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El poeta y activista social Marcos Ana.

Cultura, Opinión, Política

Marcos Ana todavía lee las pisadas de sus verdugos por el pasillo

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Eras un pajarito, y el valor fue ser Marcos Ana para siempre y no Fernando Macarro Castillo, el niño que entró a la ducha fría de barrotes con 19 años y salió con 42 años, todavía más niño, el nervio óptico destruido por la costumbre de los espacios rectos y verticales, quien llegó a marearse hasta el vómito por las curvas de las mujeres y los automóviles (“¡Cuidado, Marcos, porque ambos pueden atropellarte!”, te gritaban los amigos)

Un total de 96 años de vida y 23 de trena helada seguida. Sólo poesía en el pecho, unir una letra con la siguiente, dos condenas de muerte por hacer periódicos encarcelado, cuando tú no sabías dibujar y te empeñabas en demostrarlo, manuscritos de pobres, locos y poetas, con mucha letra gorda y separada, o aquella otra pequeña y hormiga. Eras un pajarito al que la Guerra Incivil, a fuego vivo, a cal y canto, cortó las alas. Jamás te abandonó el espíritu de resistencia indomable del 39: si el coronel Casado no hubiera pacto con Franco hubiérais ganado por ser más y aguerridos. En Alicante, sí, esperábais la promesa de barcos ingleses y franceses, hasta que os frieron a tiros.

La universidad carcelaria te enseñó las mejores palabras en el mejor orden, a leer las pisadas de los verdugos, cuando venían a traer un paquete o a llevarse a un compañero. Una mano, por el pasillo, te tiró un papelajo, el rostro de Lenin arrancado de un libro, y por ahí comenzó la mejor locura, la mística revolucionaria: “Yo seré más fuerte que mis torturadores”. Cada día, en prisión, paseaban a 20, a 30, una vez contaste 105. Las hostias, consagradas y sin consagrar, llovían a granel, tú mirabas al papelajo sin mover un músculo: “¡Mira cómo me han puesto, camarada, pero yo defenderé el partido!”. Virgen y mártir hasta los 42, desorientado al soltarte en la calle, casi un guiñapo, mareos e inhibiciones mentales, las peores de todas. La voz lenta de Pablo Neruda por dentro te lo dijo en Auschwitz abrazándote como a un niño: “¡Es increíble, Marcos, que todavía te quedan lágrimas!”. El Che Guevara en Cuba mandó retirar tu homenaje ni manteles de papel ni aquellas pobres viandas de panchitos: “Los comunistas tenemos que ser sencillos y justos. Tu homenaje debe ser político y no esta fiesta”.     

La gaveta

La gaveta, Marcos, la gaveta. Ahí flotaban los tropezones de tocino, unas patatas, mucho caldo. Convocabas a la suerte para que te cayera alguno. El hambre apretaba como otra soga. Justo cuando te caen, te dice el cocinero que hay huelga de hambre en el patio, y tú vuelcas el cuenco porque todos eráis una misma familia. Llegó el Capitalismo, en mayúsculas, y se hizo feroz, y toda desigualdad e injusticia viene de ahí, hasta el actual Thomas Piketty lo cifra como una máquina de triturar carne, en unos tochos con los que me limpio el culo cuando no tengo papel a mano. Pero el Comunismo, camarada, fue otro genocidio, porque fallan siempre los instrumentos (seres humanos) y no las ideas (argumentario). Se inventó aquello de socialismo de rostro humano para nada, porque la idea era cojonuda, no separar un rostro de cualquier éxito o felonía. El rencor es inoperante, sí, Ana, solo vive feliz quien anda conforme a sí mismo y los suyos, tú lo pintaste con el dedo en la pared desnuda de prisión: “Vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo”.

“¡Yo soy Espartaco! ¡Yo también soy Espartaco! ¡Y yo también!”, aquel cine de centuriones te ponía a mil por hora. Tu casa nunca tendría llaves, para que entraran juntos el sol y el aire, la lluvia y las sonrisas. Vela por ti Alberti, María Teresa León, Olof Palmer, Charles Chaplin… todos tan enamorados de tus letras. El espanto queda en los ojos como la falta del trozo de tocino en la escudilla. Le quitaste al norte de Europa la idea de una España encalada con bungavillas y olivares, con sabor a pacharán en vasos fríos de cerveza y tapas cojonudas. Aquí se pasaba hambre y el obrero sudaba en gordo. España no era Cindy Crawford con aspecto latino sosteniendo un abanico rojo a la española bajo el logo más encarnado de Vogue España. Otra verdad empezaba por el embriagador fuego de leña sazonado con el guiso. Detestaste la España a gritos, mucha cara de salido por las barras, mucha manera disoluta con fuerte tufo a petardo por los aires tabernarios, mientras a golpes todo el mundo quiere apartar al otro para zampar las tapas.

Marcos pajarito, Ana eterno, camarada herido, tu hilo de voz llegó para quedarse

Otra España, honrada y en voz baja, era tu meta. Sin garitos revestidos de nicotina con los camareros mirando al techo presa de la desesperación y más tíos con caras de salidos chorreando en las orejas de las madrileñas deslumbrantes, el cigarro pegado al labio belfo: “¿Tienes fire? ¿Tienes fire?”. Labraste el huerto de tu cultura sin prisa, ajeno a las dos Españas: la de esto es una mierda/esto está de puta madre; la del mojón/esto es lo mejón de lo mejón. Veías a las fieras de las finanzas saludarse entre mamporros por televisión, y no te sentías en casa. Marcos pajarito, Ana eterno, camarada herido, tu hilo de voz llegó para quedarse. Estos libros tuyos (Decidme cómo es un árbol, Vale la pena luchar y Poemas de la prisión y la vida) nos iluminan hasta el delirio rojo.  


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