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El escritor Montero Glez. / GONZALO HÖHR

Cultura, Opinión

Montero Glez: Teoría MacGuffin del texto literario

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Anda el autor con su puesta de largo de sus títulos más celebrados en edición nueva y lujosa (‘Sed de champán’, ‘Carne de sirena’) pero, encendido y deslumbrado como me tiene, voy en busca de sus viejos libros

Me lo dijo un día Fanny Rubio: «Literatura es todo aquello que, al entrar en una librería, tienes que caminar ocho pasos». Un hombre parado en una escalera… ¿sube o baja? Hay quien frente al éxito de un libro va en su busca, y otra clase de zorros del desierto que piden lo contrario, sus primeros textos. La cosa es hacer con los dedos el puzle. Seguir lúcido y alucinado.

El almanaque incendiario (El Gallo de Oro, 2015) es un diario extraño sobre literatura y supervivencia. Montero Glez escribe desde el calambre, desde la descarga eléctrica, y su propia vida va al sesgo y sin perder compás, desde el matute de tabaco y otros venenos hasta supervivencias miles donde el techo fue a veces de garaje, carbonera o las simples estrellas. Desarrolla en dicho diario, fechado el apunte el 22 de julio del 2008, página 260, lo que denomina Teoría MacGuffin. Las saca de las conversaciones entre dos monstruos perfectos: François Truffaut y Alfred Hitchcock. Truffaut pica y pica al toro, y Hitchcock, mucho párpado caído y un cuervo al final del puro, siempre dice que el cine es el MacGuffin: «El MacGuffín es el pretexto, chaval«.

Sintetiza Montero Glez, con un porro recién estrenado y los ojos abiertos de vieja del lugar, de vieja que llora y ríe en el bar del silencio: «El MacGuffin es el engaño, el truco o la complicidad con la que tratamos a nuestro receptor para aprovecharnos de su falta de atención. En eso se basa la novela de género negro, en engañar al ojo lector. Y, para ello, hace falta el MacGuffin. Sin MacGuffin no hay ojo lector«. Puro oficio de trileros. ¿Dónde está bolita? ¿Dónde está la bolita? ¿Lo sabe usté? ¿Y usté lo sabe? ¿Dónde está?

Pero resulta que la perfecta definición de MacGuffin la ofrece Moncho Alpuente en la feria del libro de ese año. El cuentecito dice así: «Un hombre en bicicleta va a pasar por la frontera. Lleva una mochila a la espalda. Los guardias le hacen abrirla y al final sólo encuentran arena. Al día siguiente vuelve a aparecer el hombre en bicicleta, carga otra bolsa a las espaldas, más pesada que la del día anterior. Cuando los guardias le revisan sólo encuentran arena en la mochila. Al otro día sucede lo mismo, y así va el asunto durante quince días. Un fulano en bicicleta que pasa arena por la frontera. Pero llega el día en que uno de los guardias, escamado con tanto ir y venir, va y le detiene. No sabe por qué, pero le da en la nariz que aquel ciclista hace contrabando. Y que, con las arenas, lleva algo importante, algo químico que se desintegra, tal vez un secreto de Estado. Al final el ciclista canta, nada más lejos que un secreto de Estado, pues el ciclista se dedicaba a pasar por la frontera bicicletas. Las mochilas con arena eran solo el pretexto, el MacGuffin».

Homero, ciego y bujarrón

Sigue Montero dándole y dándole a la bola de cristal que ilumina con la verruga de la punta de la nariz y las uñas largas de bruja: «Desde los tiempos de Homero, ciego y bujarrón, aquí lo único que vale es contar una historia. La acción es columna vertebral del drama. Y, para que exista acción, ha de existir conflicto entre personajes. Y, en el principio de todas las historias, siempre hubo una mujer. Una mujer que son muchas mujeres y que enredan a nuestro protagonista hasta perderlo en un Monte de Venus plagado de ladillas. Flores y balas para el primer fogueo. Desde Homero, pocos han revolucionado algo en este oficio de putas, pues la verdadera revolución es encontrar el MacGuffin apropiado que desfonde el ojete de Homero. No sé si me explico, pero cuentan que el bujarrón de Homero la tenía tan larga que se sodomizaba a sí mismo». Para Montero, el MG es la mujer.

Nabokov a su modo, con aquello de que el arte de la novela consiste en «encadenar detalles», también podría haber firmado la teoría MG de Alpuente y Montero Glez, de Hitchcock y Truffaut

Me parece brillante, aguda y joven, muy nueva, la teoría MG. Los planes educativos fallan porque no enseñamos a los jóvenes a leer ni a mirar. Nabokov a su modo, con aquello de que el arte de la novela consiste en «encadenar detalles», también podría haber firmado la teoría MG de Alpuente y Montero Glez, de Hitchcock y Truffaut. Hoy, con los déficits cognitivos por los suelos, pura mente saltamontes de estímulo en estímulo y sin parada en ninguna flor, se hace imprescindible comenzar a leer de otro modo, a escribir de otro, a vivir de otro modo. La mirada larga en arte es la que vale.

Montero Glez, a su bola y a su bolo, representa una carrera única en las letras españolas. Escrito lo dejé hace días pero me repito, porque hoy he desayunado fabada con media de Valdepeñas: su MacGuffin funciona a la perfección, sus policíacas sin muertos alteran los nervios, su realismo áspero otorga clase social al lumpen-proletariado, sus viajes por la supervivencia huelen a los polvos y lodos del camino, al modo cervantino. ¿No sería altamente entretenido, especialmente subversivo, empezar a enseñar la Teoría MacGuffin en los colegios y las barras más duras de los bares?

Hay una frontalidad, un muro insoslayable, que es ver la literatura como un puto rollo. La teoría MG reivindica el juego: es dinámica, maleable y tiene tanto sabor como color y olor. Muchos lectores agradecerían estos momentos de risa rápida. Lo contrario es seguir en el bostezo, la atención perdida y la memoria empeñada. Un desastre.


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