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La portada del disco 'Aidalai', de Mecano.

Cultura

Tres décadas del ‘Aidalai’: Mecano se coló en la fiesta de nuestras vidas

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El último disco de estudio de Mecano cumple 30 años de su publicación, ya que fue alumbrado en junio de 1991. La sociedad ha cambiado, se ha tecnificado y ha evolucionado en algunos aspectos (en otros, como el epígrafe de los valores morales, hemos ido hacia atrás). Han surgido nuevos grupos y nuevos estilos, pero la música sigue echando de menos a este trío, que dejó un catálogo de canciones inolvidable ahora que también se cumplen, curiosamente, 40 años desde que se juntaron Ana, José y Nacho para no poderse levantar, colarse en una fiesta y perderse en su habitación

Era verano. Toda la pandilla fuimos a la Plaza de Toros de la Merced (Huelva) con una ilusión inusitada. Para algunos era nuestro primer concierto. Con 13 años, estaba haciendo cola no para vacunarme sino para ver a uno de los mejores grupos de la historia del pop español: Mecano.

Los hermanos Cano y Ana Torroja estaban de gira con su Aidalai, la gran reválida de Descanso dominical (1988), que fue el disco que les terminó de consagrar internacionalmente. En ese momento, ninguno de los que estábamos pasando calor allí, apretujados en la antigua normalidad, podía imaginar que sería la última gira. O quizá sí, porque la magia que se vivió aquella noche estival no la he vuelto a vivir nunca. Las niñas chillaban e incluso se mareaban con la melena al viento de Nacho Cano tocando los teclados compulsivamente mientras su hermano José María acariciaba la guitarra con su sonrisa de medio lao.

Mecano nos ha dejado canciones sencillas como Ay, qué pesado, baladas recalcitrantes como Quédate en Madrid y grandes historias de las que deberían haberse hecho películas, como Cruz de navajas, Naturaleza muerta o Hijo de la Luna.

El disco Aidalai es un abanico de estilos, un caleidoscopio de temas que pasan del flamenco (Una rosa es una rosa) a los ritmos latinos (Bailando salsa) pasando por la bossa nova (Sentía), las baladas eternas del grupo (El 7 de septiembre) y hasta una canción de iglesia (JC). También es un testamento de un grupo tecno de la movida madrileña cuyas letras barrocas no podían constreñirse a ningún género musical de manera exclusiva. La experimentación siempre fue santo y seña de los hermanos, igual que ese halo de misterio que los envolvía. ¿Se llevan mal? ¿Se han enrollado los dos con Ana? ¿Es Nacho el díscolo y José María el buena gente?

La expresión morir de éxito se podría aplicar a este trío. Se podrían escribir 50 palabras, 60 palabras ó 100 para glosar este pedazo de historia de los años 80 y 90. No se quedaron en Madrid, sino que se fueron a Nueva York para ver si había marcha, pero volvieron a la Puerta del Sol, cogieron aire y siguieron siendo aquellas tres polillas que, de tanto dar contra el cristal, se han colado en la bombilla. Del reloj a los símbolos pasando por las flores, el sol, el azul y negro y los pájaros.

Nacho, con sus excentricidades y su montaña de teclados, cogió un barco a Venus y sigue disfrutando del camino astral. José María, con su barba de ermitaño, dejó la banda para cuidar de su hijo con síndrome de Asperger. Fue valiente, probó cosas que para otros son meras quimeras -aquella ópera con Plácido Domingo, un sonoro fracaso- y gana dinero como pintor cobrando grandes cifras por sus cuadros. Ana, voz cálida y rostro lánguido, sobrevivió a un accidente de coche y trata de resistir en el cada vez más difícil y desmemoriado mundo de la música. En un abrir y cerrar de ojos, sombra aquí y sombra allá, los discos ya no se venden y el negocio está en los conciertos. Torroja tiene trabajos en solitario, pero ella nunca fue letrista y, aunque pasen 100 años, esas cuerdas vocales suyas siempre estarán ligadas a la pluma melancólica de José María y a la barroca y urbana de Nacho. Niños bien que decidieron dejar su impronta en la memoria colectiva cultural de España. Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados (JASP) para el éxito.

Y, generación tras generación, seguirán pasando las mismas cosas de las que nadie habla, solo ellos. Los adolescentes seguirán perdidos en sus habitaciones, aunque ya no miran libros y revistas sino consolas y tabletas. Los juerguistas seguirán sin poderse levantar, porque el fin de semana les dejó fatal. Y siempre estará el pícaro que se planta y se cuela en una fiesta a la que no fue invitado, véase boda, bautizo, comunión, despedida de soltero o cumpleaños con reservado.

Mecano convirtió en especial lo cotidiano, pero, al evolucionar, también relataron historias profundas sobre la familia de clase media-baja de los años 80 con toques noir (Cruz de navajas); el romanticismo del mar arrebatado que cercena almas enamoradas (Naturaleza muerta); o la gitana que realiza un conjuro para no quedarse para vestir santos (Hijo de la Luna). Los pantalones de cuero de José María y la pose altiva de Nacho traspasaron fronteras y, en Italia y Francia, se rindieron a sus pies. En Latinoamérica, ídem.

También tocaban temas de calado social con un sello de identidad propio entre la ironía y el desgarro, como el SIDA (El fallo positivo), el lesbianismo (Mujer contra mujer), la depresión y las drogas (Barco a Venus) o la explotación laboral y el racismo (El blues del esclavo). Son dardos punzantes revestidos de la seda vocal de Ana Torroja Fungairiño (sí, es sobrina del exfiscal jefe de la Audiencia Nacional Eduardo Fungairiño).

Pero, al final del camino, se cumplió el vaticinio: el 1, el 2, el 3 y para de cantar. Nada fue como antes. Nacho también lo intentó en solitario (vivimos siempre juntos y moriremos juntos), pero de aquella gloria con mayúsculas solo queda el eco en las redes sociales, las hemerotecas y, por supuesto, las canciones, poemas modernos que se recitarán por siempre. Se puede revivir en Youtube, pero no es lo mismo. Nunca lo será. Y quizá vuelvan al local, a cantar para ellos, lo de Hoy no me puedo levantar. Y dejarán que esa chorrada les empañe la mirada con lágrimas de agua pasada, despintando la fachada. Pero la fuerza del destino ha querido que el legado de Mecano sea eterno.

Fueron tantas vivencias al son de vuestras canciones (amor, desamor, melancolía, nostalgia, alegría, pura diversión…) que no terminamos de asumir que hayáis sido tan coherentes de no volver nunca al sitio donde fuisteis felices. Puede que los recuerdos sean mentira y que inunden la razón, pero rememorar aquel concierto vuestro me provoca una sonrisa y un soplo de felicidad revivida que genera bienestar. Aquella ilusión de un niño de 13 años que empezaba a amar la música en aquel verano tórrido de 1991. En un abrir y cerrar de ojos, han pasado 30 años y la gente sigue reuniéndose alrededor del reloj de antaño, haciendo el balance de lo bueno y malo cinco minutos antes de la cuenta atrás. Nos cuesta tanto olvidaros…


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Un comentario

  1. Increíble descripción de un grupo a modo de las letras de sus canciones

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