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Damián, el habitante 8.000 millones del planeta. / EFE

Opinión, Sociedad

Ocho mil millones de ovejas

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Esta semana ha nacido Damián en Santo Domingo, capital de República Dominicana. El nacimiento de un niño no sería noticia si no fuera porque parece que es el ser humano que hace que seamos ocho mil millones de seres más o menos humanos en este planeta siempre a punto de explotar

El mundo engorda a la misma velocidad que el hambre se convierte en su compañía más fiel. Perra vida. Mordámonos las tripas y compartamos nuestro vacío existencial. La comida va desde nuestra boca hasta la imaginación de nuestros estómagos. La riqueza es la que no cae nunca en saco roto. Bolsas bien cosidas con hilo de oro.

No sé cómo se cuentan estas cosas, pero supongo que tiene la misma base científica que los telediarios, el sistema electoral o el VAR, cuando todo el mundo sabe que el fútbol es un deporte que, como la vida, está hecho para que ganen los de siempre.

El día que gane las elecciones el pueblo, los partidos políticos serán aniquilados por el poder. Si no te necesito, lo mejor será hacerte desaparecer, como un fantasma al que la sábana blanca le queda pequeña y se le ven los pies, los brazos, y el miedo. Y es que los políticos no son más que fantasmas muertos de miedo. Cierran los ojos y notan cómo sus ropajes menguan, cruzan los dedos para que la suerte no deje de acompañarlos, pero son ellos los crucificados y la sábana apenas tapa sus partes pudendas y las auténticamente fantasmales. Les sientan como a un Cristo dos pistolas. Si tuvieran valor las apuntarían a sus sienes, pero su cobardía y servilismo hace que sigan siendo ellos los que nos apuntan con ellas.

Buen tiempo y ron dominicano

Ocho mil millones de personas en un mundo apocalíptico, pero que ha elegido un lugar paradisiaco para poner esa cifra redonda en la natalidad terrestre. Buen tiempo, ron dominicano y el color del Caribe reflejándose en las pieles de esas mujeres dibujadas por la felicidad de la estética sublime. A veces, las cosas tienen sentido y esta es una de ellas. Una playa de Santo Domingo, veinticinco grados y en una mano una copa de un buen ron de esa tierra y en la otra la caricia de un cuerpo de mirada chispeante. Esta escena que acabo de contar es hacer el amor con la vida, con el mundo, con la realidad que debería ser siempre, con el sueño que se toca con los dedos de las demás cuando estos tienen la memoria táctil del placer. El sexo es otra cosa, más animal, más humana, más mortal, lo que nos lleva más cerca de nuestra merecida extinción. Méritos hemos hecho todos para ello, menos los dominicanos. Ole por ellos.

Yo conocí en Madrid, ciudad donde vivo, a una dominicana con una mirada que llevaba escrita en sus ojos el récord poblacional universal, unos años antes de que una paisana fuera a dar a luz al ser más matemático. Se contaba con él para que el resultado fuera exacto. Se llamaba Charo, o se llamará (no creo que haya muerto), pero seguro que ha provocado muchos paros cardíacos. Trabajábamos en el mismo lugar, pero yo me mareaba en esa carretera que iba desde sus pies hasta su cabeza. Un servidor llegaba sobrio a su puesto de trabajo y era acercarme a ella y saborear el ron de su tierra en mis pupilas gustativas. Las papilas seguían encharcadas junto a la lengua, tratando de no ahogarse. Charo fue madre a los veinte. Nunca hicimos nada, pero me hizo sentir padre como nunca más me he sentido.

No sé si hay que creer en las señales que nos hace el universo. Si el habitante ocho mil millones de la Tierra estaba escrito que nacería en ese lugar del mundo o fue algo puramente casual, como hace la realidad cuando estas concentrado haciendo las cosas que te interesan. Se dice piensa mal y acertarás y es lo que hago con el nombre elegido. El porqué de que lo hayan llamado Damián, como si de un acto profético se tratase. El mal siempre se anticipa para tomar ventaja.

En la película La profecía, la pareja protagonista pierde al hijo que tienen al morir poco después de nacer. Un cura convence al padre para sustituir a este hijo por un niño huérfano cuya madre murió en el parto. Ese niño se llama Damien (Damián en francés). Señales premonitorias de que hasta aquí hemos llegado. Damien comete diferentes actos satánicos que hace que personas de su alrededor acaben de muy malas maneras para sus integridades físicas y morales. Y de la película no voy a decir más, por si no la han visto y no tienen la paciencia necesaria para esperar a ver cómo se va desenvolviendo el niño caribeño, por si va repitiendo comportamientos o conductas.

Pero que los medios de comunicación de todo el mundo hayan hecho noticia de la llegada al planeta de su habitante número ocho mil millones y que su nombre sea el del niño demoniaco hace pensar muy mal de lo que nos viene encima. ¿Se habrán dado cuenta de que somos demasiados y que las guerras no están teniendo los resultados que esperaban?

Esta película de realidad palpable no ha hecho más que comenzar. No sabremos nunca si será como parece una película de terror o si, por el contrario, se trata de una comedia, como que sea noticia que somos ocho mil millones, algo que debemos creer a pies juntillas, como la existencia de este artículo. En cuanto miren para otro lado, su existencia tendrá el valor de lo olvidado con más pena que gloria. En el sinsentido de escribirlo, he aprovechado el tiempo que hubiera gastado, aburrido, en contar cuántos somos hasta quedarme dormido con el resto de ovejas.


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2 comentarios

  1. Lucía Ramos

    Colosal artículo, todo él un axioma.
    Manuel,la naturaleza me parió hembra,
    pero yo nací mujer.
    Todo comportamiento es una forma de
    comunicación.
    «El sinsentido del sentido». Paul Watzlawick.
    «La parábola del náufrago» Delibes
    ¿Somos esclavos de la palabra?
    ¿Jugamos con ellas como con las sombras?
    La mente sube y baja con ellas porque son
    eternas…y al fín, nos quedaremos bajo el manto del silencio sin pertubar.
    Nos quedaremos con la aprehensión de la
    verdad, que deleita, consuela y sostiene.
    Le envio un saludo en reposo, como un lago
    dentro de sus orillas.

  2. Manuel

    Mi artículo no termina hasta que tú, Lucía Ramos, no pones tu rúbrica de oro bruñido en verso. Ya estoy tranquilo y puedo poner el punto y final al de esta semana.

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