Antes, en la Antigüedad, existía una ciudad-estado llamada Tiro, que fue la más importante de las ciudades de Fenicia, una región histórica fundada al mismo tiempo que Sidón (hoy Sayda), Biblos (hoy Iubail) y Beritos (hoy Beirut), en el III milenio a. C. y estaba ubicada en el sur actual del Líbano
Tiro (en fenicio, sor), cuya etimología quería decir roca, se convirtió en la ciudad más relevante de zona, no sin antes sufrir durante el siglo XII la invasión de los misteriosos pueblos del mar, al igual que otras naciones del entorno. Éstos fueron los culpables de que los fenicios abandonaran su principal recurso de subsistencia, la agricultura, y hubieran de reconvertirse en marineros y expertos comerciantes. De hecho, no tardaron mucho en transformarse en la principal potencia comercial del momento, gracias, sobre todo, al monopolio de un molusco llamado murex brandaris, un colorante de color púrpura, cuyo tono variaba entre un rojo purpúreo y el morado (y que aquí en Huelva llamaríamos cañaílla); eran necesarios por lo menos 12.000 murex para producir 1,4 gramos de tinta.
Por otro lado, no sólo le debían al murex su prosperidad económica, sino también sus propios nombres, ya que, de phoíniks derivó el término fenicio. En realidad, los fenicios no se llamaban a sí mismos fenicios, siendo éstos términos provenientes del griego, que se aplicaba más bien a los descendientes de los cananeos, que habitaban en la franja sirio-palestina. Este conflicto léxico posee un origen bíblico, puesto que fue Noé quien tuvo tres hijos: Jafet, Sem y Cam, siendo este último quien envió su descendencia a repartirse el mundo, tocándole a Cam lo que los griegos llamaron Fenicia y los cananeos, Canaán.
Estos fenicios, una vez reconvertidos de campesinos en marineros, comenzaron su expansión dejando atrás su cuna más allá del Levante Mediterráneo, creando una red comercial que les llevaría hasta la misma África, fundando colonias como la famosa Cartago (actual Túnez) de la legendaria reina Dido. Cuando más tarde hablamos de las Guerras Púnicas (el mayor conflicto armado de la Antigüedad), utilizamos este término de la misma manera que hicieron ellos con el adjetivo phoíniks, haciendo igualmente derivar de la etimología popular el adjetivo púnico de pōnīm.
Según el geógrafo griego Estrabón, eran cuatro las colonias fenicias de las costas ibéricas en la época de Estrabón (siglos I-II a.C.): Gadir (Cádiz), Malaka (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra), pero, sin duda, existieron muchas más. Gracias a la ingente y exhaustiva tarea arqueológica de los investigadores actuales, los yacimientos fenicios en España son muy abundantes: Onuba (Huelva), Castillo de Doña Blanca (Cádiz), Qart Hadasht (Cartagena), Ebussus (Ibiza), La Rebanadilla (Málaga), etc.
Desde que se fundó Cádiz en el siglo XIII a. C. en la punta más meridional de la Península Ibérica y hasta la fundación de Cartago en el siglo IX a. C., Tiro sostuvo la hegemonía comercial por todo el Mediterráneo y parte de África. Para esta última, los valientes marinos cartagineses surcaron sin pensárselo a través de las conocidas como columnas de Heracles, lo que corresponde al estrecho de Gibraltar y que entonces se consideraba como el fin del mundo según la mitología de la época: un inmenso abismo al que se precipitaban toda clase de criaturas y leviatanes monstruosos. Con un espíritu más pragmático, fueron capaces de abrir el océano Atlántico al resto del mundo.
Pero antes de pasar por el estrecho, los fenicios habían comenzado a integrarse dentro del elemento autóctono onubense, protagonizando un proceso de aculturación que benefició a ambas partes: los de Fenicia y los de Tarteso. Éstos pusieron el capital gracias a las inagotables minas de Sierra Morena; y los otros pusieron la técnica: la viticultura, el torno de alfarero o la metalurgia. Y, tras la fusión de los metales, llegó la suya propia, produciéndose durante los próximos siglos una unión de elemento local y foráneo que conformaría, probablemente, una idiosincrasia propia y que, desgraciadamente, no gozó de demasiado tiempo para desarrollarse en su totalidad, debido a movimientos geopolíticos en el teatro de la guerra de Oriente Medio (las inversiones asirias, por ejemplo).
Esto produjo una crisis que afectó económica y comercialmente a toda la zona, presionando sobre un correcto funcionamiento de los mecanismos productivos, interrumpiendo la exportación de metales por parte de los tartesios. Hay quien atribuye también, en una postura sostenida durante mucho tiempo por su espectacularidad, que la crisis de Tarteso fue debida a alguna catástrofe natural, probablemente un tsunami. De un modo u otro, los tartesios pasaron de convertirse en una economía fundamentada en el comercio y la metalurgia a una mucho más humilde de base agraria.
Lejos quedaba ya la opulencia de los tiempos del semilegendario rey Argantonio (VI a. C.), quien ofreció instalar a los griegos focenses y a su capitán, Coleo de Samos, navegante griego que arribó por casualidad, tras una tormenta, a las orillas de Tarteso. Este reino (siglos X-VI a. C. aprox.), el cual, en su época de máximo esplendor, llegó a ocupar Huelva, Sevilla, Cádiz, Badajoz, Murcia, Ciudad Real y el Algarve portugués, pudo tener su capital en las marismas onubenses de Doñana.
Por su parte, Coleo declinó amablemente la invitación del rey Argantonio (hombre de plata), no sin antes aceptar, eso sí, un gran tesoro de metales preciosos para patrocinar la construcción de una gran muralla destinada a la defensa de los focenses dentro de las denominadas Primeras Guerras Médicas contra los persas. Dicho muro también disfrutó de un papel protagónico en la segunda parte de estas guerras, dentro de las cuales tuvo lugar el famoso encuentro de Leónidas y sus 300 espartanos, en las Termópilas, con los persas del rey Jerjes II. Y en lo referente a Tarteso, la investigación en tierras onubenses está viviendo un momento dulce en cuanto a cantidad y calidad de los yacimientos. Algunas significativas excavaciones son: Cancho Rozano (Badajoz), La Algaida (Cádiz), El Carambolo (Sevilla), Tharsis (Huelva), etc.
Fenicia y Tarteso, Tarteso y Fenicia. Lo queramos o no, hay mucho de fenicio en lo onubense. La próxima vez que se mire en un espejo, entre unas y otras explosiones que se escuchan como ruido de fondo de los informativos de la televisión que se dejó usted encendida hace un rato, quizá sienta algo más que tristeza y solidaridad hacia el desgarrado pueblo libanés.
Comentarios recientes