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El dictador Miguel Primo de Rivera.

Historia, Política

Primo de Rivera, el general que prometió salvar España

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La dictadura proviene de un golpe de Estado que es el primero del siglo XX y además, es el primero después de un largo tiempo de que los militares estuviesen recluidos en sus cuarteles sin dar problemas

En el XIX una de las estrategias del liberalismo durante las primeras etapas de la revolución liberal, el pronunciamiento militar se convirtió en un mecanismo de llegada al poder.

El Camino hacia el Golpe de Estado de Primo de Rivera: causas y contexto

El golpe de Estado que dio origen a la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1923 no fue un hecho aislado, sino el resultado de un conjunto de crisis acumuladas —políticas, sociales, económicas y militares— que habían deteriorado profundamente el sistema de la Restauración.

La Restauración borbónica, instaurada por Cánovas del Castillo en 1874, había entrado en una fase terminal. Su funcionamiento se encontraba bloqueado y desprestigiado, con una inestabilidad política evidente. El fracaso de los intentos democratizadores, el agotamiento del sistema caciquil, el auge de los nacionalismos periféricos y la deriva autoritaria del rey Alfonso XIII, de actitudes cada vez más militaristas, mostraban la descomposición del régimen.

A estos factores políticos se sumaron problemas económicos y sociales. Las secuelas de la crisis de 1921 acentuaron la conflictividad tanto en el campo como en las ciudades, especialmente en Barcelona, donde el enfrentamiento entre patronal y movimiento obrero alcanzó niveles de violencia alarmantes.

En el plano internacional, Europa vivía una etapa de descomposición de los sistemas liberales, marcada por el ascenso de los fascismos y una creciente violencia política y social. España, aunque alejada de los grandes conflictos continentales, no fue ajena a ese clima de incertidumbre y autoritarismo.

El factor decisivo que precipitó la intervención militar fue, sin embargo, el problema de Marruecos. Este conflicto, heredado del desastre colonial de 1898, se prolongó sin solución y se convirtió en una fuente constante de tensión política y militar. En el contexto de los nuevos imperialismos europeos, España, junto a Francia, estableció un protectorado en Marruecos, lo que provocó un prolongado enfrentamiento con las poblaciones rifeñas.

El episodio más grave fue el Desastre de Annual (1921), donde las tropas españolas sufrieron una humillante derrota. Las consecuencias fueron devastadoras: miles de soldados muertos, indignación social y exigencia de responsabilidades políticas. Se formó entonces una comisión de investigación, dirigida por el general Picasso, cuyo informe —el conocido Expediente Picasso— sacó a la luz las causas del fracaso militar: la corrupción, la improvisación y los intereses económicos y políticos ligados a la ocupación, que implicaban a parte del ejército africanista y, de forma indirecta, al propio rey.

Estos hechos terminaron por socavar la credibilidad del sistema y reforzaron la idea de que solo una intervención militar podría “regenerar” España.

En este punto, resulta inevitable recordar que el pronunciamiento militar no era un fenómeno nuevo en la historia española. Durante el siglo XIX, había sido un instrumento político habitual, especialmente en las etapas de transición del liberalismo. Ya Cánovas del Castillo había advertido que el exclusivismo político de los moderados empujó a los progresistas a recurrir a los militares para acceder al poder.

El Sexenio Democrático (1868-1874) terminó, precisamente, con dos pronunciamientos conservadores: el del general Pavía, que puso fin a la Primera República, y el de Martínez Campos, que restauró la monarquía en la persona de Alfonso XII. Tras la Restauración, Cánovas intentó desterrar esa práctica, aunque hubo nuevos intentos de pronunciamientos republicanos, como los protagonizados por Luis Zorrilla.

Hubo que esperar al siglo XX para que, tras décadas de aparente estabilidad, se produjera un nuevo golpe de Estado. Sin embargo, a diferencia de los pronunciamientos del siglo XIX, el de Primo de Rivera en 1923 no trajo una alternancia política, sino la instauración de una dictadura militar, que pondría fin definitivamente al sistema de la Restauración.

El Ascenso de Primo de Rivera: una Dictadura que Nació como Solución Temporal

El general Miguel Primo de Rivera supo aprovechar el profundo deterioro del sistema político de la Restauración, un régimen ya desgastado por el fraude electoral, la corrupción y la incapacidad de los partidos para renovar sus estructuras.

Desde 1917, la inestabilidad política se hizo evidente. Los gobiernos de coalición se sucedían sin lograr mayorías estables, reflejo de un sistema agotado. La política del turno pacífico entre conservadores y liberales había perdido legitimidad, y el bloqueo institucional favoreció la idea de que solo una intervención autoritaria podría restablecer el orden.

En este contexto, el golpe militar de 1923 fue recibido por amplios sectores de la sociedad como una “solución de emergencia”. Muchos creyeron que sería una medida provisional, destinada únicamente a regenerar la vida política. Por ello, no encontró una oposición inmediata: las fuerzas reformistas carecían de la fuerza suficiente para romper con el sistema, y parte de la opinión pública veía en el general un posible salvador.

