pablo ibar

Miguel Ángel Silvestre, en el rol de Pablo Ibar en la serie 'En el corredor de la muerte'.

Cultura, Opinión

La fascinación por el ‘true crime’

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En los últimos años, y de modo creciente, me topo con series de televisión y con documentales -y hasta con libros y ‘podcasts’- que reconstruyen casos criminales reales o históricos. Es un fenómeno antiguo, pero que está alcanzando proporciones insospechadas. A este género se le viene denominando ‘true crime’. Su éxito merece algunas reflexiones e intentar alguna explicación. ¿Por qué nos fascina el ‘true crime’?

Como señalaba, no es un género nuevo: el cine de ficción se ha inspirado no pocas veces en crímenes y criminales célebres. M, el vampiro de Düsseldorf (1931), La soga (1948), A sangre fría (1966) o El estrangulador de Boston (1968) son algunos de los primeros títulos que se me ocurren entre varias docenas. Lo novedoso es que su cantidad se ha multiplicado y el true crime ha encontrado en las series para diversas plataformas de televisión, tanto documentales como ficcionalizadas, un filón para llegar a grandes audiencias. Quizás ustedes hayan visto algunas de ellas. A mí me gustaron mucho Making a Murderer o The Staircase y, más recientemente, Des o El crimen de Georgetown, pero casi cualquier crimen que recuerden tendrá su correlato televisivo; sólo en nuestro país, las chicas de Alcàsser, el caso Wanninkhof, Nevenka Fernández o la muerte de la presidenta de la Diputación de León, entre otros muchos, han tenido su correspondiente serie.

Por supuesto, las historias criminales siempre han resultado atractivas. Entendiendo el crimen, claro está, como el daño físico que una persona -o grupo de personas- inflige a otras. Pero historias bélicas, matanzas masivas, y no digamos prácticas comerciales abusivas, grandes estafas o catastróficas decisiones políticas no encuentran, significativamente, cabida bajo la etiqueta del true crime. Esta se limita a asesinatos -idealmente en serie-, atracos, secuestros y delitos de ese tenor. Es una limitación que la audiencia acepta y comparte: queremos ver a un tipo malo haciendo cosas feas, y más si nos cuentan que lo que vemos realmente ocurrió, al menos de una forma parecida. A mí se me antojarían el colmo del true crime documentales o docudramas sobre el Holocausto, sobre la Desbandá, sobre el bombardeo de Dresde, sobre genocidios de pueblos indígenas o sobre los atentados de Atocha, pero parece que no es eso lo que espera el espectador.

La huella del crimen fue una serie televisiva que, ya a mediados de los años ochenta, exploró y explotó este concepto con gran éxito. Su lema era que la historia de un país es también la historia de sus crímenes. Vale, lo puedo comprar, pero, ¿es un interés historicista y sociológico lo que lleva a las audiencias a rendirse ante los atractivos del true crime? Algo me dice que no o que no es eso lo principal. Cierto es que nos puede interesar confrontar nuestra memoria de unos acontecimientos recordados como singulares con su verdad histórica (en la medida en que haya una verdad que establecer), o que queramos indagar en hechos de los que tenemos solo una noticia confusa, pero me barrunto que hay algo más.

A falta de certezas, una hipótesis razonable es que vemos true crime para ver si los criminales son tipos tan diferentes de nosotros como queremos creer, evitando la desasosegante sospecha de que pudiéramos ser como ellos. Otra posibilidad, relacionada con la anterior, es que queremos entender qué lleva a algunas personas a cometer crímenes, a romper el orden natural de las cosas y el orden socialmente aceptable, especialmente si sus actos revisten una especial crueldad o sinrazón. O quizás se trate tan solo de que los productores cinematográficos y televisivos, a falta de ideas, busquen en la crónica de sucesos ideas para sus thrillers. No hay que descartar sin más esta hipótesis: la falta de creatividad puede ser angustiosa para estudios y plataformas ávidos de audiencia. Ya en La semilla inmortal, Jordi Balló y Xavier Pérez concluían que, en la historia del cine, solo hay 21 historias y otros autores reducen la cifra a 14 y hasta a cinco. Eso explica la manía por hacer remakes, por estirar sagas cinematográficas y temporadas de series hasta la náusea o por coger a cualquier oscuro superhéroe de pacotilla y dedicarle sus dos o tres entregas para sala grande. La conclusión podría ser que hay que abandonar toda esperanza de contar historias nuevas y que, puestos a copiar, mejor será copiar de la realidad.

El true crime atrae muy especialmente a las mujeres, su público mayoritario según todos los estudios. En las conclusiones de su reciente y entretenido ensayo sobre el fenómeno, el psicólogo criminalista Vicente Garrido recoge varias explicaciones que se vienen a sintetizar en una: aunque las mujeres cometen un muy escaso porcentaje de los crímenes y son en menor medida víctimas de ellos (salvo, lógicamente, en los casos de violencia de género y en los raros casos de asesinos en serie, al menos los sexuales), estarían mucho más preocupadas por su prevención y por aprender procedimientos para protegerse. El miedo concreto, más que la algo abstracta necesidad de comprender al otro, explicaría el extraordinario éxito del true crime en cualquier formato entre el público femenino.

Y a ustedes, ¿por qué les interesa ver esa película o leer esa novela sobre delitos violentos basados en historias reales? Bueno, les dejo, que le tengo ganas a una serie documental sobre la condena de Pablo Ibar. Quizás recuerden el caso.


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2 comentarios

  1. Avatar Ángeles Suárez Pozo

    A mí me parece que esta serie de películas y de series viene acompañadas del progreso y acompañadas de las influencias del cine EEUU. Es lo mismo que comer hamburguesas o pizzas. La cultura española se alimenta de las películas de Hollywood (las taquilleras), el cine español no tiene identidad, incluso se puede apreciar en la decoración de las viviendas y en el estilo anglosajón.

    España siempre ha sido un país de comedias, donde siempre se buscaba la risa aunque fuese provocada por palabras malsonantes.

    España cada vez cuenta menos con una cultura propia. La última serie que pude ver que merecía la pena fue Aquí no hay quien viva. Ya no hay más.

  2. Avatar JUAN PABLO Macías Rivero

    No me atrae el género en absoluto.El auge de este creo que se debe a que proporciona una base de partida que,si el crimen ha sido lo suficientemente mediático puede servir para,aplicando métodos muy usados pero efectivos, conseguir un producto rentable.
    «Aquí no hay quien viva «era una buena serie.

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