Recientemente he vivido una pesadilla. He padecido en primera persona los claroscuros del SAS tras siete horas en las Urgencias del ‘Top One’ de los hospitales andaluces
Tras un vía crucis de mes y medio con una infección mal curada, una fiebre alta con muchos temblores acabó con mis huesos en las Urgencias del Virgen del Rocío. No sólo temblaba por lo fisiológico. También porque sabía, por tantos y tantos testimonios recogidos en EL LIBRE en los últimos tres años y 10 meses, que me esperaba un calvario de tiempo atado a la silla de la sala de espera. Desde la ventanilla del coche, en el asiento del copiloto, ya vislumbraba en la lejanía el logo de la Junta y el nombre del centro hospitalario al que nunca quiero ir… pero no tenía más remedio.
Sin embargo, todo empezó bien. Llegué a las 20:30 horas. Puede que le diera pena a la administrativo que me hizo el triaje, porque pasé a Clasificación bastante rápido. Allí corroboraron que tenía 39,3 y les conté mi historia. Sólo tuve que esperar unos 20 minutos para entrar en consulta. Un doctor joven, bastante majo en el trato, me dedicó el tiempo que necesitaba para explicar mi complejo cuadro clínico, que unía dos infecciones: una bacteriana y una vírica al mismo tiempo.
Sobre la marcha, una enfermera gallega (deben estar peor en el Servizo Galego de Saúde) me sacó ocho botes de sangre, cinco para cultivo y tres para analítica. Duró mucho la extracción y me mareé, así que me tumbé en la camilla unos minutos. Ahí, la enfermera aprovechó para meterme el palito de la PCR por la nariz con el fin de detectar el nombre del virus que estaba maltratando mi cuerpo. El trato fue muy bueno (hay que decirlo cuando es así, igual que lo remarcamos cuando es malo), ya que el joven facultativo me decía que me quedara tumbado el tiempo que hiciera falta, pero yo, pensando en la cantidad de gente que había en las dos salas de espera, hice un esfuerzo por levantarme todo lo rápido que pude para dejar paso al siguiente. «Los resultados saldrán en dos horas«. Eso me dijo el doctor.
La espera desespera
Tras mear en un bote para la analítica y el cultivo de orina, volví a la sala de espera porque tenían que llamarme para una radiografía de tórax (otro síntoma que padecía era tos seca). Ese intervalo temporal tampoco fue largo, aunque duró lo suficiente como para fijarme en el panorama que había a mi alrededor. El paracetamol me bajó rápidamente el estado febril y pude observar esa realidad tan dura de la fragilidad del ser humano: tres ancianos en camilla medio dormidos (y solos); una chica menor de edad en silla de ruedas con su abuelo de acompañante; un matrimonio muy arreglado con su hija adolescente, mareada y blanquecina tras el pinchazo de la analítica; tres mujeres adultas en pijama y bata de estar por casa sin levantar la cabeza del móvil; un señor con barba blanca con problemas estomacales vomitando continuamente en una bolsita (cuando se llenó, se fue a devolver al baño, gracias a Dios); una mujer de mediana edad dormida abarcando tres sillas… En apenas una hora gritaron mi nombre junto al de otros tres y allá que nos fuimos a hacernos las radiografías en fila india.
El tiempo iba pasando lento, pesaroso, entre arcadas del hombre barbado y mujeres morenas en pijama de pelitos que se tenían que subir a una silla para cargar su móvil porque el enchufe estaba demasiado alto. Mientras tanto, la chica adolescente recuperó el sentido y su padre enchaquetado y encorbatado dejó de cogerle la mano. Su buena educación se reflejaba en que eran capaces de hablar entre ellos sin que nadie les escuchara, cosa que otros no sabían (o no querían) hacer.
«¡Buaaaagh!». Es mucho más llevadera la onomatopeya del vómito que el sonido real, claro. El hombre seguía muy perjudicado y yo me sentaba cada vez más lejos de él, porque me estaba revolviendo el estómago. Ya tenía suficiente con lo mío, con mi doble infección.
«Estoy aquí desde las tres de la tarde y no saben todavía lo que tengo»
Desesperado en mi espera, me puse a charlar con los otros pacientes, que, como yo, ya no eran tan pacientes con el paso de las horas. La chica de 16 años que estaba con su abuelo, con la luz de la sala de espera apagada, viéndonos entre sombras como si estuviéramos en ese momento de la acampada en el que alguien cuenta una historia de miedo alrededor de una fogata, me confesó: «Estoy aquí desde las tres de la tarde (era ya la una de la madrugada) y no saben todavía lo que tengo. Creen que puede ser apendicitis, pero, para hacerme el TAC, necesitan el consentimiento telefónico o escrito de mis padres y hasta mañana no puede ser. Así que me van a dar una habitación». Y la llamaron al momento.