El nacionalismo catalán, que había ganado fuerza tras el Desastre de 1898 y la pérdida de las colonias, también tuvo un papel relevante en el clima político del momento. La tensión entre las aspiraciones autonomistas y el centralismo del Estado fue otro de los factores que contribuyeron a la inestabilidad del país.

El éxito inicial de la dictadura se debió, en gran parte, a la gestión del problema marroquí, un asunto de gran impacto social. El Desastre de Annual (1921) había provocado una ola de indignación en la población, que cuestionaba la capacidad del ejército y la transparencia del gobierno. La derrota evidenció la falta de preparación, de material y de liderazgo de las tropas españolas, lo que debilitó aún más la confianza en las instituciones del sistema liberal.

La victoria militar posterior en Marruecos, impulsada por Primo de Rivera tras su alianza con Francia, sirvió para reforzar su imagen pública y consolidar su poder. Además, su ascenso coincidió con un cambio de coyuntura internacional: Europa vivía una crisis de los regímenes liberales y el ascenso de los fascismos, que ofrecían modelos autoritarios de orden y modernización.

Así, lo que comenzó como una dictadura “temporal” y regeneradora se transformó pronto en un régimen personalista y autoritario, que pretendía rehacer España desde arriba, bajo la tutela del ejército y la figura del rey Alfonso XIII.

El Golpe de 1923: la Conspiración que Abrió las Puertas a la Dictadura

La preparación del pronunciamiento militar que llevó a Miguel Primo de Rivera al poder no fue un hecho improvisado, sino el resultado de una trama cuidadosamente planificada por un grupo de generales descontentos con la situación del país. Este grupo, conocido como “El Cuadrilátero”, no incluía inicialmente a Primo de Rivera, aunque finalmente fue él quien asumió la dirección del movimiento.

El rey Alfonso XIII, lejos de oponerse al golpe, aprobó la conspiración de manera tácita. Cuando algunos políticos liberales y conservadores acudieron a él para que actuara como garante de la Constitución, el monarca se negó a intervenir, lo que evidenció su simpatía hacia la acción militar.

El objetivo del pronunciamiento era poner fin a los dos principales problemas que, a ojos de los conspiradores, amenazaban la estabilidad del país: la cuestión marroquí, aún sin resolver tras el Desastre de Annual, y el terrorismo anarquista que asolaba Barcelona.

El golpe de Estado, llevado a cabo el 23 de septiembre de 1923, se desarrolló sin apenas resistencia. Solo algunos grupos políticos intentaron oponerse, aunque sin éxito. En cambio, Primo de Rivera contó con el apoyo de la derecha católica y de sectores de la Lliga Regionalista de Cataluña, que veían en él la posibilidad de restaurar el orden y frenar el auge del anarquismo.

Tras tomar el poder, Primo de Rivera emitió un manifiesto en el que presentó su movimiento como un régimen transitorio, una “solución de emergencia” destinada a regenerar España y acabar con los males que habían debilitado el sistema parlamentario. Prometió poner fin al caciquismo, eliminar la “vieja política” y devolver la dignidad a la nación.

El propio dictador se definió como una “mano de hierro” dispuesta a imponer el orden y la moral pública. Sin embargo, pronto entró en conflicto con la Lliga Regionalista, que esperaba una política más represiva contra el anarquismo y un trato más favorable hacia las aspiraciones catalanas.

En definitiva, el golpe de 1923 se presentó como un intento de regeneración nacional, pero acabó marcando el inicio de una dictadura militar que transformaría profundamente la vida política española durante los años siguientes.

La Dictadura de Primo de Rivera: del “Orden Militar” al Desencanto Final (1923-1930)

Tras el golpe de Estado de septiembre de 1923, el rey Alfonso XIII aceptó sin reparos el nuevo régimen y nombró a Miguel Primo de Rivera como presidente del Gobierno. Desde ese momento, el país quedó bajo el control de una dictadura militar, cuyo gobierno inicial —compuesto únicamente por generales— duró hasta 1925. En esta primera etapa, Primo de Rivera asumió el título de “ministro único”, concentrando en su persona todo el poder político.

La dictadura se desarrolló en dos fases principales: el Directorio Militar (1923-1925) y el Directorio Civil (1925-1930).

El Directorio Militar (1923-1925): el orden impuesto por la fuerza

Durante esta primera etapa, el régimen se consolidó bajo una estricta autoridad militar. Primo de Rivera suspendió la Constitución de 1876, disolvió las Cortes y estableció una censura severa sobre la prensa, además de prohibir partidos y sindicatos. España vivía bajo un estado de guerra permanente, con el ejército como instrumento de control social.

Para reforzar la vigilancia interna, el dictador creó el Somatén, un cuerpo de civiles armados que colaboraban con el ejército en el mantenimiento del orden público. Este cuerpo, nacido en Cataluña, se extendió rápidamente por todo el territorio nacional.

