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La carta amenazante que recibió el candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias. / C. N. P.

Opinión, Política

No silban las balas dentro de los sobres urgentes

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El último fue el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. El centro automatizado de Correos Vallecas intervino un sobre con dos cartuchos (38 milímetros) y una nota dirigida a Zapatero. Anteriormente fueron Isabel Díaz Ayuso y la Dirección General de la Guardia Civil. Cartas parecidas recibieron Grande-Marlaska, Pablo Iglesias y, sí, la directora general de nuestra Benemérita, María Gámez

Correos es un campo de tiro donde la democracia corre como un conejo a esconderse. Interior refuerza la seguridad con todos los amenazados y no distingue faroles de intentos fallidos. Todo es igual de serio, urgente e importante. La asociación Facua-Consumidores en Acción, asimismo, denuncia frente a la Fiscalía General del Estado camisetas con la imagen de Pablo Iglesias junto a mensajes amenazantes: Temporada de tiro al marqués, El comunista bueno es el comunista muerto/preso, Se busca vivo o muerto. La epidemia negra del odio sabe a metal seco en la boca.

Las balas se hacen democráticas para luto de todos: llegan lo mismo a indios que a vaqueros. El alcoholímetro se dispara y soborna a todos los gatillos. Nuestra vulnerabilidad vuelve a ser otra falibilidad. Los psiquiatras dicen que, al sabernos mortales, nos volveremos más reales (más “de verdá”). Memento mori: “recuerda que morirás”. Toda literatura o arte intenso es aquel cuyo motivo es la propia fugacidad de la vida. Llegan las balas a la campaña electoral, que no es sino la llegada de los locos, de los desesperados, de quienes igual no tienen nada que perder. Silban las balas buenas pero las malas nunca dicen nada. Lo contó Pérez-Reverte en Territorio comanche: “Inclinó un poco la cabeza al oírlas pasar, por instinto. La bala que te mata es la que no oyes pasar, recordó. La bala que te mata es la que se queda contigo sin decir aquí estoy”. Quien oye silbar la bala cerca, sí, debe alegrarse por partida doble, conserva el oído tanto como la vida, una primicia. Quien no la oye, ni la escucha, es porque la lleva dentro y ya da malvas.

La política de la crispación acaba en balas

La política de la crispación acaba en balas, era esperable. El espíritu de la Transición fue el de la mano tendida, donde convergían todas las ideologías y un poco, en plan brocha gorda, tenía incluso sentido el consejo de Churchill: “A veces conviene cambiar de partido para defender las mismas ideas”. Fraga y Carrillo, las antípodas vivas de la democracia española, decidieron ponerse de acuerdo, respetarse, solo para tirar del carro democrático cuesta arriba y sin pasar la cuenta. Ahora es lo contrario, en plena crispación todos tiran del cesto hacia atrás, a ver si rompe ya. Las balas silenciosas son un mensaje: una alerta de la inmundicia y el fango donde chapoteamos a diario. Si las balas silban cerca de nosotros es porque nos están advirtiendo de la cercanía de un peligro, sí, pero las balas mudas son peores. Uno, ante la cercanía del peligro, abre los ojos, aguza el oído, busca otro tacto, degusta el momento de otro modo, camina y mira atrás, vive al acecho, animal acorralado.

Las balas mudas hablan desde el silencio, ese silencio lleno de ruido que nos cuenta cómo el fascismo jamás desaparece, tan solo se oculta para después volver a cabalgar con el mayor orgullo presente. Matar al enemigo es la muerte misma de la política, un arte donde lo que cuenta, lo que está en juego, es que alguien que no piensa como nosotros, haga lo que nosotros queramos, solo por vía del convencimiento. Ahí comienza el talento, la persuasión, la retórica lujosa, la seducción plena, las mejores palabras en el mejor orden, la promesa de otros hechos, el abanico abierto de los grandes sueños. Querer borrar al otro del mapa es lo mediocre, lo paleto, aquel que no entiende la importancia de los enemigos en la lucha. Cela dedicó el Pascual Duarte a sus enemigos, siempre a los enemigos, por lo mucho que le habían dado. El enemigo adecuado te obliga a subir y no bajar.

No es la política oficio de asesinos, no es el voto otro disparo, aunque muchos se empeñen siempre en ejercitarlo como castigo. Las balas mudas son una vergüenza nacional. Trajeron al debate algo que no estaba en él: la Democracia, en mayúsculas, como propiedad material e inmaterial de todos. Son balas de fusilamientos, sí. Las peores posibles. ¿Todas son mentira: las de Zapatero, Ayuso, Marlaska, Iglesias…? Con que haya una sola cierta, el vertedero es completo. Las redes sociales calientan la pota. Hay quien dice (oculto, por supuesto) que los muertos por coronavirus también lo fueron por bala y quieren venganza. La locura es un trance peligrosísimo en tiempos de confusión. Había quien lo colgaba de los balcones en tiempos de confinamiento: “Los socialistas me tienen encerrado”. ¿Qué dices, campeón? ¿La derecha, amigo, hubiera abierto las discotecas? ¿Otras siglas te hubieran soltado?

Silban las balas calladas, silban las balas mudas, porque al abrir el sobre para todos, hay un viento, el peor huracán, donde todos salimos perdedores. Lo dice la urbanidad mínima: “Odia el delito y compadece al delincuente”. Esta política (a tiros) es el infierno que a todos (la gente de bien) nos quema. ¿Habrá ganancia en el río revuelto? Ninguna. Son balas contra todos y merecen tanto el desprecio como la persecución policial. También hubo navajas (manchadas en sangre, sí) cuyas esquizofrenias ya no son anónimas. El nivel de pura reyerta nos degrada a todos sin remisión posible. Este vertedero pide tanto limpieza como recogimiento interior. Ese silencio donde el silbido del yo ocupa el de la bala.      


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