meritocracia

Esta sociedad tan salvajemente competitiva tritura al ser humano. / iSTOCK

Empleo, Opinión, Política

La meritocracia es vivir

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Hay quien piensa que, cuando te mueres, sólo importan los días trabajados o, mejor dicho, los días cotizados a la Seguridad Social. Trabajar, trabajamos todos desde el día en que nacemos. Resistir, sobrevivir a este mundo lleno de enemigos de todo tipo no es nada fácil

El paso de los días es un éxito. Despertarse es ganarle la partida a la muerte soñada por la vida. Poner un pie en el suelo y que esté más frío que el cadáver que pudiste ser ayer, pero que hoy se calienta a la luz del sol que sale por las rendijas de las persianas. Es evidente que hay que acercarse al sol que más calienta. La vida consiste en ello. Tostarse de lo interesante. Desmigar nuestras partes duras y lubricarlas con un aceite que suavice nuestras pieles hasta que el tomate sangre sobre la parte izquierda de nuestro pecho. Después del desayuno, la rutina se cansa. Se tienen las fuerzas necesarias para cansarse ante lo que les muestra el horizonte. Uno que se toca con las manos del hastío.

Trabajar está bien para quien no sabe qué hacer con su vida. Dar unas pautas al pato que no vuela, pero que no quiere que vuelen el resto de los pájaros. Se saben puteados, pero sin el placer primario de un salario ganado en la horizontalidad de una cama libre de esposas (la pareja y el objeto). Las prácticas sadomasoquistas pierden su sentido si te pagan por ellas. Sufrir y pagar por ello tiene todo el sentido del mundo, el de la libertad elegida por uno mismo, pero cuando el castigador te paga, es que hasta él se da cuenta de que hay que dar un consuelo a la víctima.

Cada día vivido cotiza en la única y auténtica meritocracia que ello conlleva. Que haya que trabajar no justifica su existencia ni mucho menos la justifica. Hay quien dice que dignifica y esos son los más indignos de llamarse humanos. Somos animales y, como cualquiera de ellos, en nuestra naturaleza está sobrevivir a las adversidades y sacar las fuerzas de alimentarse, descansar y darse a los placeres. Pero tenemos algo que nos hace más débiles que al resto, que es nuestra capacidad de pensamiento, más elaborado y profundo, y estoy hablando en términos generales, pues todos conocemos humanos más simples que un protozoo. Nuestra capacidad de filosofar, de buscar la estética de las cosas, su parte artística, la cultura que esconde cada concepto con el que nos cruzamos. Pero en una oficina o en una fábrica todo lo que huele a vida regalada, la única que tiene sentido, se pierde en una impuesta por la fealdad, la tortura a lo que es nuestra naturaleza.

Ahora que acaba el verano y con ello lo único bueno que tiene, que son las vacaciones, los trabajadores (también los que justifican su existencia) se entristecen y deprimen ante la vuelta a una realidad que, por desgracia, no es el sueño de 30 noches de verano. Un mes no es tiempo suficiente para olvidar una cadena perpetua. Los más serviles de uno y otro bando, de las dos ideologías imperantes, dirán que algún tipo de organización deben tener los humanos, y estoy de acuerdo, pero nunca en manos de estos partidos que funcionan y toman decisiones imitando muy bien a las dictaduras de las que dicen que están muy alejados. El poder siempre acerca a todo aquel que quiere ostentarlo. Creo en una organización social que no sea ni política ni ideológica, ni económica. Donde la naturalidad de nuestra esencia pudiera manifestarse. Parece utópico, y a fuerza (y nunca mejor dicho) que lo es.

Se nos han impuesto maneras de pensar que no fluyen en lo que miran nuestros ojos de niños sin adiestrar. Dedicarse a lo que nos gusta, buscar el bien común a través de realizarse individualmente. Que el que elija ser mendigo no tenga la excusa perfecta de una sociedad que da asco, sino su espíritu libre. Esta sociedad está condenada a trabajos forzados, como la canción de Antonio Vega que tiene el mismo título. «No quiero tormento que se acabe y de acero reclamo mi cadena. No concibe mi alma mayor pena que libertad sin beso que la trabe».

