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insomnio

'Insomnio', un cuadro de la pintora Erika Seguín.

Opinión

Noche de insomnio

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Noche de insomnio. Estoy desayunando con mi amiga Jo-Jo, una joven de la China que me achina este lenguaje de madrugada. Mis insomnios son feroces como las diputadas de Vox, largos como la picha de los gatos, que es lo mismo que decir que dicha largura prensa esta pandemia en la que los cuadros de Paul Klee ya han dejado de existir, dulces o amargos como mi yo o como mi no-yo, en fin… prosigo:

Celebro este artículo o digamos que pergamino juglaresco pues hoy, miércoles de un octubre que no es octubre, en todo caso, mi octubre de Gary Cooper, doy inicio a un no sé qué en este papel pantalla. Y es que sucede que EL LIBRE me da permiso. Permiso o el retorno a mi luna beige e insomne.

Agradezco a los ejecutores de este periódico literario esta libertad que me otorgan. Pues libertad es el único destino de cualquier ingenio o inteligencia -lo cual no es mi caso-. De modo tal que aquí trastabillarán mis obsesiones, mis falsedades tan ciertas, mis alegrías con tanta pena, pero jamás desde el fingimiento, pues acaso eso sea lo creativo: un fingir trazado en traje a medida de cada cual. Si bien yo no visto, pues desnudo me paseo por las calles de esta Isla de Perejil en donde pernocto y en donde todos los días me amigdalan.

Y es que todo ya es desierto.

El desierto crece. ¡Sí¡ A pesar del mundo, el desierto crece. Y lo hace hacia todos los lados, hacia todos los puntos cardinales, hacia todos los continentes y las tierras. Pero, si he de ser sincero con la Humanidad –esta atlántica Humanidad del siglo XXI-, a mí esto no me preocupa en absoluto. ¡Allá se apañen los que han permitido esta hazaña cochambrosa! ¡Allá los flojos de cuerpos que han construido a su alrededor un poder entusiasta que asusta hasta a los niños recién nacidos! Si el desierto crece, es porque no hay voluntad de poder a la hora de certificar la animosidad del hombre.

La escuridad atrapa a los trasmundanos y los vierte hacia las cloacas en donde juegan a las cartas con naipes equivocados. Sólo existe una voluntad de poder -yo la llamaré, a partir de ahora, voluntad de supremacía- que es la de uno mismo. Todo lo demás ya es muchedumbre y barbarie; todo lo demás ya es la necesidad de sentirse bárbaro sin conversar con el Oráculo de Delfos. Pero tampoco existen los oráculos, como señaló aquel filósofo que andaba por Atenas solo preguntando desde su ironía pedagógica. Aquel filósofo feo y con ojos de rana que decidió, contradiciendo a sus discípulos, ejemplificar su muerte tomándose un gran sorbo de veneno: cicuta.

‘Escuridades’ que encienden el fuego de la caverna

Europa no es una posteridad noble. Existen muchos caballos que ya no tienen ni siquiera la forma de caballo: son escuridades que continúan encendiendo el fuego de la caverna. Lejos, quizá muy lejos, queda la voluntad de poder -supremacía en mi caso, ya digo- arracimada a un solo hombre. Nadie jamás logrará estar feliz si antes no ha salido del dolor que representa la felicidad. Estamos asustados ante lo que se nos viene encima. La Tierra se está descongelando y cada vez llueve más sobre los pueblos. El clima es nuestro peor enemigo. ¿Por qué? Porque el hombre es decentemente heterónimo y sólo desea culminar sus propios deseos. Pero el deseo sólo es una emoción que pasa tan rápidamente como los hechos históricos. El deseo criba la mente del ser humano cada vez que se propone albergar en su propio mundo el mundo que no tiene. Todos los hombres desean todos los mundos. Pero mundo sólo hay uno.

¡El mío! Efectivamente. Modesta o no modestamente. Mi mundo es el único que se abre cada mañana cuando abro las ventanas de mi cabaña. El mundo, mi mundo, son las circunstancias adheridas a mi propio cuerpo sin contar con la necedad de los otros. Los otros son los débiles, los extraños, el vulgo, las muchedumbres, las élites cancerosas que viven sólo a expensas del deseo.

La voluntad de poder es sólo mi serena supremacía, la que me anima a cada momento a servirme a mí mismo, a ser más egoísta que todos los hombres egóticos. Sólo de esta manera establezco una relación entre mi yoidad y mi yo. El yo no es uno, sino todo lo que gira en torno a la vida. Sin yo, es imposible sentirse beneficiado por las grandes avenidas de la vida. Mi vida es mía y que nadie venga a tocarme esta soledad de la que gozo. Que nadie venga a decirme lo que tengo que hacer. Que nadie toque parte de mi cuerpo, pues entonces me convertiré en un ser monstruoso como ellos, como esos hombres anegados en la tristeza y en la desesperación.

El desierto crece. Cada vez más. Por eso yo despierto cada amanecer al sonido de los pájaros, por no contagiarme de las voces de los hombres

Yo no soy un hombre desesperado, pues batallé durante décadas al través de la lucha diaria. De aquello aprendí a ser no humilde, pero sí santo y héroe -en mi ficción de héroe-. Un héroe ante mí mismo únicamente, quiero especificar. Mi heroicidad arriba siempre cuando la fatalidad enfanga el tiempo de los asesinos.

El desierto crece. Cada vez más. Por eso yo despierto cada amanecer al sonido de los pájaros, por no contagiarme de las voces de los hombres. No quiero saber nada de los oficios, de la ociosidad, de las lamentaciones, del origen de las familias, de las organizaciones sociales, de los clubes políticos, del lujo o de las falsas risas. No uso teléfono. Teléfono ya es vanidad a saco de oro.

Por culpa de la vanidad, nos encontramos como estamos, es decir, sin el permiso para sentir nuestra voluntad de maridar nuestra supremacía y escondérsela a los demás. Hemos llegado a un punto en que es imposible amarnos unos a otros, pues la egolatría lo empantana todo a la vez que sitúa la amistad más lejos incluso que la lejanía del amor.

Me pone nervioso darme cuenta de qué manera la gente finge la felicidad. ¿Acaso creen que soy estúpido? ¿acaso no se han percatado de que su felicidad tiene ver con la mentira, con la apariencia, con la falta de rigor, con el analfabetismo?

Un hombre sin cultura es un hombre que tendría que morir al instante.

¿Quién vendrá a contarme que conoce el mundo si ni siquiera se ha molestado en obtener cultura por mediación de su yoidad? ¿quién pronunciará su nombre si ni tan siquiera sabe de dónde viene, por qué está aquí, qué es lo que ha hecho para seguir viviendo? Es necesario que mueran muchos hombres para que el mundo se quede sólo con los más perfectos -una perfecta imperfección-, con los incorruptibles, con los que han aprendido que la única virtud que debe acosar a todo ser humano es el amor hacia uno mismo. El hombre no ama, sólo obtiene el castigo de amar.

Y amando es como se alargan cada día todas las pichas de los gatos.


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