mafalda

Dos viñetas de un cómic de Mafalda, personaje creado por Quino.

Opinión, Política

La esclavitud del pensamiento: democracia frente a oscuridad

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Dándole una vuelta de tuerca al marxismo, la historia de las civilizaciones podría interpretarse, más que como una lucha de clases, como la lucha de una única clase (la dominante) por mantenerse en el poder. Esta clase puede considerarse, en su conjunto, una típica oligarquía; es decir, varias personas con mucho poder y cuyo objetivo es mantenerlo, cuando no aumentarlo

La clase dominante ha tenido la oportunidad y el tiempo, durante siglos y siglos, para refinar sus métodos de dominación a base del ensayo y error tanto de pensadores ilustres como de tiranos imbéciles. Comenzando por las enseñanzas del general chino Sun Tzu, quien escribió en el siglo V a. C. que «el arte de la guerra es someter a tu enemigo sin luchar, pues todo arte de la guerra se basa en el engaño»; y teniendo su culmen en la distopía perfecta, como las de Orwell y Huxley, donde el engaño del tirano es la felicidad del esclavo. Entre Tzu y Huxley, otros muchos aportaron claves para el ejercicio de la dominación. Por ejemplo, Maquiavelo escribió en el Renacimiento que «todos ven lo que aparentas, [pero] pocos advierten lo que eres; y la naturaleza de los pueblos es muy poco constante: resulta fácil convencerles de una cosa, pero es difícil mantenerlos convencidos». No sorprende, por tanto, que aparentar y convencer sean objetivos típicos del político actual, cuando no engañar, en lugar de seguir los dictados de su representado.

Pero, así como la humanidad es capaz de lo peor, también lo es de lo mejor. Las sombras no podrían existir sin luces en un multiverso donde todo lo posible existe, como diría el físico finlandés Max Tegmark. Al igual que la teoría sobre cómo ejercer la tiranía evolucionó en el tiempo, fruto de la búsqueda de su propia subsistencia (desde la tiranía como sometimiento, ejerciendo la dominación a través del terror, hasta la tiranía como felicidad distópica del esclavo), la teoría sobre cómo ejercer la democracia también lo hizo. A base de ensayo y error, al igual que en el caso de la tiranía, diversos pensadores perfeccionaron las formas en las que el pueblo podía preservar su poder; no ya sólo frente al tirano, sino también frente a sus iguales.

Los postulados de Rousseau

En vista de la imposibilidad de reunir a todo el mundo en la plaza para tomar decisiones, al estilo de la democracia directa griega con los ciudadanos llamados hombres libres, la representación debía ser un mandato que estableciera un vínculo entre el representado (el ciudadano) y el representante (el político diputado). El filósofo francés Rousseau no alcanzó una teoría plausible respecto a la democracia, quizás por su obcecación en la bondad innata del individuo en contraposición a la maldad propia de la vida en sociedad. Sin embargo, definió la representación como mandato imperativo con un par de frases que, aunque escritas en el siglo XVIII, están de plena actualidad: «Al contrario que en el caso de la soberanía popular, los elegidos detentan un mandato imperativo y no representan otra cosa que a los electores que les han elegido. La mayor parte de los regímenes políticos actuales confieren a sus electos la soberanía nacional y rechazan por tanto el mandato imperativo».

De esta forma, el representante tiene el mandato imperativo de cumplir con las órdenes de su representado, estableciendo la diferencia entre delegación de poder y representación. El diputado (o representante) no debería tener, en consecuencia, el poder para hacer lo que quiera, sino el poder para hacer lo que otros quieran.

El sociólogo alemán Robert Mitchels, a principios del siglo XX, se percató de que el sistema representativo, sin más, acaba derivando en una oligarquía que desatiende al individuo: en sus palabras, «tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría». La clave para evitar que esa minoría se convierta en una tiranía oligárquica, a espaldas del pueblo y disfrazada de democracia, se encuentra en el modo de establecer la representación. Sólo en un lugar de la tierra se pudo empezar a vislumbrar esa clave en la práctica: en la Inglaterra del siglo XVII. Allí se fundaría la primera monarquía parlamentaria del mundo, paradójicamente, como fruto del deseo de mantener el poder de una oligarquía (el Parlamento) frente a una autocracia (el Rey Carlos I de Inglaterra). El sistema de distritos anglosajón, luego importado por Thomas Jefferson y James Madison a los Estados Unidos, establecía un vínculo directo entre el representante y el representado. Cada distrito debía elegir un solo representante, por mayoría.

