Un joven desnudo toca el aulos para el comensal de un banquete (Copa roja ática, pintor de Eveón, 460-450 a. C).

Cultura, Igualdad, Opinión

Una copa, un buey y una armadura

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Imagínese a una pareja que debe pasar dos meses en lo más profundo del bosque sin más armas que sus propias manos y su propia sabiduría. Allí, el miembro más experto y mayor será quien tome las decisiones y planifique las acciones necesarias para poder salir victoriosos de la prueba, y, por consiguiente, conservar sus vidas. Poco a poco, este singular dúo va haciéndose con todo aquello que necesita para sobrevivir: esencialmente aprender a cazar con destreza y agilidad. También se alimentan de peces y frutos de recolección. Pero la educación no termina ahí, puesto que también dedican muchas horas a aprender filosofía (en su sentido más amplio de ‘saber’ acerca de la naturaleza y el hombre). Y dentro de todo el grupo de actividades metafísicas, venatorias o recolectoras se cuenta con las relaciones sexuales entre los miembros de la pareja, pero sin ningún tipo de protagonismo, sino, más bien, como una actividad más dentro de este currículum silvestre

Pero si yo dijera que esta escena tiene lugar en la Atenas arcaica del siglo VIII a. C. y que la parte experimentada de la pareja es un hombre maduro de unos 30 años, causaría cierto interés. Más interesante aún sería comprobar que la otra persona que forma parte de la pareja es un joven apuesto e imberbe que ha ido atesorando celosamente todo el conocimiento de su compañero mayor.

Al cabo de los dos meses, había que devolver al joven discípulo a sus padres con tres regalos: una copa, un buey y una armadura; esto último huelga decir que era lo más valioso pues, salvo excepciones, cada ciudadano debería pagarse su propio equipamiento militar para las guerras. En aquella parte del mundo y en esa época, las costumbres de gran parte de las polis griegas difícilmente serían comprendidas desde los parámetros actuales. Sin ir más lejos, cabe decir que este ritual («rito de paso» lo llamarían los antropólogos) se mantuvo, aunque poco a poco fue dramatizándose y, con el tiempo, ya solo quedaron los esquemas más básicos de la ceremonia (opinan los expertos que la costumbre de que el hombre portara a la novia en brazos para cruzar el umbral de la puerta podría verse como una reminiscencia de aquellos tiempos).

No obstante, lo que sí se conservó durante mucho tiempo fueron las relaciones homosexuales entre hombres, aunque no tenían ningún nombre para este tipo de relaciones, puesto que era algo que practicaba todo el mundo con naturalidad y no necesitaban ponerles etiquetas: Aquiles, Platón, Aristóteles, Alejandro Magno… El único problema relevante que daba estas relaciones era que, al mantener más sexo entre hombres, había menos natalidad y, por tanto, menos soldados para la guerra. El mismo Aristóteles, ante tal problema demográfico, recomendaba fomentar el sexo con mujeres en aquellas ciudades donde se necesitaban niños y el sexo entre hombres en las ciudades donde había exceso de población (ni que decir tiene que la mujer griega permanecía en su casa casi todo el tiempo, en el gineceo, en plan talibán).

Más allá de los libros de texto

Como no quiero desviarme más aún de la cuestión, que conste en acta que el tema de la homosexualidad masculina en Grecia fue muy sustancial para los helenos de aquellas épocas. Y debería serlo también hoy en día para cualquier interesado en la civilización griega que sea capaz de ir más allá de los libros de texto (en los que no se hace ninguna mención). En definitiva, se podría decir que, entre los varones de la Grecia Antigua, la homosexualidad estaba sólidamente institucionalizada y era lo más normal del mundo (sobre todo en las clases más pudientes; y dejando injustamente al margen, cómo no, a las mujeres).

Y aterrizando, ahora sí, mi alusión va para aquel joven de Malasaña que se inventó una agresión homófoba. Todo se ha quedado ahí, en la multa que le corresponda y que se merezca. Esta maniobra malintencionada, en otros países, incluso cercanos, hubiera podido producir movimientos callejeros poco deseables. Pero no, España es un país maduro y tolerante. Y es perfectamente capaz de exhibir una firme convicción democrática dentro de la cual se incluye el más profundo respeto por todas y cada una de las orientaciones sexuales. Además, es el segundo país europeo con más población LGTB (6,9%).

Pero, ¿a qué viene tanta analogía entre la sociedad española actual y la griega de hace 2.500 años? Pues viene a que la sociedad española de ahora es un ejemplo de tolerancia en cuanto a la homosexualidad y la griega de aquel entonces, ¿a que también eran extremadamente tolerantes ante las relaciones homosexuales?

Ahora solo queda viajar al pasado y convencer a los ciudadanos de la Grecia Antigua de que sean tolerantes con sus mujeres…


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