Llegamos a aquellas tierras que hoy son las nuestras amontonados entre fardos, gallinas y caballos, en unas naves que más que barcos eran pocilgas flotantes
Los olores nauseabundos se mezclaban, se confundían, y el silencio de las gentes se rompía por el incansable llanto de algún bebé. Eso y el runrún continuo del oleaje, día y noche, como la respiración de una bestia ingobernable que, en cualquier momento, podía tragarnos. Fueron dos meses de viaje en los que el miedo se hizo algo cotidiano. Todos aprendimos lo insignificante de nuestras vidas.
Ya con nuestros pies sobre aquella tierra virgen nos indicaron dónde podríamos instalarnos, qué tierras podíamos colonizar, y a ello nos dedicamos. Pero aquellas tierras no eran nuestras, pertenecían a la población nativa, los pueblos que, generación tras generación, las habían habitado. Eran pueblos a nuestros ojos extraños, atrasados, aunque en realidad poco se diferenciaban de nosotros, quizás solo porque nuestras ropas sucias estaban hechas de tejidos que tapaban nuestros pudores y por cuatro detalles más como nuestras vajillas de cristal y nuestros cubiertos.
Nuestra cultura era mucho más avanzada, estaba claro, pero esos grandes avances solo estaban al alcance de nuestras élites: relojes, anteojos, libros… Nosotros la verdad es que éramos, en la mayor parte, analfabetos y vivíamos en casas construidas con cuatro palos, agrupados en pueblos de calles encenagadas y sin más lujo que el fruto de nuestras cosechas, el fuego que nos calentaba en la noche y el rezo a un Dios que probablemente nunca nos escuchó.
Pero lo que vengo a contarles es de cómo acabamos con aquellas gentes, aquellos pueblos nativos a los que arrebatamos la tierra y usurpamos toda esperanza y fe en la vida. Eran, como decía, pueblos supuestamente atrasados en relación a nosotros. Eran nómadas y pretendían vivir en equilibrio con la naturaleza, que les proveía de todo lo que necesitaban: comida, refugio y serenidad. Tenían un gran sentimiento de pertenencia a la familia, que era su grupo y que decidimos llamar tribu, a diferencia de nosotros que, más allá de nuestros hijos, no nos importábamos más que con quienes nos pudiesen reportar un beneficio económico. Nos empeñábamos en creer que eran gandules, salvajes, indignos de confianza, aunque podíamos verles cabalgar con destreza, manejar sus herramientas de manera incansable y cuidar de los suyos con una ternura y abnegación que a nosotros nos era del todo extraña.
Pues bien, a esa gente los eliminamos con cierta facilidad. Sus grupos, basados en el vínculo familiar de la tribu, eran menores que el nuestro, hilvanado sobre el soporte común del dinero, la moneda, capaz de reunir en una misma causa a personas totalmente desconocidas entre sí. Éramos cobardes en general, pero no hizo falta enfrentarnos a ellos, solo debilitarlos y darles las herramientas para que se destrozasen ellos solos. Les dimos espejos, con los que podrían pasar el día mirándose en lugar de disfrutar de la magnificencia de cuanto les había rodeado desde tiempos inmemoriales. Les dimos alcohol, con el que pudieron potenciar ese sentimiento de euforia y egolatría que tan bien conocíamos en nuestros países de origen. Y también les dimos armas, aunque esto último fuese más o menos indiferente, porque hubiesen acabado por matarse con sus propias manos si hubiese hecho falta.
Y así fue como ocurrió. Al caer cada noche, esas gentes empezaron a reunirse alrededor del fuego pero ya no hablaban sobre el bisonte o el águila, sino sobre su maquillaje y las marcas en sus rostros. Desde la distancia solo se vislumbraba la hoguera como un tenue puntito blanco. Se oían suaves golpecitos y voces que mal se podían distinguir del susurro del viento peinando la pradera y el ladrido del chacal.
Ya junto a la hoguera corría el alcohol, las luces blancas en la distancia cobraban matices rojizos, azulados, amarillentos… El líquido quemaba sus gargantas y transformaba sus gritos junto a los ritmos de los palos y timbales en canciones eufóricas y melodías de intensidad extenuante, saltando y danzando durante toda la noche, todas las noches. Al principio solo unos pocos miembros de la tribu, luego cada vez más… Algunos no quisieron formar parte de ese ritual, esa fiesta que convertía el día en horas para el descanso y la recuperación de los cuerpos, cada vez más degradados, más inhábiles.
Al principio, quienes no quisieron formar parte de esa ceremonia caótica, pasaron desapercibidos. Después, fueron objeto de burla y, por último, como eran los únicos que habían conseguido mantener un modo de subsistencia, fueron simplemente saqueados y expropiados del fruto de su trabajo por sus iguales. Se vieron obligados a unirse a la fiesta o a abandonar la tribu. Y así, cuando la tribu se encontraba totalmente desestructurada y débil, nuestros milicianos la abordaban de madrugada obligándoles a entregar las tierras o, según soplase el viento, acribillarlos sin mayor contemplación.
Un pasado legendario, un presente deshonroso
Esta fue la forma en que conseguimos aquellas tierras que hoy son nuestro país. No importa si a un ciudadano como yo le parece correcto o no el trato que se dio a aquella gente, nada de aquello fue decisión mía, pero lo cierto es que, de alguna forma, participé y por eso hoy soy dueño de un buen trozo de campo. Aquellas gentes conocían el terreno, tenían armas y eran mucho más hábiles y valientes que nosotros, podrían habernos doblegado con facilidad, pero decidieron no hacerlo. Y eran libres. ¿Eran libres? Lo que resta de esa libertad puede visitarse en las reservas en las que viven aquellos pocos afortunados a los que decidimos perdonarles la vida.
Nosotros, por nuestra parte, aprendimos el modus operandi para acabar con un enemigo superior a nosotros y decidimos entonces ponerlo en marcha contra lo que era nuestra mayor pesadilla, un rival al que rara vez conseguimos vencer incluso en condiciones de superioridad numérica, el mayor país que alguna vez hubo sobre la faz de la tierra, un imperio deslumbrante moral y económicamente con una solidez casi inquebrantable. Y digo casi porque la vanidad es una pequeña grieta por la que se pueden acabar desquebrajando las rocas más consistentes. Ese enemigo era España y podemos decir que el plan avanza muy, pero que muy satisfactoriamente. En estos momentos, ya es un parque temático más que visitar, una gran reserva habitada por exaltados y pusilánimes, donde corre el alcohol y los ritmos tribales no cesan.



Impresionante descripción de la verdadera leyenda negra, que por supuesto no es española