Llega el calor y con él las pocas ganas. Pocas cosas más depresivas que ver como la luz que te mira fijamente a los ojos. Ver cómo te dice que se va a quedar durante unos meses y que no te abandonará hasta las diez de la noche. Esta es la demostración palpable de que a las personas que les gusta el verano son unas egocéntricas. Su alegría incomprensible es una prenda que no me puedo quitar
Mis brazos y mis manos pierden su vigor y se quedan dormidas en un sueño donde es de noche a las seis de la tarde y las farolas es lo único encendido que tiene sentido. Llevar poca ropa está bien para los vagos, y para los que tienen mejores cosas que hacer que ir colocándose prendas que tapen una anatomía, a la que no se le deja ser libre. Y no es que yo esté a favor o en contra del nudismo, es que el cuerpo es más bello y funcional cuando no se piensa en él. El que quiera verme desnudo que me mire a los ojos, y el que quiera ver mi lascivia, que observe cómo los míos intentan meterse en los de la mujer ciega en cuestión.
En verano mirar es muy fácil, la luz hace más evidentes la belleza y la fealdad, en definitiva, la realidad se aparece sin disimulo posible y eso es difícil de soportar. El mendigo con sus ropajes invernales se asa de calor y huele peor. Intenta seguir pasando desapercibido, de la misma manera que hace en las estaciones frías. Pero la luz no puede dejar de ser ella ni cuando se apaga. Querer hacer evidente la realidad es de una crueldad intolerable. Como si cada uno de nosotros no supiéramos cómo son las cosas reales que nos rodean y las que nos inventamos para hacer soportables estas. Con el calor se piensa peor y es más difícil imaginar.
Desaparecer es algo muy sano
Nuestra simpleza sale a la superficie, mientras la dignidad se ahoga en el fondo de nuestros pensamientos. Desaparecer es siempre algo muy sano, y que deberían valorar nuestros semejantes, y algo que en verano debería ser obligatorio. Por lo menos a las horas centrales del día y hasta que aparezca la noche con su elegancia discreta. Quedarse en casa y que nadie tenga que ver tu vestimenta compuesta de una camiseta de Talleres García y un pantalón corto de deporte cansado de arrastrarse por el sofá. Se podría aprovechar para leer esos libros que te hagan aparentar con tus amistades más culturetas. Ponerse con Proust, con Joyce o con algún pedante parecido. Estoy convencido de que escribieron toda su obra en los veranos que sus cerebros aprovechaban para ser descongelados. El instinto básico que nace en mí es el de ir a sus tumbas y, con un picahielos, destrozar aún más sus cabezas.
Miro la temperatura en mi móvil y son 28 los grados que marca. No quiero pensar en julio ni siquiera en Camba ni en agosto con sus muchas fiestas y ninguna que merezca la pena. Otra cosa es que nos interese creer que sí, que es así. Querer pasarlo bien no puede justificar la decrepitud del momento. A un hombre solo se le pueden ver los pies en la morgue, y allí hace poco calor. Las sandalias masculinas son la cosa más ridícula que existe. Yo no podría hablar con nadie sobre nada sabiendo que mis deditos tienen cerca las aceras achicharradas por estos bichos y otros de infernal parecido. La estética está para romperla, como lo están todas las cosas, pero aquí estamos hablando de faltar el respeto a la única persona que te acompañará siempre, por mucho que desee abandonarte, como es normal. Y ese eres tú.
Habrá mujeres y hombres que harán más evidentes sus atractivos físicos al cruzarte con ellas por la calle, pero, en ti, solo lograrán que el síndrome de Stendhal te acompañe durante más tiempo y que la frustración de no disfrutar de esa belleza física ni poder tocarla o sentirla de alguna manera, que solo sea visual y durante unos pocos segundos, hace que también la olvides y la vuelvas a recordar tantas veces que carezca de valor.
El verano debe ser el momento de la sencillez, de pensar en placeres mundanos, de no complicarse la vida con objetivos que requieran esfuerzo, aunque esto también debería valernos para el resto de estaciones. El esfuerzo es la muerte de la ilusión y del deseo. El verano es época de percepciones, de sentirnos la piel mientras nos miramos, de buscar la belleza en la magia del momento, de ser conscientes de que no hay nada más, solo lo que está pasando en este momento. Se le puede vestir de la frescura de un gintonic, que se maree la realidad, pero que no se mueva del sitio.
Dar las gracias a cada farola estropeada, cuyos cristales se posan a sus pies, y buscar la piedra para besarla. Estar tranquilo, pues al mirarte los pies sabes que tú no llevas sandalias de esas. A ti solo te cortará la noche con sus estrellas puntiagudas. Suda la seda de sus sábanas, en nuestra saciedad líquida, Bauman se apuntaba para hacer un trío. A la mañana siguiente, todo era un sueño de vapor de aire, hecho de nuestras bocanadas. Un respiro que se ahogaba. El amanecer me hizo poner los pies en el suelo y ver que estos vestían unas sandalias. Fui al baño a refrescarme la cabeza y ver que mi cara no reflejaba ningún espejismo.
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