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Inés Arrimadas, en el debate de investidura de Pedro Sánchez.

Opinión, Política

La implosión de Ciudadanos

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“Por espacio de nueve días acarrearon abundante leña; y, cuando por décima vez apuntó la aurora, que trae la luz a los mortales, sacaron llorando el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira y le prendieron fuego”.

Homero. La Ilíada

Sin espoleta que la contenga, Ciudadanos es hoy una explosión incontrolada. Cuando Rivera se asomó al abismo y provocó la mayor caída desde los tiempos de la UCD, las tropas que quedaron se dedicaron a arrancarse los ojos los unos contra los otros. Se abrieron las navajas para ajustar cuentas entre ellos. El otrora todopoderoso Hervías y familia fueron defenestrados a medias. Y cuando en política dejas a alguien con un halo de aliento resucita como un zombi con hambre de poder y de nóminas públicas.

Y tras la caída del que se creía el Escipión de España, llegó Arrimadas para tirar de un carro que no tenía ruedas. El dedo del líder la había elegido entre sus apóstoles, pensando que otra cara levantaría el suelo electoral donde se habían tumbado. Pero las copias nunca son los originales y lo descubrieron en las últimas catalanas, cuando su candidata se fue con el PP a pastar en otros prados y el que fue nombrado a dedo dejó a Cs en un vacío y frío solar catalán. 30 caídos en su propio suelo. Luego no hubo quien asumiera responsabilidades. ¿Para qué? Si todos tienen la teta pública en la boca, si todos ellos están soldados al sillón de la bancada.

La niña de los ojos de Rivera había ella sola enterrado el proyecto. Se había envuelto ella sola con el celofán del perdedor, de la debacle y de la derrota. Probó lo mismo que Terencio Varrón el aciago día de Cannas, lo mismo que tuvo el gran Aníbal Barca cuando vio a la caballería de Masinisa formar entre sus enemigos el terrible día de Zama. Como lo sintió César en el senado de la antigua Roma cuando Bruto prefirió la libertad de su pueblo a la vida de su padre. Como lo sintió el rey Leónidas cuando aquel pastor anónimo lo traicionó y prefirió la esclavitud persa a la libertad griega.

Hablamos de héroes cuando solo son perdedores. La historia no los absolverá nunca ni de sus hechos ni de sus errores ni tampoco recordará el efímero paso de los naranjas, como todos se olvidaron de la operación reformista de Roca. El vacío estelar los acompañará todos y cada uno de ellos los días de su miseria y de su debacle. Sus palabras vagarán por un viento mudo que llora el recuerdo de lo que una vez fueron, de lo que una vez llegaron a ser. Nada es eterno, ni sus votos, ni su propia gente, que ha empezado a abandonar un barco escorado a la derecha. Y no hay una orquesta tocando sobre la cubierta en el hundimiento del Titanic que hoy es Ciudadanos.

El espinoso camino de vuelta a la nada

El pueblo le ha enseñado el espinoso camino de vuelta a la nada. Nada es y de la nada vienes. Por la nada has llegado a ser y en la nada te has convertido. Sus huestes llenas de batallas perdidas salieron en desbandada hacia las montañas de la historia comparada. No siguieron ni a su césar ni a su rey tras Gaugamela. Se marcharon en busca de mejor señor al que servir. Y ahora hunden enormes clavos en la carne de los que una vez formaron el proyecto naranja. Luego levantan los maderos y llenarán los caminos de crucificados, como Roma hizo tras el fin de Espartaco.

Crearon una necesidad en el escenario catalán y formaron un deseo de ser lo que nunca fueron. Y ese proyecto inconcluso lo llevaron por España, lo pasearon como una virgen tronada bajo un mar de tambores y de cornetas. Con el tiempo olvidaron su propia voluntad y su proyecto, olvidaron ese viejo afán de construir una imagen suya. Pero todo quedó en un terrible dolor que asomaba el fracaso entre los huesos desnudos, caminando entre nosotros como un armagedón anunciado por aquel ángel que tocó la trompeta. Y una estrella llamada Ajenjo calló sobre Ciudadanos.

El partido perdió la mitad de su alma cuando entró en la servidumbre del bipartidismo. Perdió los barcos y la honra a cambio de sueldos, prebendas, ínsulas, despachos, asesores y coches oficiales. Allí se perdió en la densa vegetación de la política del nuevo orden, con un primer estado cada vez con más derechos frente al tercer estado que ha pagado con su sangre todas y cada una de las crisis a las que ha sido sometido el país desde 2008. Rivera se creyó con derecho divino para gobernar y, tras su caída descontrolada, dejó a una Arrimadas que llora desconsolada delante de la urna olvidada de la conciencia de su propio pueblo.


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Un comentario

  1. Avatar Luciano Pou

    Genial

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