Vivo en una continua huida de mis fracasos existenciales. De mis anhelos que siempre acaban en decepción, en un dolor que se agarra a mis tripas, unos dientes que muerden y que dejan al aire mis intestinos y mis inseguridades. ¿Y si solo fuera bueno para darme cuenta de que no sirvo para nada?
Siempre estoy huyendo de mí mismo esperando que el destino me acerque o me separe de mí sin que yo me dé cuenta. La consciencia solo me ha llevado al dolor. Solo la imaginación me ha dado un poco de paz, un poco de olvido de mí mismo. Me separo de mí, o por lo menos lo intento, pero son los demás los que se empeñan en juntarme, en que me dé cuenta que nunca seré el que quiero ser o el ser que imagino que me gustaría ser. Estas palabras seguramente sean un error. Escribirlas me lo confirma. Mis ideas se esconden perfectamente en las palabras que no escribo o en las que borro. La frase vacía es la que mejor sabe representarme.
El que quiera hacer el esfuerzo de saber cómo soy, que me lea y que luego no haga caso a nada de lo escrito. Bueno sí, que haga caso a las palabras que no me atreví a escribir por miedo, por vergüenza o por falta de talento o por querer esconderme en lo que no está escrito. Nadie sabe si las palabras son ciertas o esconden tesoros o nuestros vertederos interiores. La escritura ha vuelto a conseguirlo. Yo no quería escribir sobre esto, ni siquiera sé si quería escribir.
Practico la escritura del que está perdido, la de la peor calaña, la que no cuenta nada y se regodea en la simpleza del ego del que las pone en negro sobre blanco. Escribo para soportar mis fracasos. Escribo porque cuando lo hago puedo organizarlos y soportarlos un poco mejor. Escribir me calma, aunque casi siempre lo haga de manera nerviosa y anárquica.
Solo sé organizar historias en mi cabeza y transformarlas en algo estructuradamente caótico. Los únicos personajes que perfilo bien son los que me rodean en la vida real, porque no dependen de mí y porque sé que existen, y a esos no se les puede escribir. De la realidad no se puede hacer una buena escritura. Siempre se me han dado mejor las cosas que no se pueden tocar y las personas ficticias. Las que amoldo a mi imaginación, las que no pueden llevarme la contraria porque su realidad no va a estropear mis ilusiones.
Escribir es inventarse la realidad y por tanto hacerla mejor, menos dañina, más bella. Si parase de escribir esto, me despertaría y eso sería terrible. Volverían mis fracasos reales, mis debilidades, mis frustraciones, mis partes oscuras donde la luz siempre se esconde detrás de mí para que no la alcance ni la vea. En algún momento tendré que dejar de escribir y hacer frente a la realidad. Mis dedos nerviosos están doloridos de teclear tan rápido. De no querer parar, pero saben que tendrán que hacerlo en algún momento. Encarar la vida de las cosas que se tocan, que huelen, de las que solo se ven con los ojos abiertos, las que tienen sabor empalagosamente dulce o amargo, como lo son las mañanas que nos despiertan de un sueño que no supimos si fue real, como esto que he escrito y que olvidaré como todo lo que lo es y que, por tanto, es un fracaso más de mi existencia.
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