A raíz de la pandemia que estamos viviendo, a más de uno se le pasará por su cabeza, en estos momentos de reflexión y a la vez de preocupación, cómo desarrollamos nuestras vidas. No nos pararnos a pensar en los que tenemos alrededor o los que en la distancia, aunque cercana por los medios de comunicación, sufren indigencia, guerras e injusticias, propiciadas por el egoísmo y la despreocupación del resto de la humanidad
La manera de descifrar la existencia y proporcionar sentido a la misma, se perfecciona no simplemente con elementos técnicos, sociales o económicos, sino también con gestos, halagos, silencios, palabras, etc. Estos incentivos son obligatorios para permanecer, puesto que el organismo irrumpe en un proceso de abatimiento, malestar y caída. Vivir en la superficialidad del pensamiento, emociones y sensaciones es horrendamente más violento que la angustia.
Poseemos un entorno de competencia, no de servicio y cooperación. Estamos obligados a introducir en el pensamiento nuestras diferencias, no somos superiores, ni comparables. Cada persona contribuye con la bondad que goza, hacia sus semejantes. Con el parangón constantemente desaprovecharemos, padeceremos y, al final, todo en vano. Los sentimientos son primordiales: intimar, apreciar, felicitar a los que nos rodean sería esencial en esta comunidad de desafección e individualismo.
El sentido común se disipó hace tiempo. Nuestro patrón social, materialista, insolidario, piensa en sí mismo y rechaza continuamente los sufrimientos de los demás, consintiendo que millones de personas, fundamentalmente niños, mueran como perros.
¿Es posible que, con esta experiencia que nos está tocando vivir, podamos cambiar hábitos de vida, que nos están envenenando en nuestra convivencia?
No paro de pensar en el después de todo esto y desgraciadamente pienso que si, seguiremos siendo iguales.