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Una mujer corre con sus hijos en Kabul.

Opinión, Política

Vender verdades a medias a buen precio

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Con ternura y angustia, miro esos ojos de los niños que, cogidos de las manos de sus madres, lo miran todo tras las alambradas. Son los testigos de un mundo podrido que los maneja. Sus ojos ya lo saben, sus cabezas lo piensan

En estos días de tragedias ensangrentadas y medias verdades, el compro y vendo, a la vuelta de un tiempo vivido, la situación, tras 20 años de imposibles triunfos de los americanos. He recordado cuando John F. Kennedy, siendo  invitado de honor en Berlín, provocó la  famosa «ich bin ein berliner» (yo soy un berlinés), frase que brotó para pasar a la historia en plena guerra fría. La cita fue realizada por el presidente de Estados Unidos el 26 de junio de 1963 en Berlín Occidental en el balcón del edificio del Rathaus (Ayuntamiento) Schöneberg con motivo del decimoquinto aniversario del bloqueo de Berlín impuesto por la Unión Soviética. Situación tensa y emocional la del levantamiento del muro de Berlín (13 de agosto de 1961), provocando la solidaridad de Occidente y el grito unánime de la gran ciudad de Berlín exigiendo no ser una sociedad cercada y prisionera políticamente por la denominada Unión Soviética, que parecía querer la derrota por asedio como en la era antigua, cuando retumbaban otros sones y otros caudales.

Fue todo un acierto, ignoro si espontáneo o estudiado, por parte del potente equipo de propaganda de quienes se creen los dueños del mundo. Lo cierto es que el resultado fue una explosión de todo Occidente. Logró estremecer con el ánimo de la palabra y la cultura del viejo continente. Una cárcel, una isla en el corazón de Europa, pero ni el aire ni el cielo tienen alambradas, cuando los vuelos de los aviones cargados con alimentos parecían palomas mensajeras de la libertad y la democracia.

Luego por qué no crear un nuevo Berlín del siglo XXI, deteniendo esa fiebre fanática amparada en las religiones. Vivimos y padecemos una sesión continua de campañas electorales incansable hasta que nos provoca el vómito, también el desencanto, en las que dominan las muestras más burdas y demagógicas sin el más mínimo sentido del ridículo. La ética y estética en los poderes establecidos son meros gestos disfrazados de democracia y pregones cargados de promesas podridas. Debemos asumir el compromiso por aquello que, al menos, ofrece un rayo de luz verdadero frente a la oscuridad política y religiosa que intenta, por todos los medios, convertirnos en súbditos de una falsa desigualdad administrada por la mentira frente una posible opción de verdad.

Somos espectadores protagonistas de momentos muy tensos para pensar en crear un nuevo Berlín sitiado por los talibanes como resulta ser la gran ciudad de Kabul, que es una de las 34 provincias de Afganistán. Se encuentra en el oriente del país y la capital de la provincia es Kabul, que es también la capital de Afganistán. Algunas ciudades importantes: Baġrāmī, Mir Baččekut, Paġmān, Qarabāġ y Sarawbi. A principios del siglo XIII se la consideraba una de las ciudades más cultas y hermosas del mundo; desde entonces, sufrió destrucciones por diversas guerras. Hoy es un laberinto maligno, fanático y destructivo.

Faltan, tal vez, unos líderes como aquellos que vivieron y protagonizaron momentos de gran peligro: puede ser que, dentro del más insólito juego de intereses de la política, faltan políticos de la talla de Brand, Kennedy y Felipe González, que verdaderamente poseían una capacidad de altura política de hombres de Estado. Unos protagonistas que ya son historia si se comparan con los presentes. Ellos sabían perfectamente que siempre tendían a su lazo el clamor y apoyo humano que demostraron, por encima de los juegos sucios de la mediocridad que actualmente ya se viene demostrando en esa mirada de los niños con los ojos del miedo y en la muerte apretando las manos de sus madres entre los silbidos de las armas de los terroristas ante la defensa de un pueblo culto decidido a crear un nuevo Berlín internacional abierto a todas horas a la democracia.

Vi crecer lo que sería el Muro de Berlín. Viví el día a día hasta que llegó Kennedy. La gran novela de Le Carré El espía que bajó del frío. Las metralletas disparando a los que huían. Pero triunfó el humanismo solidario, retrocedió la helada dictadura de los rusos.

A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

No sé qué tiene la aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo,
no puedo venir más lejos.

Lope de Vega


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