foot in beach

Dos pies en la orilla de una playa. / FREEPIK

Opinión

Al borde del infierno

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La Semana Santa de este año 2022 ha pasado de la manera esperada, de un modo aburrido, como Dios manda. Hay quien la ha pasado en la playa, llenando de arena unos ojos a veces marítimos y otros desérticos

Hay quien va a la playa a sentarse o tumbarse sobre una toalla y dejar que la insustancialidad que demuestra esa persona quede de manera evidente a los ojos del sol. Le tienen tanto miedo al agua que solo se acercan a ella a través de un vaso o una botella, pero su cuerpo solo la toca cuando se duchan en sus casas con vistas al asfalto. Si fueran consecuentes se irían a vivir a una jaima, pero sus cerebros están demasiado secos. La arena no le puede gustar a nadie. Es donde hacen sus necesidades los gatos y éstos demostraron hace mucho tiempo ser más inteligentes que los humanos. Y si compramos esta afirmación, cuando estos felinos sepan que es el lugar que muchos eligen para descansar, pensarán que van a allí a dejar lo que les sobra. Y puede que no les falte razón. A la playa se va a dejar claro la falta de buen gusto. La estética es incompatible con ese paraje. Ojalá esas playas se convirtieran en islas de las que no pudieran salir. Ellos estarían encantados y yo también.

Otros han preferido ir a las distintas procesiones de su ciudad o han viajado para ver las que se suponen que son más espectaculares. Y utilizo esta expresión, pues es la que me parece más precisa para cómo actúa el personal. Que yo sepa, para los creyentes esto es algo serio y no un circo como demuestran muchos de los que van a ver estos actos. Aplauden, lloran, gimen, se golpean, se muerden los labios… Los más privilegiados tienen balcones desde donde ven los pasos mientras beben copas y se toman unos canapés variados. Creyentes de salón. Sólo les falta sacar el sofá a la calle y contratar a personas para que les abaniquen por si el calor aprieta.

Y luego estamos los que no hacemos ni una ni otra de esas cosas durante esos días libres o festivos. Preferimos descansar. Aprovechar que nuestras ciudades se limpian, aunque sea por unos días de esos molestos bípedos playeros y católicos de postureo. El ambiente se limpia y pierde parte de su nebulosa enrarecida, tan característica de nuestros tiempos.

Se puede salir a la calle sabiendo que no te encontrarás con ese conocido del barrio ni con su mujer, que por suerte ya no te saluda cuando te cruzas con ella, siendo esa la manera más simpática que conoce de relacionarse, pues se van a amargarse la vida con la música a otra parte. Puedes salir a caminar mientras, por los auriculares, escuchas todo tipo de sonidos menos el de las bocinas y el del gentío asilvestrado. Ese ruido lo disfrutan en ese momento en las playas. Sólo puedes quedar con las amigas y amigos que, con buen criterio, también han elegido quedarse en casa estos días. Personas elegantes por dentro y por fuera y que tienen cosas más importantes que hacer que echarse sobre una tela ancha lo que dura una jornada laboral. Y que conste que ambas acciones me parecen igual de reprobables, una por esclavista y la otra por libérrima. Elijan ustedes cual puede pertenecer a cada una.

Yo me he dedicado a leer a Gómez de la Serna. Para un servidor, es uno de los cinco autores españoles más grandes del siglo XX. He leído uno de sus libros que es una recopilación de sus mejores artículos en prensa. Su gracia no es solo humorística, sino artística y filosófica. Sus frases son un chispazo que te abrasa las pestañas, su imaginación desbordante como demuestra como juega con las palabras, la naturalidad de su tono, el calor con el que parece que te está diciendo las cosas a ti. Leer a Ramón es saber que uno va por el buen camino para intentar mejorar, pero saber que todavía está muy lejos de la excelencia. Una frustración gozosa. Un penitente que no ha pedido ese castigo, aunque lo estuviera deseando. Cuando leo a Gómez de la Serna me provoco mi propia Automoribundia, y dejarlo por escrito, hace constar mi fallecimiento como presunto cuentahistorias.

