Antonio Saldaña es concejal del PP en Jerez, ex parlamentario andaluz y ex secretario general del PP de Cádiz. Defenestrado tras la orden de Casado de acabar con la dictadura permanente de Antonio Sanz en el Partido Popular de Cádiz. Conocido por dar positivo en la prueba de alcoholemia
El problema del partido en Cádiz es que no tenía banquillo una vez se terminaron de arrancar los ojos los unos contra los otros. El odio africano guardado durante muchos años de arenismo político surgió desde todas las esquinas de la provincia.
Las navajas, que llevaban muchos años abiertas, esperaban el momento, esperaban a los idus provinciales, esperaban al ángel caído. Todos los que perdieron el congreso del partido frente a Casado tienen hoy cargos, sueldos y coches oficiales en la Junta de Andalucía. Todos los que ganaron ese congreso en la provincia de Cádiz están hoy llenos del pesado polvo del olvido, arrinconados en sus pueblos. La provincia estaba rota en dos y se estaba larvando una guerra civil donde ajustar todas las cuentas pendientes, que son muchas y de mucha gente.
La ambición por la silla del PP de Cádiz creció como un tsunami. Desde ahí se ponen concejales, diputados y senadores. Al ser un partido presidencialista, quien ostente el solio ostenta el imperium. Todos se someten al mandato de su señor feudal. Solo cuando llegan los congresos conspiran los unos contra los otros, los otros contra los unos. Es la ceremonia y el ritual que los une a todos por igual. Todos en la sombra. Todos susurrando nombres y puestos ordinales, cantando listas de nombres como letanías.
Todos ocultos en la oscuridad desde donde nacen los príncipes o se señalan a los que mandan al ostracismo político. Todos los verdugos tienen siempre oculta la cara. Nada es lo que parece. No hay paz allí donde nacen los cargos. Un manantial que no se ha secado desde el 78. Muchos ambicionan lo que no tienen. Es un deseo irrefrenable que nace de la parte más animal del hombre. Todos los nombrados esperan siempre la llegada de la perca sin rostro. Que la sibila nunca los nombre. Que las vestales guarden por siempre su testamento.
Los presidentes provinciales habían dicho que no a aquel aquelarre. Y llegó Zoido, el mayor fracaso de los años de la mayoría parlamentaria
Los viejos senadores de la provincia esperan eternos la llamada. Que el viejo Atón, que a todos protege, no se oculte nunca tras su horizonte. En los lejanos tiempos de la victoria pírrica de Arenas se urdió la primera entente. Bendodo y Sanz serían los primogénitos. Mariano esperaba ausente. Y Cospedal los descubrió a todos en aquel engaño.
Los presidentes provinciales habían dicho que no a aquel aquelarre. Y llegó Zoido, el mayor fracaso de los años de la mayoría parlamentaria. De diez cosas que decía, once eran mentira. Y se trajo al hombre sin rostro de Tomares como delfín tras el pacto del balcón de la basílica de la Macarena.
El arenismo empezaba a ser finiquitado por los propios arenistas. El gozo infinito era para todos los muertos que dejó atrás el bueno de Javier. Luego llegó la hora de los ajustes de cuentas. Y el dedo de Mariano señaló a Moreno Bonilla como el heredero. El de Tomares recogió su sentencia en las primeras horas del ángelus y se retiró al destierro.

Nació así el hombre de plástico del arenismo, llamadme Juanma. El nini de partido que desde la más tierna infancia estaba llamado a ocupar las más altas magistraturas. Desde Santander a las playas de Málaga. Desde la mano de Ana Mato a la calle de San Fernando. Y mientras tanto, quitó la toga del senado a Antonio Sanz porque debía tener sueldo público.
Eran los años de la victoria del dedo. De los ungidos por Mariano. Y todos los que tenían el sello de la Dolores de Madrid eran apartados a empujones y dados por amortizados. Los de Málaga y los de Cádiz desembarcaron en la ejecutiva regional del partido para enterrar toda la herencia de Zoido. Aparecieron largas listas de proscritos, cuyos nombres nadie se atrevía desde entonces a pronunciar.
Cantó tres veces el gallo al amanecer del partido y todos se negaron unos a otros. Una amnesia colectiva recorrió las entrañas de los elegidos. Y retomaron cargos, sillas y tronos vacíos. Escaños en los parlamentos y hasta concejalías. Saldaña, desde Cádiz, saltó desde la oposición de Jerez al Parlamento de
Andalucía.

La derrota municipal tuvo premio y canonjías en forma de nómina pública representativa. Su señor se había ido a la delegación del gobierno en Andalucía -en contra de todo un Carlos Floriano- y le cedieron el coche oficial del partido para los kilómetros provinciales. Desde Maitines a renovaciones de agendas.
Era la época dorada de Saldaña. Parlamentario, concejal de Jerez y secretario general de la provincia de las Cortes de Cádiz. Se puso el alzacuellos del partido y empezó a predicar la biblia pepera por la provincia.
Eran los tiempos en que Sanz puso a Ana Mestre como escudera de Moreno Bonilla en la regional andaluza. Todo para el pueblo, pero sin los afiliados. Y también la puso de candidata a Sanlúcar –la ínsula de Marín el relojero– tras perder su Marmolejo del alma un congreso que tenía ganado a las nueve de la mañana y que perdió a las dos de la tarde.

