«Las cucarachas se marcharán, sus meretrices le seguirán». Iván Ferreiro canta estas frases en su canción ‘La jetée’, título también de un cortometraje del año 1962 donde la ciencia ficción llevaba a la realidad la Tercera Guerra Mundial. En la película, la única solución que se encuentra es un viaje en el tiempo, volver al pasado para pedir ayuda, o al futuro para encontrar una solución a la situación presente de guerra. Solo una persona podrá hacer ese viaje y es un hombre que lo utiliza para tratar de reconstruir el recuerdo de su amada
Sesenta años más tarde, parece claro que el tiempo no se ha detenido en su estupidez más aberrante, sino que ha avanzado hasta cotas de difícil comparación. Las guerras son lo único que permanece a lo largo del tiempo. Podríamos aprender del pasado y ver que solo sirven para ponernos en evidencia como especie. «Inteligencia militar son dos términos contradictorios», como dijo Groucho Marx. Se supone que la inteligencia del ser humano está por encima del resto de seres vivos, pero nos empeñamos constantemente en demostrar todo lo contrario. Robe Iniesta en una de las canciones de Extremoduro dice: «Ahora prefiero ser un indio que un importante abogado». Pues yo preferiría muchas veces ser antes un oso panda hinchándose a hojas de bambú que un vulgar hombre, simplón, siniestro, cobarde. Ama y ensancha el alma, el cuerpo es lo que tapa nuestras verdaderas vergüenzas.
«Solos tú y yo, una vida artificial. Un eléctrico lugar. Una casa donde estar». Iván Ferreiro sigue cantando la canción. Ahora que las guerras nos parecen series de Netflix, que las imágenes de los telediarios se confunden con videojuegos, y los cuerpos desmembrados nos recuerdan a una clase de anatomía en la Facultad de Medicina, es el momento de volver a intentar sentir. La realidad se ha convertido en una desconexión de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Las pantallas están sustituyendo al amor, a la piel caliente, a la sangre a borbotones que navega por todos nosotros, aunque por fuera nos hayamos convertido en muñecos de nieve donde solo nos crece la zanahoria. Ojalá estuviera hablando de sexo, pero para eso ya está Tinder, otra mentira donde tender nuestros cuerpos, nuestra colada más sucia.
Hay una guerra en Ucrania a la que todos estamos mirando en este momento, aunque ya tuviéramos otros conflictos bélicos en la actualidad antes de comenzar este. Pero en este mundo solo se mira a las guerras donde puedes perder algo y donde la vida es lo más barato. Muchos ucranianos han perdido sus hogares. Ahora solo son escombros mezclados con recuerdos, ilusiones y sueños. Estos últimos están totalmente sepultados junto a la inocencia de los niños. Cuando no se tiene techo, el firmamento pierde dicha condición.
«Suena su voz y me quiero suicidar, sin compasión, con total normalidad». Las voces que no sabes si podrás volver a acariciar duelen como los cuerpos a los que no podrás volver a ayudar a levitar. En lo extracorpóreo no podrá entrar nunca lo evidente de la guerra. Lo que no se ve no se puede mutilar. Mientras sigamos cegados por lo que sentimos, no importará que traten de arrancarnos los ojos. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero, cuando llega la guerra, se pierde de la misma manera que las llaves al llegar a casa tras una noche de farra. La resaca que deja una guerra es de una gravedad crónica. Te prometes no volver a beber y te aseguras de no volver a vivir.
No se ve el resquicio
Mientras en Ucrania y en otros lugares en guerra la supervivencia se ha convertido en el único pensamiento posible, aquí seguimos preocupados por nuestro equipo de fútbol, nuestra ideología política, la serie que ver en HBO, qué móvil nuevo comprarme o dónde ir a tomarme unos gin tonics. Y tampoco podemos culparnos por ello de manera especialmente grave. Somos la consecuencia de esta programación llevada a cabo por los que manejan los hilos del mundo. Como el pueblo que somos, a veces tenemos microdespertares y somos conscientes del sufrimiento ajeno y parece que nos rebelamos contra el poder que comete este tipo de atrocidades, y otras muchas de distinta intensidad. Pero no se ve el resquicio, el recoveco por el que los ciudadanos puedan empezar a controlar a los distintos tipos de poderosos tóxicos que tenemos en nuestro planeta. La bondad siempre se encuentra en la superficie dando la cara, el mal acaricia las alcantarillas o surca los cielos con sus nubes más negras. Nada cambia, todo sigue consistiendo en que nos quieran seguir dando un último respiro.
Yo creo que la guerra la tenemos más que perdida. Y este es el resultado de lo que hemos ido construyendo en estas últimas décadas. Aquí tenemos nuestras alianzas y nuestros odios almacenados, para que exploten todos.
«Una paradoja más de la Vida».
En el resquicio o hueco que deja
el alma al pasar… (estar)
ni un aliento ni un suspiro
alivia la pena, el dolor y mucho menos
el mal.
La guerra siempre ha vivido dentro.
Haré una guardia esta noche… e
intentaré no dejarla salir ni entrar.
Salud~os.