Hay un torero que hace pocos días dejó plantada en el altar a su novia en el día de su boda. Se trata de Juan Ortega y parece que prefiere casarse con el toro hasta que la muerte los separe
Es famosa la expresión Más cornadas da el hambre, pero la cogida que más miedo da es la del amor. Es un sentimiento que se te clava y se va retorciendo dentro de ti, a veces de manera placentera, y otras en cuyo dolor la vida carece de sentido. Seguramente, el torero se vio enjaulado en ese amor de la misma manera que lo hace el toro en la plaza, un circulo donde marear a la muerte hasta dejarse atrapar por ella. En esta vida todo es amor o muerte. Para la muerte vale cualquiera, pero para el amor la valentía se hace necesaria.
Un enamorado es un enfermo terminal cuya caducidad es variable. A veces se sobrevive a él y, en las demás, hay una necesidad de jugar a la ruleta rusa y oficializar ante el dios religioso o el dios civil ese sentimiento enfermizo. Si precisamente quien coge la pistola es una hija de Putin, una bella rusa que nada en una piscina de vodka donde llevas tiempo nadando ebrio, es fácil no tenerle miedo al ahogamiento. Pero ese mareíto se pasa una vez has entrado a matar las primeras cincuenta veces. Es entonces cuando el torero cambia el estoque por la pistola y siente cómo sus sienes palpitan como el corazón del toro tras sentir la espada en lo más profundo de su ser.
Un servidor, que ni es torero ni se casará nunca, prefiere sentir las emociones desde la tranquilidad de mi espíritu, donde se hacen imperecederas. Nunca ha ido conmigo oficializar mi valentía ante un imponente animal o al hacer extensible al resto un sentimiento que nunca he necesitado explicar a quien no me lo hacía sentir, además de que es imposible. Eso lo hacen los escritores en sus textos, todos muertos por la falta de amor.
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