Eran los tiempos de los desayunos con la prensa que fueron con zumos del banco de alimentos, y así logró ser portada nacional gracias a ello. Allí la política de Mestre perdía fuerza camino de Jerez de la Frontera. Entraba por Bonanza bajo palio y salía al caer el sol de media tarde sin el aura de opositora. Eran los tiempos también del famoso sanlucazo, cuando tres de sus concejales empezaron a ir por libre.
A Sanz, el jefe de todos ellos, lo puso el tito Javier para llevar la campaña de Soraya, la heredera universal de Mariano. Se puso la chaqueta y la montera y empezó a movilizar al ejército dormido. Con muchos kilómetros para recorrer por medio, como los buenos corredores de fondo, como a él le gusta. Montarse en el coche en Cádiz y terminar el día en Toledo.
Pero la sangre jacobina de su partido lo tenía apuntado entre los que perdían, porque perdió Soraya el trono y la silla. Y Sanz bajó al Sur a lamer las heridas de una guerra que hizo suya. Casado ganaba con los restos de Cospedal. Y llegaron los malos tiempos para la lírica de Arenas.

Los casadistas clamaban su premio y sus cabezas. El de Vejer pudo ser todo y se quedó en nada. Pudo tener en sus manos la derrota del sanzismo y se quedó en semilla no florecida. Se fue diluyendo como se diluyen las nubes tras la tormenta. Fue polvo de mariposa entre los dedos.
A Sanz lo hicieron viceconsejero y no dejó de tejer una tela de araña infinita en su provincia. La renovación fue poner a Mestre en su sitio y a Andrés Núñez en el de Saldaña. Él seguía teniendo desde San Telmo las bridas del partido en la provincia.
Saldaña se quedó el abultado sueldo de portavoz de la Diputación y el coche oficial en exclusiva, porque Colombo se hizo delegada provincial. Tenía salvada la honra y la nómina. Esperaba la hora del levantamiento en las Cabezas de San Juan con las tropas preparadas desde las pedanías jerezanas. Y en eso llegó la comida maldita. El festín de Babette, el cáliz de la sangre de Cristo en forma amontillada en el Camino del Rocío acompañado de papas con chocos, carrillada, tomate aliñado y pescado. Su comida más cara.
Conducir borracho
A la vuelta a casa -según informa la prensa maldita- comenzó a producir daños en hasta tres vehículos cuando trataba de estacionar. Como a Sánchez Mejías -!que no quiero verla!- después de las 18:25 horas, agentes de la Policía Local se llevaron a Antonio Saldaña hasta la jefatura del Almendral, donde tras realizarle sendas pruebas de alcoholemia que dieron 0,88 y 0,83 (el triple de lo permitido), se le tomó declaración y, en torno a las 19:25 horas, quedó puesto en libertad con cargos, pendiente de juicio. Y estalló la tormenta.
Venían los días de mayo que conmovieron al mundo. Una crisis mundial sin precedentes. Reunión del consejo de seguridad del PP regional y nacional. “Debe dimitir”, rumiaba en alto la canalla y el vulgo de los siervos de la gleba, alentados por una prensa que tenía un lanzallamas en las manos.
«Tiene que dar ejemplo tras lo de Badalona cuando cayó la hoja de la guillotina política», gritaba la muchedumbre. Saldaña pedía perdón. «No he matado a nadie», se justificaba. Y se clavó con puntillas a la silla. En eso el de Vejer tejía su tela de araña con Madrid y con los descabezados de Sevilla.
El monosabio
«Tiene que dimitir», le dictó de madrugada a Mestre. Y a la una de la mañana, un ángel tocó la trompeta y dejó claro que Saldaña debe dimitir de todo, hasta de socio del gimnasio -si tiene. Y un sueco llegó a Jerez montado en bicicleta.
El de Vejer se jugó un trile con la Mestre. Y esta se quedó sola en una plaza donde nunca había toreado, con un astifino bizco de pitón izquierdo. Saldaña presidía aquella faena que nunca fue. Sacó el pañuelo blanco y la banda del maestro Tejera tocó un pasodoble por bulerías: «Que no me voy, porque no me he ido nunca«, se escuchó decir la letra cantada con la voz de inmensa tonadillera. «De la Diputación al menos», rogaba Mestre con
voz apocada y entre las tablas escondida. «Pero me quedo con la portavocía del ayuntamiento de la ciudad de la frontera, que de algo hay que comer», dijo entonces el monosabio a gritos. Y luego más perdones, más lágrimas de cocodrilo y más videos.
Excelente definición de un resumen de la historia. La pluma de oro de una historia bien contada del partido del 78.
Pues seguro, pero yo me pierdo entre tanta mar de fondo. Lo que sí me sé es el resultado: hagan lo que hagan de fechorías, los políticos siempre conservan un buen sueldo, con distintos pelajes, pero muy bien untado el riñoncito. Y lo que les agradecen también las empresas favorecidas, y etc. Vamos, un chollo vitalicio con la #partidocraciatóxica.