blue monday

Una imagen que representa el 'Blue Monday'.

Opinión

La textura de un lunes cualquiera

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Esta cosa de escribir como cualquier otra actividad creativa, parte de algo que no existía y que, por tanto, no tiene fallo. Está dentro de uno, silente, agazapada, respirando flojito, un niño demasiado pequeño al que no dejan de mirar sus padres por si se le ha parado el corazón. Personalmente, uno escribe justo en ese momento que deja de latir. Donde la muerte respira como una locomotora. Cuando las vías por donde va el tren derrapan, es cuando comienza el accidente que es toda escritura. Se me taponan los oídos y soy yo el que no puede escuchar como no pido auxilio. Los demás pueden pensar que estoy gritando, pero lo único que quiero es que mi voz se disuelva en la liquidez que forman mis palabras sólidas

Podría escribir que esta semana se ha celebrado el Blue Monday, ese presunto día más triste del año. Pero una cosa es escribir mentiras y otra bien distinta es intentar hacer fantasía con ellas. El día más triste del año es cuando quieres escribir y no puedes, o no te dejan hacerlo. Eso es así en mi caso. Para otros será cuando pierde el Madrid o le abandona la persona que supuestamente le amaba. Lo único verdaderamente triste es no darse cuenta de cuándo lo estamos. La consciencia de la tristeza nos lleva a hacerla nuestra, a moldearla a nuestra manera, hasta convertirla en algo de una consistencia mullidita donde poder recostarnos.

Echarle la culpa al lunes de esta semana de un dolor desmedido no es justo. Tampoco generalizar la mala prensa de cualquier lunes del año. Los lunes nos despiertan a la realidad. Que lo que empezó siendo un viernes por la tarde resultó ser una mala pasada que nos dio nuestro cerebro. Una resaca que, como todos los que tenemos más de treinta años sabemos, como mínimo nos durará un par de días. Por eso mismo, el martes es peor que el lunes. Lo que ayer pensábamos que fue una pesadilla resultó ser el principio de la cotidianidad. El martes es llegar a la rutina con retraso.

Pero yo quería escribir sobre los lunes y su inmerecida mala fama. Los lunes son los ojos más abiertos. Una realidad que lo abarca todo, donde hasta lo inmaterial tiene textura. Textura, bonita palabra para definir a este artículo compuesto de frases lunáticas, o lo que es lo mismo, que están escritas un lunes de una noche encendida. Los lunes tienen la belleza doliente de un disparo a bocajarro. Uno que ejecutamos al despertarnos con la mano que tenemos más despierta. Si nos duchamos después, no es para despejarnos, sino para limpiar toda esa sangre.

Entregar tus tripas al cocinero

Lo que verdaderamente da miedo es un domingo por la tarde. Y sí, he escrito miedo, porque ese sentimiento es el que es realmente nocivo. La tristeza es necesaria y nos ajusta como seres vivos. Nos estructura y nos hace entender nuestro mundo y el de los demás. Pero el miedo es entregarle tus tripas al cocinero para que tu propia casquería te de menos asco en tu boca que en tu cabeza. Cuando la resaca empieza a dejarte abrir los ojos y el alcohol deja de curar las heridas. Agua oxigenada de una contaminación que escuece la mirada.

La imaginación sabe que mañana se cometerá un asesinato. Que la libertad morirá para resucitar cuando acabe el quinto día. Qué le vamos a hacer si todos somos más lentos que Jesucristo. Que no habría que trabajar como lo entendemos hoy en día es algo que defiendo desde hace tiempo, pero, si hay que seguir haciéndolo, una jornada laboral de tres días, o lo que sería lo mismo, una muerte de setenta y dos horas podría ser una solución intermedia aceptable. El capitalismo y el catolicismo que tan bien se llevan, como siempre demuestran, deberían estar a favor de ello. Pero no, tenemos que seguir produciendo, para Dios o para el señor todopoderoso apoltronado en su consejo de administración, a veces se confunden, sobre todo el segundo, que hace todo lo posible para que sepamos que existe y que hay que venerarle.

Los infieles sabemos que el domingo por la tarde nos pone en tensión, que la alarma del despertador sonará en demasiadas pocas horas

Los infieles sabemos que el domingo por la tarde nos pone en tensión, que la alarma del despertador sonará en demasiadas pocas horas. «Demasiadas pocas» suena contradictorio, como las horas que se trabajan y el precio al que se suelen pagar. El domingo por la tarde ya no se puede estar tranquilo. La mente, que todo lo puede, nos lleva al infierno que está por llegar. El miedo nos paraliza y nos quema. Quemaduras de primer grado, a lo bonzo, poner un pie en la oficina o en la fábrica es jugar a ser un bombero en el que el agua de su manguera la gestionan sus jefes.

Pero yo quiero que este artículo termine un poco mejor que la deriva que ha terminado llevando. Empecé hablando de la escritura, que para mí es la manguera que coge el agua de un surtidor inacabable. Ser un pirómano de mis propias palabras escritas y practicarme un Fahrenheit donde hacerme cenizas con ellas. Desaparecer ambas, pues no hay nada después de mi escritura. Y de mí tampoco.

Cuando tengo ganas de escribir voy a Youtube y tecleo My favorite things, de John Coltrane. En esos 13 minutos, mi corazón se acompasa con el saxo de Coltrane. Aparece pocas veces, pero en el momento justo. Yo creo más en la cadencia del ritmo perfecto, cuando por fin este se encuentra. Y eso, en esta composición musical, ocurre cuando suena el piano. Cuando percute cada sonido de este, las hormigas se me salen de los dedos y se sientan sobre las teclas de este ordenador. Se acomodan a la realidad del momento, una habitación donde el humo hace visibles los labios de la fumadora inspiración. Trece minutos de buena suerte. Un número musical en cuya superstición reincido. Soy un ser vicioso, pero la sobredosis le sienta mal a lo escrito. La última exhalación de Johnny y la despedida temblorosa de los platillos de la batería deben traer el punto y final del texto. Hay liturgias para las que siempre se está en un buen día, por muy lunes y azulado que lo pinten.


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Un comentario

  1. Avatar Lucia Ramos

    La semana blue pasada por noir con su perfecto ritmo estético, pragmático y analítico, logra convencer que una idea no dispone de otro valor como no sea el de los efectos que produce.
    Esas pequeñas cosas sonando dentro, pasar del dolor de vivir al encanto de lo cotidiano se convierten en latidos que dan placer al compartir. Hoy es jueves queda menos para el domingo.

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