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Isabel Díaz Ayuso. / EP

Opinión, Política

Soy el ex de Ayuso

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Soy el ex de Ayuso. Desde que Isabel dijo su famosa frase, he entrado en barrena. Yo que intentaba volver a acercarme a ella por si era posible volver a retomar nuestra relación. Pero ahora que todo el mundo sabe que aquí es imposible volver a encontrarte con tu ex, no sé qué es lo que debería hacer. Hacerle caso y no intentar aproximarme a ella para no llevarle la contraria y que la gente vea que tiene razón y que sería una muestra de no querer hacer nada que la haga sentir mal. O romper con todo y buscarla para poder hablar con ella

Como su ex que soy, sé perfectamente donde vive y qué otros lugares suele frecuentar, pero no quiero pecar de acosador ni provocarle una crisis política. Si  algún periodista nos ve juntos y nos hace fotografías, no podríamos disimular la evidencia de nuestra cercanía física. Ojalá nuestra cercanía fuera de todo tipo, intelectual, amorosa, una en la que fuera difícil saber qué centímetro de piel es de cada uno. Y como la quiero no sé qué hacer. Obligarle a escucharme y a que recapacite su decisión o dejarla que sea feliz, pero, evidentemente, menos que conmigo, y pueda disfrutar de su lugar de privilegio en la política madrileña.

Yo sé que, cada vez que hace declaraciones, las está haciendo en clave, y son mensajes que me está dejando a mí. No sé cómo se habrá enterado de que quiero volver con ella. Que todos nos equivocamos, hasta los que votan. Una compañera de su partido dijo de ella hace poco que Isabel era lo malo conocido en la política, y puede que también lo seas para mí. Pero el amor tiene razones que la ciencia no entiende, ni falta que hace.

Ojos de niña pija y rebelde

Me gustaba perderme contigo en la Gran Vía un viernes de madrugada y jugar a adivinar cuánto tardaba en venir un taxi que nos llevara a nuestra casa. Siempre ganabas tú, porque mirabas a todos los lados menos a la carretera. Tus ojos se fijaban en lo adyacente, en las prostitutas de Montera, que tú creías que eran actrices puestas para dar un poco de erotismo sórdido a la calle más conocida de Madrid y dotarla de un misterio que, en tus ojos de niña pija y rebelde, hacía que los míos se llenasen de un amor sin sentido, como todos, como los que la votan sin saber ni la centésima parte de lo que yo sé de ella.

Yo sé que ella estaría más tranquila conmigo que llevando esa vida de iluminada por los dioses para dirigir los designios de los madrileños. A mí me gustaba de ti ver lo perdida que estabas, como me lo has demostrado después, pero me enternecías como solo lo hacen las personas utópicas y que se creen sus propias mentiras. Me gustabas porque soñabas todo el rato y yo me creía parte de ese sueño eterno. Pero a mí me despertaste, para que tú pudieras seguir durmiendo. No me querías en tu cama y yo necesito del perfume que dejabas en las sábanas. No parabas de moverte en toda la noche, tus ojos se clavaban en el techo y soñaban con un cielo de siete estrellas sobre un fondo infernal.

A mí me daba igual todo, porque eras el Quijote hecho mujer, pero en vez de verme como un gigante, ante tus ojos cada vez era más pequeño. Seguramente no intentaré acercarme a ti, porque es lo que quieres y lo que le has dicho a los madrileños, pero el amor no entiende de política, pero al igual que esta, no puedo prometerte que no cambiaré de opinión. No me verás, pero estaré cerca deseándote lo mejor. Puede que te deje algunas pistas en sitios por los que pases. Seré paciente. Cuando pierdas unas elecciones, te estaré esperando y tendremos el resto de ciudades del mundo para estar juntos y seguir siendo incoherentes. El amor y la política son así, y solo en ese momento, nos dejaremos llevar por la felicidad.


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