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madre e hija

Una ilustración de una madre y una hija abrazadas.

Educación, Opinión

Cuando menos lo merezca

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Cuando estudié Filología Hispánica, lo hice porque me gustaban las palabras. Me fascina el poder que tienen éstas para convencer, conmover, motivar o desmotivar… La exactitud con que algunas expresan exactamente lo que nos está rondando por la cabeza

Me gustan los refranes, bien llamados sabiduría popular. Deberían leerse como muchos leen los versículos de la Biblia, y no sólo deberíamos leerlos, sino aplicarlos a nuestra vida e incluso tenerlos en la mesita de noche, como libro de consulta. Son un completo tratado de meteorología (hasta el cuarenta de mayo, no te quites el sayo), leyes (más vale pájaro en mano que ciento volando), ética (haz el bien y no mires a quien) y de otras muchas ramas del saber.

Junto al café, todos los días, me bebo las palabras que vienen en el sobrecito del azúcar. A veces vienen frases de personajes importantes como Einstein, aunque a mí me suele salir siempre la típica de Groucho Marx: «Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo» y me alivia pensar que alguien más se sintió marciano…

También me fijaba en las frases que escribían antes las adolescentes en las carpetas (yo también fui una de ellas: llenaba mis carpetas con pegatinas de la Superpop y frases escritas con boli rosa). Una que me llama la atención
(aunque no puede decirse que esté del todo de acuerdo) es ésta: «Quiéreme cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito«.

Y precisamente creo que es la frase que podría aplicarse a la relación entre madres/padres e hijos preadolescentes. Estoy en un momento de mi vida en el que pienso mucho en esas palabras. Pienso en ellas cuando, tras una tarde entera viendo zapatos de deporte, me dice la niña que no le gusta ninguno y, después de gritarle y amenazar con que nunca más le compraré zapatos, vuelvo a casa desmadejada y con la sensación de haber perdido el tiempo. No se merece nada ( pienso).

Llego a casa y miro sus calcetines, que antes eran blancos, tirados en el suelo y ahora negros por la manía de andar descalza por todas partes.

Me cansa que, a las ocho de la tarde, me suelte que tiene muchos deberes (¿por qué no me lo dijo antes?). Me pone de los nervios cuando la estoy peinando y sale corriendo, cuando se le olvida la botella del agua y hay que volverse atrás, cuando le pones medio Colacao porque no se lo bebe entero y se deja la mitad…

Cuando va detrás en el coche como un monillo, pero se mete y opina de nuestras conversaciones y, además, quiere imponer su voluntad si estamos pensando en ir a algún sitio y quiere cambiar los planes.

Pongo los ojos en blanco cuando me dan las once de la noche y estoy deseando pillar la cama y, de repente, oigo su vocecita: «¿Y el cuento?».

Noto su decepción cuando apago su luz y no le leo o cuando salgo de la habitación sin darle un beso de buenas noches. Y veo que está dejando un poco de ser la niña que era. Ahora le aburren los dibujos que son «muy de niños chicos».

La sorprendo mirando por la ventana y parece pensativa. A su espalda, la mansión Malibú, con las Barbies y los Ken esperando a que jueguen con ellos, cogiendo polvo. Y es cierto que hace tiempo que no juega… Quizás se esté enterando ahora de que el mundo no es tan bonito y seguro como ella pensaba, mientras cambian poco a poco su cabecita y su cuerpo.

Se lo cuestiona todo, se vuelve contestostona y rebelde y, a veces, la respuesta a sus preguntas, el deseo de que la escuchen y jueguen con ella, queda adormecido ante la caja tonta, ante esa tele a la que recurrimos los padres, porque estamos demasiado cansados o desencantados.

Hay días que cierra la puerta de su cuarto y ya no somos las dos, solo en una: rosa y azul mezclados, la nena y mamá, con nuestras pequeñas aventuras del día a día…

Ya no correteo detrás de ella para hacerle cosquillas, me duelen los huesos, veo cómo también me acerco peligrosamente a la vejez y va cambiando mi cuerpo para mal. Me deprime la rutina, me cansan algunas situaciones y quizás se encuentre con que no soy ya la que era

Y pienso que tengo que sacar fuerzas y seguir tirando… porque es digna de ser amada. Y ahora, cuando más preguntas se hace es cuando más se merece mi atención y mi paciencia, porque es cuando más las necesita. Y yo también necesito sus abrazos y cariño… aunque no me los merezca.


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Un comentario

  1. Contestaré cuando consiga dejar de llorar!!

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