que observo que la mayoría de las personas no se fía de las emociones, al menos de las emociones de los demás. Cuando pregunto a adolescentes, me responden espontáneamente que la gente es mala (al modo hobbesiano, esto es, tienen tendencias emocionales negativas, egoístas o violentas) y que Rousseau, con su confianza en la bondad natural humana, era un pardillo. Únase a esto que, si se les pregunta qué temerían más de un robot, te dicen que sería el hecho de que tuviera emociones porque, en ese caso, indefectiblemente querría asesinarnos a todos y dominar el mundo. La idea de que piense y razone les parece utilísima, pero que sea parecido a nosotros, con nuestras habitualmente perversas emociones, les resulta aterrador. Antes, la clave para que la inteligencia artificial fuera equiparable a la humana era que nos ganara al ajedrez; ahora es que quiera ganarnos haciendo trampas y, si pierde, que nos tire el tablero a la cara. Qué cosas.

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2 respuestas

  1. El terma de la inteligencia emocional vino para quedarse y, aunque haya partes que no sean puramente científicas y haya sido posteriormente superadas en su teoría, es bien cierto que son ‘cargantes’ y sirven de excusa para muchas cosas. Por otra parte, tienen un lado positivo interesante ya que hay muchísimos ciudadanos que, en sus relaciones interpersonales y profesionales, por ejemplo, carecen, por deformación en su educación o ignorancia o falta de capacidad, de dicho concepto. Como el típico cliché del genio freak.

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