En un primer momento, Primo de Rivera contó con el apoyo de la burguesía catalana, que veía en él un freno a la agitación obrera y al nacionalismo radical. Sin embargo, esa alianza se rompió cuando el dictador abolió la Mancomunidad de Cataluña, símbolo de la autonomía regional, sustituyéndola por el Estatuto Provincial, que limitaba la capacidad de las diputaciones para unirse en entidades mayores.

En el terreno internacional, el conflicto de Marruecos marcó un punto de inflexión. Aunque al principio el dictador quiso abandonar la empresa colonial, cambió de postura tras enfrentarse a los sectores africanistas del ejército. En 1924, nombró un alto comisionado y, con el apoyo de Francia, llevó a cabo el Desembarco de Alhucemas (1925), una exitosa operación militar que puso fin a la rebelión rifeña y consolidó el control español en Marruecos, logrando así un importante triunfo político y militar.

Ese mismo año, Primo de Rivera fundó su propio partido: la Unión Patriótica, concebida como un movimiento de apoyo al régimen y no como una fuerza política tradicional.

El Directorio Civil (1925-1930): de la dictadura militar a la “dictablanda”

Tras el éxito en Marruecos, Primo de Rivera decidió dar un nuevo rumbo a su régimen, incorporando civiles al gobierno para darle una apariencia de institucionalidad. Sin embargo, él siguió concentrando el poder y manteniendo la presidencia. Esta etapa, más política que militar, pretendía legitimar la dictadura mediante un modelo de Estado autoritario inspirado en los regímenes fascistas europeos.

El proyecto terminó fracasando. A partir de 1929, el rey Alfonso XIII comenzó a retirarle su apoyo, lo que debilitó al dictador. Sin aliados firmes y con un país cada vez más descontento, Primo de Rivera dimitió en enero de 1930 y partió al exilio, donde murió poco después en París.

Tras su caída, se instauró un breve periodo de transición conocido como la “dictablanda”, bajo los gobiernos de los generales Berenguer y Aznar, que intentaron restaurar la monarquía constitucional y volver a la legalidad del sistema liberal. Sin embargo, el descrédito era ya irreversible.

La Unión Patriótica: el partido único del régimen

La Unión Patriótica fue concebida como un movimiento político de adhesión al régimen, no como un partido en sentido liberal. Defendía la monarquía, la unidad de España, el nacionalcatolicismo y un orden social basado en la jerarquía y la disciplina.

Inspirada parcialmente en el fascismo italiano, adoptó algunas de sus ideas, especialmente el corporativismo, que proponía organizar las relaciones laborales y sociales a través de corporaciones controladas por el Estado. Su composición social incluía principalmente alta burguesía, viejos caciques y monárquicos, y su ideario —aunque poco definido— combinaba tradicionalismo, conservadurismo católico y defensa de la propiedad privada.

La Política Económica: modernización y desequilibrios

En el ámbito económico, la dictadura coincidió con una etapa internacional favorable, los llamados “felices años veinte”, lo que facilitó un periodo de crecimiento y estabilidad. Primo de Rivera impulsó una política intervencionista y desarrollista, destinada a fortalecer la economía nacional y favorecer a la oligarquía industrial y terrateniente.

Fomentó la creación de empresas públicas como CAMPSA y Telefónica, y promovió obras de infraestructura, especialmente a través de las confederaciones hidrográficas creadas en 1926 para mejorar el riego y la producción eléctrica. También estableció el Consejo de Economía Nacional (1924), encargado de coordinar la planificación económica bajo la supervisión del Ministerio de Economía.

Sin embargo, esta expansión tuvo un alto coste financiero: el aumento del gasto público, la falta de una reforma fiscal, la emisión de deuda y el creciente déficit presupuestario minaron la estabilidad económica del país.

Como escaparate de sus logros, el régimen organizó la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, que pretendía proyectar una imagen de modernización y progreso. No obstante, tras esa fachada de prosperidad, los problemas estructurales seguían latentes.

Oposición y fin del régimen

A medida que la dictadura se consolidaba, también crecía la oposición intelectual y política. Figurascomo Miguel de Unamuno, Manuel Azaña o Vicente Blasco Ibáñez denunciaron la deriva autoritaria del régimen. En 1926 fracasó la sublevación de la Sanjuanada, encabezada por oficiales descontentos, pero marcó el inicio de una crisis de legitimidad.

El movimiento republicano comenzó a reorganizarse en torno a la Alianza Republicana, impulsada por Azaña, Marcelino Domingo y otros líderes, culminando con el Pacto de San Sebastián (1930), que unió a las fuerzas opositoras con el objetivo de acabar con la monarquía.

Finalmente, en abril de 1931, tras las elecciones municipales que dieron la victoria a las candidaturas republicanas, Alfonso XIII abandonó España sin abdicar formalmente, y se proclamó la Segunda República el 14 de abril de 1931, poniendo fin definitivo al ciclo de la Restauración y a la dictadura de Primo de Rivera.


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