Desde comienzos de agosto hay colas en Doña Manolita para comprar lotería de Navidad. A la vez, Ourense y Vigo emprendían una extemporánea carrera para poner las luces navideñas que competirán con, ya se sabe, Londres y Nueva York. Repito que esto pasa en verano, no en noviembre, ni siquiera en octubre, como era más o menos normal. ¿Asistimos a cambios en nuestras tendencias? ¿Dice esto algo de la forma en que estamos instalados en la realidad?
Es bien sabido que el ser humano es el animal que se proyecta en el futuro. Frente a los demás seres vivos, que parecen vivir con una conciencia inmediata de lo presente, que apenas guardan huellas del pasado y que solo barruntan el futuro más inminente ─el jugoso bicho que me voy a comer, el malencarado depredador que me va a crear problemas─, el humano es el animal que planifica, que anticipa sus acciones a corto y, muy especialmente, a largo plazo. Se nos inquiere desde pequeños qué vamos a ser de mayores, se nos venden planes de pensiones desde nuestro primer empleo, nos imaginamos como adultos o como ancianos, en esta o aquella casa, con esta o aquella familia, en tal pueblo o en cual país. No creo que haya un solo humano que no responda a ese patrón.
Se suponía que vivíamos en la era de la inmediatez, en un tiempo de consumo compulsivo, de deseos prontamente satisfechos, del disfrute permanente de un presente nunca permanente. Un vídeo de cuatro minutos es larguísimo; no quedemos para la semana que viene que queda mucho; ese peinado (o estilo o expresión o dispositivo) es muy 2019; el meme de ayer ya está muy visto; hay que aprovechar las ofertas last minute… Se suponía que todo cambiaba vertiginosamente y que, en consecuencia, hacer planes carecía de sentido. Y sin embargo… Y sin embargo hay gestos que indican una mayor tendencia a la planificación, a la anticipación de experiencias más que a su efectiva vivencia. El Banco de España ha comunicado que el ahorro de las familias ha batido el récord histórico: nunca antes habíamos guardado tanto dinero. Resulta que vivimos como si sí hubiera un mañana.
Hibernación vital
La pandemia puede ser la responsable, aunque no creo que por completo. Parece que nos hemos acostumbrado a constreñirnos y a ver pelar las barbas de nuestro vecino y hemos optado por una especie de hibernación vital. Si tenemos un empleo, ahorramos por si acaso. Si nuestro empleo es precario, razón de más para apretarse el cinturón y hacer reservas. Si parece que ya vamos a desmelenarnos, viene otra ola pandémica o una variante vírica más insidiosa o nos hacen falta más vacunas.
El disfrute relajado que considerábamos normal parece aplazarse una y otra vez. Frente a la incertidumbre y las constricciones del presente, el futuro parece necesariamente preferible. No hacemos lo que queremos ni aun lo que podemos, sino que pensamos en lo que podremos hacer. El presente no parece un buen lugar para vivir pero, en contraposición, nos hemos convencido de que el futuro va a ser venturoso. El futuro es el lugar, no ya en el que tendremos que vivir el resto de nuestra vida, sino el lugar en el que queremos vivirla.
Falta saber si la tendencia a anticipar nuestras vidas en vez de vivirlas será permanente. Supongo que, si se supera razonablemente la pandemia y si repunta la inflación, correremos como locos a gastarnos lo ahorrado y a vivir como si el mañana fuera algo, otra vez, muy lejano.
Jacinto,muy buen artículo.Eres muy reconocible escribiendo para los que te hemos oído hablar.
Supongo que,desde que el piloto automático del instinto dejó que mandara el piloto de la inteligencia,anticiparse a los acontecimientos se convirtió en una poderosa arma para prosperar como especie.
Pero por todo se paga un precio,en este caso el del sufrimiento anticipado. De hecho las personas que han sufrido un ataque de pánico ,sufren más por el miedo de que les vuelva a ocurrir que por el ataque en sí , que,por otra parte casi nunca llega.
Nos deberían enseñar a vivir,al menos de vez en cuando ,en el puro presente. Eso sería la meditación.
Creo que fue Emerson (quizás citando a Montaigne)el que dijo :»El hombre verdadera mente libre ,en nada piensa menos que en la muerte».
Enhorabuena. Magnífico artículo
Estoy de acuerdo contigo. Pero yo debo ser una excepción, por lo menos el que soy desde hace ya bastantes años. Soy incapaz de pensar en el futuro. No es que haya tomado la actitud vital de no hacerlo, es que «no me sale». Para mí es como los seres terroríficos que me atormentaban en la infancia y murieron cuando dejé de ser niño. El futuro para mí es el segundo mejor personaje de la literatura fantástica (después de Dios, claro).
Así me va, no tengo esposa ni hijos ni ahorros ni casa. Así me sorprendió muchísimo la muerte de mi padre este verano, aunque tenía 91 años!!
Y así recuerdo incrédulo que me tengo que morir «como murieron las rosas y Aristóteles».