Volví a releer el libro de Emilio Arnao La amenaza de Elena la bella, donde tengo el honor de escribir el prólogo, en cuyo libro anterior lo hizo el gran Raúl del Pozo. Es una tragedia griega colocada en el siglo XX: seres mitológicos, dioses y sobre todo diosas que se hacen humanos en sus relaciones más impulsivas. Una novela que son todos los libros de poesía. Un poemario narrado hasta el final del renglón, porque es en los márgenes donde la libertad de la escritura de Emilio Arnao aflora.

Escuché el disco nuevo de Rosalía, Motomami. Me gustó, pero eso no significa que para mí sea el mejor disco del mundo ni mucho menos. Me sorprendió, y eso es lo que tiene que hacer el arte: sacarte de donde estás y meterte en otro sitio. Y eso Rosalía lo hace de sobra. Esa mezcla de géneros y referencias es estimulante y habla de que hay un mensaje, un todo que la artista quiere dar a entender. El disco es una experiencia completa muy disfrutable.

No he visto ninguna serie ni película en esos días. Las mejores imágenes me las encontré cuando salía a la calle y la distopía del vacío se aparecía ante mí. En las calles más cercanas a mi casa había sitios libres donde poder aparcar el coche. A algunos les hice una foto con el móvil, pues me parecían de una belleza arrebatadora. Las mujeres guapas con que me cruzaba lo eran de manera más evidente y eterna. El tiempo se paraba sobre ellas, pues no había nada que pudiera distraer de semejante ejercicio de estética en movimiento. La verdadera obra de arte es la que respira y te deja que la mires. La calle siempre es mejor que el predecible Netflix.

La vieja normalidad

Y poco más, que vuelve la vieja normalidad, o la post-nueva normalidad, o como narices se quiera llamar a lo que estamos viviendo en estos momentos pesadillescos. Ahora, por fin, sin mascarillas. Los amigos y familiares de algún perteneciente al Partido Socialista, y otros al Partido Popular, ya se han enriquecido lo bastante haciendo negocio con ellas. Los muertos de estos dos años hicieron una inversión peor. Pero que nos dejen respirar, aunque sea de manera literal, ya es mucho para esta gentuza. Metafóricamente, la respiración asistida es algo que nos acompaña desde que tenemos esta vergonzosa clase política. Disfrutemos de la primavera, siempre rastrera y sórdida, pues en cuanto menos te lo esperes, te abandonará como hace cada año y te dejará al borde del infierno. Y en ese momento, habrá que prepararse para saber morir todos los días.


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2 comentarios

  1. Avatar Alicia

    Yo ni una cosa, ni otra, eso sí disfrutando de la familia y de una oración silenciosa y contemplativa.
    Fantástico artículo de Manuel Gálvez… Entre la hipocresía, la risa y el llanto: Católicos de postureo, aparcamientos!!! cerca de casa, catalogados como de «belleza arrebatadora» … Jajajaja
    La Vieja Normalidad… Tristemente por la vergonzosa clase política que no sabemos ni queremos deshacernos de ella y por la cantidad de Muertos que no deberían haber sido sin esa devastadora clase política que impune continúa respirando.
    Un buen artículo que no deja indiferente a nadie. Bravo

  2. Avatar Lucía Ramos

    Me había quedado embelesada en el tiempo
    pascual. Lo peor de ello, lo tuvo el polaramine por la dermatitis, y lo mejor fue entregarme en cuerpo y alma al erudito, elegante y sagaz, Stefan Zweig. Con sus : «Versos de un poeta en busca de Dios».
    Inspirado con todo su talento describe con toda devoción:»El libro de horas», de Rainer María Rilque. Nos invita a asomarnos al asombroso trabajo del poeta.
    Dice, que el poeta es capaz de crear algo nuevo de lo contemplado y que a su vez, Dios crece para el poeta.
    La realidad de su artículo me ha traido de vuelta al mundo.
    Una vez más, gracias a las palabras que nos atienden y entienden.

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