vivir 01

Una alegoría del ser humano y la importancia de ser vital.

Opinión

Las cabañas en el pozo

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Viviremos siempre en El Talmud, la Biblia, el Corán, cercados por esos inmensos seres que sólo habitan en un pequeño jardín de la calle Laprida. Nos hemos acostumbrado quizá a conseguir el mundo únicamente gracias a un montón de hojas impresas que provienen de Pablo de Tarso

Se ha aniquilado el sexo de los hombres por culpa del libre albedrío, esa noción del tiempo en que des/aparecen la libertad de las pizarras, las matemáticas, la mutación genética. No estamos aún en el siglo XXI, sino en aquellos acantilados que dictaron Baal, Yahvé, Ra y Wotan, más el desprecio hacia las mujeres, los teléfonos amputados, la libertad en su población aniquilada por Jeremías.

¡Alerta! Yo pido que abramos bien los ojos. Nos viene un cielo decorado de dulces vírgenes sin sangre -la sangre no existe, en las venas sólo caben demonios y deconstrucción-. Tal vez debamos cuidar estas oleadas de angustias provocadas por la obsesión neurótica del primer hombre, cometido el pecado entre fábulas y ficciones justo en el centro de las piernas de los cereales. ¿Para cuándo? ¿Para cuándo la ruptura del magicismo? ¿En qué momento? ¿En qué momento llegará la primavera a las ciudades? Somos sólo invierno, oscuro, dormido como un vino, labrado de tierras sin espejos, leído desde las escuelas con niños que aprenden Occidente sin la versión original de la Historia.

La conciencia amarilla

Hemos de cambiar tantas cosas que no sabemos si nos dará tiempo hasta llegar a los aeropuertos. Las casas están siendo manipuladas por una conciencia amarilla que traspasa el minutero de las televisiones. Se ha perdido la comunicación real. Sólo nos quedan las conversaciones de los bares y las del bulevar Saint-Germain-des-Prés. Todo el resto ha sido convocado para aprender las letras de Cristovao Ferreira. Sin embargo, seguimos sin saber qué hay detrás de todo eso. Detrás de la Carta al personal de la salud del Vaticano, detrás del rechazo a la experimentación con embriones, de todo lo que emana desde el Pentateuco o las primeras líneas del Génesis. ¿Cuándo morimos, hacia dónde vamos? Hacia el Palacio de las Ideas -rotundamente platónico-, hacia los rubíes resplandecientes, hacia el harmattan que acaricie nuestros cuerpos. Eso nos han dicho. ¿Lo seguimos creyendo? Creemos que sí. Es más fácil resguardarse de la muerte con oraciones originadas en Constantino que mirarla cara a cara y decirle: «Aquí estamos. Nosotros somos más fuertes que tú». Silencio. Pero silencio.

Atrás quedan aquellos tiempos en que la filosofía explicaba la realidad de los átomos, la inmanencia de lo matérico, todo lo que se cubre con profundos muslos sobre el agua. He ahí la pureza. No hay destino, sino días que van ocurriendo. Nos estamos permitiendo el lujo de dejarnos engañar por las grandes virtudes de André Compte-Sponville, por el sexo atravesado con un puñal de almohada. Digamos adiós a todo eso. Nunca más con/virtamos el pecado como un monumento recurrido por la moral. Ya no somos Alain Finkielkraut. El amor es otra cosa. No es sabio ni teórico ni está escrito en los pergaminos del Mar Muerto, sino que es una música que dice, un café en la cocina, un filme de Fellini, una lucha contra el cáncer.

Una caricia puede producir las ganas para combatir toda enfermedad mortal. Amemos la enfermedad y curemos nuestros órganos podridos con un beso, con el cuerpo, con el deseo, con la homosexualidad o la heterosexualidad. Hagamos de este mundo un paraguas con endecasílabos, para romper las sillerías de los templos, de la totalidad o el infinito. Deberíamos pensar que sólo tenemos una vida. Hay que despertar cada mañana y recitar el verso de Paul Valéry: «Hoy se levanta el viento: hay que vivir».