Y es que el trabajo frustra como el amor no correspondido. Solo unos pocos trabajan en lo que les gusta y son menos aún las parejas de enamorados que realmente lo están. La inercia es lo que les lleva a continuar con ambas mentiras. Descartan la libertad para quedarse con quien les ha hecho un poco de caso o la única empresa que respondió al currículum que enviaron. Si no elegimos nada, las elecciones las seguirán haciendo y ganando los de siempre. Pensemos en llegar a mayores, muy mayores, a una vejez indisimulable, en quedarnos calvos, en que quede algo de piel entre nuestros pellejos. Que las arrugas solo alisen el camino sobre el que andamos. Y que lleguemos sin saber cómo. Cumplir 80 años y sentir que ayer fue el primer día que te fumaste un cigarro con los compañeros de clase en la parte de atrás del colegio. Creer, a esa edad, que fue esta mañana la primera vez que te has afeitado y, al no saber hacerlo, te has cortado con la cuchilla y ahora tu sonrisa es la misma que la de Jack Nicholson en Batman cuando conoció a Kim Basinger. Que aquella chica a la que miraba toda la discoteca sigue pensando hoy que son tus ojos los únicos que merecen encender las luces del local para que no se pierdan. Pero de los días cotizados solo se van a acordar el Estado y los bancos, dolidos por desprenderse de lo que creen suyo.

Cuando veo a una persona mayor, envidio su resistencia, el acto heroico de sobrevivir a todas las inclemencias que trae la vida y haberlas superado durante muchos años, como demuestra su edad. Da igual cómo lo hayan conseguido, ya sea por inteligencia, esfuerzo, astucia, sufrimiento, azar o lo que sea, el hecho de seguir vivos es de un mérito de un valor incalculable. Cuando hablo con algunos de ellos, siempre me dicen que la experiencia sólo les ha servido para saber que de lo único que se arrepienten es de no haber aprovechado más los buenos momentos o, directamente, de no haber hecho lo suficiente por tenerlos y disfrutarlos. Preocuparse menos por los sufrimientos heredados por la sociedad y centrarse en lo que les hacía felices. Con esto no quiero decir que no haya que trabajar, sino dejar de hacerlo como lo entendemos hoy, una sociedad salvaje y que tritura carne humana con la que se enriquece vilmente. Colaboremos entre nosotros, será la única forma de que el pueblo salga adelante. Y que trabajen, tal y como se entiende hoy, los tristes, los amargados, los necios, los egoístas, en definitiva, los que hoy mandan y los que servilmente obedecen. Vuestro es el paraíso. Temporalmente.

Dedicado a Emilio Arnao.


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2 comentarios

  1. Avatar Ángeles Suárez pozo

    No he leído el artículo entero porque es demasiado largo, aunque prometo leerlo completo.

    Me ha hecho mucha gracia que diga que trabajar es solamente para los que no saben hacer nada con su vida. Qué verdad más grande,más dura y más real.

    Lo único que lamento de mi vida son los años que he cotizado, no le tengo ningún apego a esta parte de mi historia que procuro no recordar.

    Realmente nunca debimos abandonar la jungla. Tendríamos que habernos quedado allí qué más da vivir más años, qué más da no tener móvil, y no tener tampoco tantos abalorios y tantas prisas.
    Yo creo que la verdad que usted ha dicho es tan grande como un castillo. Y que nadie diga que el trabajo dignifica, a mí lo único que ha hecho ha sido estropearme, todos los discos de la espalda abofados.

    Yo quisiera ser civilizado como los animales…

  2. Avatar Lucia Ramos

    Por nada muerto moriré
    En vida estoy muriendo.
    Gracias por hacer~nos
    tan presente «El día».

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