luciernagas

Un campo de luciérnagas. / PIXABAY

Opinión

Las luciérnagas

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La belleza es una cosa otoñal, las hojas se vuelven amarillas y el sol tímido. Los días comienzan a ser noches interrumpidas por una claridad leve, como un suspiro elegante, un soplo de aire fresco del que cuelgan las ramas desnudas

En el quebrar de la naturaleza es donde el ser humano comienza a sentirse a gusto. En nuestra naturaleza está que desaparezca la otra, la que no se mueve y solo se transforma, una energía que en nuestras manos explota. Amputar la naturaleza y nuestras manos para no poder tocar la caricia que es la vida cuando no se es consciente de su existencia. En otoño, los seres humanos salimos de nuestros agujeros para escondernos en otros que nos hagan más visibles.

El verano tiene la función de extinguirnos, y a fe que lo consigue con nuestra dignidad y sentido común. A los mejores de nuestra especie consigue congelarles el corazón y, los que le sobrevivimos, seguimos latiendo en una tristeza que sabemos que llegará con la puntualidad de un reloj suizo, dentro de un año. Estos nueve meses que ahora llegan son el embarazo deseado, el acto sexual donde el sudor es el fin y no el principio de nada. El verano es el niño que no te deja dormir por las noches, que llora porque se le meten en los ojos esos cielos anaranjados y arenosos. Una playa de estrellas desde donde nos miran los mochufas que no han leído el magnífico libro de Santiago Lorenzo Los asquerosos. No hay sueño de una noche de verano como el que te deja inconsciente. La luz sólo trae molestias cuando quiere entrar en tus ojos y no deja que la oscuridad propia de los humanos sea la que guíe nuestro camino.

La luz artificial se enciende más pronto

El otoño llega para ayudarnos en nuestro cometido, para intentar ser felices sin ser vistos, para que su brillo nos ciegue en sus largas noches. La luz artificial se enciende más pronto para que haga juego con la que llevamos incorporada como especie. Y esto no es nada que hable mal de nosotros, sino todo lo contrario. Ser artificioso como los fuegos que se lanzan después de las Campanadas en casi todas las ciudades, tener todos los colores en la paleta de nuestros ojos pintores y no en un arcoíris que siempre es el horizonte más lejano, el que deja la lluvia o nuestras lágrimas. Ser artificioso de manera literal, buscar el arte en cada cosa y hacerlo de manera ociosa. Ser creativos mientras nuestra mente descansa, que fluya en todas sus formas posibles, una desconexión enchufada a una electricidad que se apaga en una mirada ojiplática.

La plata es lo que se esconde tras los ojos, cuando todo cuesta que nos desprendamos de ellos. Embriagarse de lo que se ve en esta oscuridad que cada vez comienza antes. Encontrarse con la noche, cuando la cena es algo que encenderá el estómago en el futuro cercano que siempre trae el hambre. El calor sólo lo da un microondas que recalienta la realidad de las sobras de un día que sólo dejó una luz deseosa de apagarse. Mirar como ese plato da vueltas como un ovni encarcelado. Calentar un DNI sin foto y sin datos personales. Llenar el estómago a la velocidad de la luz.

Vomitar ese calor que dan los bares en este tiempo, cuando quien te lo provoca se viste con la naturalidad de quien sabe colocarse en una barra

Finaliza septiembre y octubre se estructura como cada año en sus pilares de siempre, donde el capitel y la capital se sitúan en mi Zaragoza natal. Desde el Madrid donde he vivido desde ese momento, se divisan sus fiestas donde los cachirulos ahogan, con la dulzura de un adoquín, los cuellos de las mañas y maños con la destreza necesaria para no destrozarlos. Mi amiga Beatriz derriba los muros de su apellido para que la ciudad siga siendo la tierra prometida de los que allí volvemos de vez en cuando. Pero, para eso, aún quedan unas semanas en esta estación donde los días saltan felices en la ceguera etílica de un vaso donde los hielos guardan el calor de los ojos que se miran buscando la oscuridad de una calle donde desnudarlos. Vomitar ese calor que dan los bares en este tiempo, cuando quien te lo provoca se viste con la naturalidad de quien sabe colocarse en una barra, mientras la otra la lleva puesta en sus labios sedientos, sedosos, sedantes.

Uno se queda dormido donde la paz y la guerra le llevan. El amor y la muerte provocan estas cosas. Son diferentes maneras de soñar, la primera es temporal y la segunda, definitiva. Y es de las pocas cosas que están bien hechas en este mundo. Pero, por si lo habían olvidado, todo esto va de que por fin hemos dejado el verano atrás y el otoño se va a quedar con nosotros el tiempo que tiene estipulado con nosotros. Él no se moverá de sus parámetros. Seremos nosotros los que cambiaremos, los que nos convertiremos en luciérnagas. Insectos capacitados para emitir luz. La capacidad humana para adaptarse al medio hace que eso que se dice que, si hubiera un apocalipsis o una bomba nuclear, solo sobrevivirían los insectos, hace que sepamos que pertenecemos a ellos.

Como digo, nosotros ahora nos transformamos en luciérnagas, pero sin luz. Ciénagas, terrenos pantanosos. Una gran masa de distintas aguas, algunas destiladas, donde nos mareamos por dentro para solidificar un exterior en cuya fachada sobria no se puede esconder el letrero luminoso que anuncian un spray matainsectos. La extinción sigue en marcha. Lo estamos haciendo muy bien para que así ocurra. Mientras tanto, seguiremos actuando como si no pasara nada. El otoño es perfecto para ilusionarse. 


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