Me quedé solo. Tuve una sensación de soledad indescriptible. Me sentí el último mojón del sistema, porque todos los que estaban conmigo aguantando la espera desde las 22:00 horas (hora a la que me hice analítica de sangre, PCR y analítica de orina) ya se habían ido o ya habían ingresado en planta o en Observación o en UCI. Había ido tres veces a preguntar y tres veces me contestaron: «Ya le van a llamar; ya le van a llamar; ya le van a llamar«. Cinco horas para recibir los resultados de las pruebas. Cinco horas para que un doctor interprete unos resultados que tardan en salir unos 20 minutos (me refiero sólo a las analíticas y a la radiografía, no a los cultivos). Cinco horas de mi vida perdidas en el fondo de un pabellón de personas afectadas, de enfermos a los que, de manera enfermiza, nos meten a todos juntos en un lugar a interaccionar entre nosotros, dando igual la dolencia que tenga cada uno. El corredor de la muerte en vida.
¿No hay alguna forma de tener más intimidad en esas larguísimas esperas? Es un lugar donde nuestra intimidad está a la vista de todos y no me parece bien que estemos como las ovejas en el corral.
«¿Usted tiene casa? ¿Tiene dinero? ¿Tiene a dónde ir?»
Si la paciencia es la madre de la ciencia, el padre quizá sea la ira. Me sorprendí a mí mismo pegándome tres cabezazos contra una puerta. Ya no podía más. Me hice la promesa de no esperar más allá de las 3:30 horas (eran ya las 3:00). En esa media hora, llegó un borracho que se puso a hacer un monólogo, aderezado con una inquietante risa sardónica, ante el estupor de la enfermera. De repente, esa misma enfermera, se dirigió a un hombre de mediana edad que se quedó medio escondido en una silla de ruedas en un rincón y le dijo: «Ya le he dicho que no se puede quedar aquí. ¿Usted tiene casa? ¿Tiene dinero? ¿Tiene a dónde ir?«. No pude oír la respuesta, porque al hombre no le salía la voz del cuerpo. Reflexioné: ¿habrá personas sin hogar que se metan en Urgencias inventándose alguna enfermedad sólo con el objetivo de pasar la noche alejadas del frío de la calle?
«Es la mala hora, condenado estoy. Cien pájaros hambrientos anuncian la aurora. Es la mala hora, mi suerte acabó… ¡Oh, no, no, no!». La canción de Radio Futura me pegaba con fuerza en la sien, porque miré el reloj y, efectivamente, llegó el momento. Me fui al mostrador para pedir, por favor, que una enfermera me quitase la vía para poder irme, porque mi paciencia había traspasado el límite de lo razonable. Pero, en ese preciso momento, ¡oh, casualidad esquiva! se oyó una voz que pronunció mi nombre. Era la de un facultativo, distinto al que me vio en un principio, que, por fin y por arte de birlibirloque, me iba a contar lo que me pasaba.
Tras una travesía por el desierto repleta de vómitos, móviles, regueros de nombres por megafonía y paseos como un león enjaulado que duró siete horas en total, otro joven doctor me dijo que tenía un virus, sí, pero que no era ni covid ni rinovirus ni gripe A ni gripe B. Y me mandó Algidol para la fiebre. Se descartaron cosas graves y tal, aunque me quedé sin saber cómo tengo las transaminasas. Y que lo de la bacteria ya, si eso, en el cultivo dentro de unos días. Salí de allí como alma que lleva el diablo, cogí un taxi y me fui a mi casa. Por cierto, la historia que me contó el taxista merecería un artículo aparte: «Mi abuelo y mi padre murieron de cáncer y, por eso, yo tengo que hacerme pruebas periódicas desde muy joven. Además, mi madre tiene una enfermedad crónica y tiene que ingresar en el hospital periódicamente, así que, si tengo que reclamar algo a algún sanitario, lo hago con mano izquierda».
El averno se ha representado muchas veces con fuego, con llamas, con tridentes, con calderos hirviendo, con una cruz invertida, con un pentáculo, con el dibujo de una bestia inmunda… En pleno siglo XXI, el infierno puede ser la soledad que se vive en la sala de espera de cualquier hospital del Servicio Andaluz de Salud y, por desgracia, de casi todos los servicios sanitarios de España. Eso sí, la mano siempre tendida a todos esos profesionales que aguantan todas las embestidas de los recortes y de la mala gestión para curar a los pacientes. Aunque esa noche fue un chute de realidad, al final dormí tranquilo, porque pude irme a casa con un resquicio de esperanza. Y un último aviso a navegantes: los profesionales y los usuarios del SAS somos la chispa que enciende el fuego que acabará con la injusticia en la sanidad.



Vaya Paco, que haya mejoría; la descripción es tal y como lo vivimos cuando no queda más remedio que acudir a urgencias. Muy buenos los enlaces a otros artículos de El Libre; en el de la doctora de Palma que cuenta de la PCR, esa prueba tiene también otras valoraciones de excelentes profesionales, que nos dicen que en realidad, no sirven para lo que se las usa. Pero ahí están, a ver si suena la flauta por casualidad.
Y como siempre, agradecer que El Libre exista, gracias a todos los que lo hacéis posible.
Siento mucho el suceso ocurrido.