Vivir sin las máscaras que nos han impuesto, sin los coturnos para parecer más altos, sin los autos sacramentales de Calderón, sin las fiestas en torno a Fales. Los dioses fueron creados para evitar al hombre, en su decadencia de identidad y de culminación del Universo. Por eso ya ha dejado de llover. Por eso continuamos, como una fábrica de bebidas alcohólicas, resistiendo esta ficcionalidad que trataron de evitar el cura Meslier o las manos de Feuerbach. A cambio, nos han encerrado en las cabañas por donde no asoma el viento ni la canción más hermosa del mundo. Ya no silbamos Imagine de Lennon, sólo nos contentamos con contraernos en esa lucha paradójica que viene entre el Bien y el Mal.

Pero el Mal es una cuestión teológica, un precepto con el sello de la Guardia Suiza, un exterminio que proviene de los eunucos, de la infamia o del culto a Stercorius. La civilización antigua garantizaba cierto nomadismo hacia la Verdad y lo Propio, pues creó alrededor suyo el sonido de las liras, las procesiones de los sacerdotes, los subtítulos de las películas. Hay que ver la vida sin palabras atroces de por medio. Las palabras sólo sirven para construir poemas de amor y una plaza con niños en Livorno. Todo lo demás es concesión al sintoísmo, a la mujer sin menstruar, a la impureza de los animales. Los libros escritos alrededor de la Historia deben ser quemados para tantear un intento de cambiar la vida. Porque todo permanece igual que siempre, los esclavos, los cadáveres, el monoteísmo, la castración, los taxis con estampas de vírgenes en el retrovisor.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo esta leyenda urbana, esta fijación por los que hacen lo que no nos dejan hacer a nosotros mismos? Existe una relación entre lo divino y lo sagrado que perdura ya desde la desaparición de los dinosaurios. Volvamos a la era glacial y empecemos de nuevo. Todavía hay tiempo. Estamos preparados. Llevamos sobre nuestras espaldas demasiados caudales de laberintos en donde el agua no se busca. Número 2. La Historia ha fracasado.

Sólo cuando llenemos el Océano Pacífico de ciudades plenas y sin falsos rituales, venceremos al hombre que fue, que es, que está siendo. Hagamos un pequeño esfuerzo. Levantémonos cada mañana de la cama para mirar el sol y no adorarlo. La belleza no viene de la naturaleza, sino de la bioquímica de los pájaros que vuelan libres, por encima de todos nosotros, porque han comprendido que la única razón que les queda para vivir es el instante y la des/traducción de San Agustín.

Pero el sueño se agota, como la cera de las velas, y es preciso sentarse encima del Minotauro para que los muslos dejen de estar dormidos, sorprendidos como peces que quieren estar vivos. Es preciso. Sí. Se escucha bien. Es preciso que las universidades estén llenas de estudiantes que hagan el amor sobre los pupitres, para re/inagurar una identidad que ya mantienen perdida. ¿Cuándo regresará la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos? Se hace necesaria una educación laica, porque todas las instituciones del Estado enseñan todavía los textos del cristianismo, que vienen de la violencia y de las quimeras en su intento de amputar la libertad en que consistimos. No hace falta ya acudir al jubileo de Isabel II, puesto que toda monarquía es mágica y sigue completando hogueras para la herejía de Giordano Bruno. Corramos el tiempo y sintámonos fuertes, olvidando el pasado y la coacción de todo poder.

El poder es una terraza en la Quinta Avenida de Manhattan con las mesas velando el whisky. Mientras tanto, África ha dejado de ser negra y ahora lleva camisetas Nike. Todo proceso histórico se revuelve contra los orígenes. Iniciemos la Historia y revisemos por qué ahora sólo somos llanto y un banquete para las arañas. Que nadie se atreva a ser presidente de un Estado o de una multinacional -la misma cosa son- si por tal intenta ennegrecerse dentro de los relojes que se agolpan en los veleros japoneses. Adieu.


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