En contraposición al sistema de representación uninominal británico, y en lo que podría considerarse parte del proceso de ensayo-error en la evolución de la teoría de la democracia, Salem Dutcher, en 1872, escribiría que «el objetivo de lo que se conoce como Representación de las Minorías, Proporcional, Personal o de la Totalidad, cosas todas que son casi idénticas, consiste en remediar los efectos del sistema electoral existente«.

La historia nos muestra que la democracia debe ser alcanzada por los propios pueblos, ya que nunca se dará como un regalo, desde fuera, sino como conquista de los propios pueblos frente a la tiranía

Así, Dutcher, Hare, Mill, y más adelante Buckalew, bautizaron ese sistema como sistema de representación proporcional o de representación personal. Se probó por primera vez en la Bélgica de 1889. Este sistema pretende dar voz a las minorías mediante la elección de un grupo de representantes proporcionalmente al sufragio, en contraposición al sistema uninominal que otorga la representación a un único representante. Se trata del sistema que ha derivado en la actual oligarquía de partidos, dictadura de partidos o, sencillamente, partidocracia, como forma de organización política dominante en los estados de Europa. Su proliferación no fue por casualidad: en la lucha de estados por ejercer el poder global en el mundo, el sistema de representación típico de las partidocracias ofrece ventajas. En primer lugar, es más tolerable para los individuos, puesto que es más fácil de disfrazar y por tanto más estable que una autocracia o dictadura de uno solo. Además, permite a potencias extranjeras y al poder económico controlar un Estado a través del soborno de sus oligarcas. La lucha por la hegemonía de Estados Unidos tuvo mucho que ver en el establecimiento de partidocracias. Con ello, la historia nos muestra que la democracia debe ser alcanzada por los propios pueblos, ya que nunca se dará como un regalo, desde fuera, sino como conquista de los propios pueblos frente a la tiranía. En este sentido, Jefferson escribió que «el árbol de la libertad debe ser vigorizado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos: es su fertilizante natural».

El principal problema de las partidocracias es tan obvio que ha sido silenciado en la literatura académica actual: si no se adopta la decisión de la mayoría, la decisión que se adopta es la de la minoría. Así, aquellos que pretenden evitar la dictadura de la mayoría, lo hacen a costa de instaurar la dictadura de una minoría. Más allá de este problema, el sistema proporcional diluye la responsabilidad del representante y la convierte en responsabilidad grupal. Con este sistema y a través de la política del consenso, se favorece la ley de hierro de las oligarquías: el grupo hará lo que beneficie al propio grupo, por consenso, antes que lo que beneficie a sus representados.

Si a este sistema le sumamos la existencia de listas de partidos (cerradas o abiertas, para el caso es lo mismo), nos aproximamos mucho al sistema político dominante en la Europa actual; un sistema donde el mandato imperativo, en vez de emanar del pueblo, lo hace del oligarca o jefe de partido, quien decide los nombres que deben figurar en la lista de su partido e impone su voluntad con la disciplina de partido. Por ello, a sus diputados no les está permitido disentir, pues su puesto depende del oligarca de turno antes que del votante. Incluso la dudosa democracia interna de partidos, lejos de contrarrestar este problema, adereza el sistema para que parezca más dulce frente al elector (de su propio partido), como si eso cambiara en algo el sistema de organización política de un país.

El jurista alemán Gerhard Leibholz desarrolló el concepto del Estado de partidos y advirtió sobre el funcionamiento de las partidocracias, necesariamente, a base identificación. Su modo de funcionamiento típico, la corrupción y clientelismo, o incluso un comportamiento criminal, nunca sería censurado, pues se antepone la subsistencia del partido y de sus redes clientelares sobre el bienestar del ciudadano por la identificación fanática del pueblo a través de la ideología: «[Partitocracia ocurre cuando] la voluntad de la mayoría de partidos se identifica con la voluntad general del pueblo sin mezcla de elementos de representación. Esta es la doctrina oficial constitucionaria de la integración del pueblo en las repúblicas europeas. Todos los crímenes y corrupciones de los partidos estatales son pues crímenes y corrupciones del pueblo que los vota. No porque éste se considere representado por ellos, sino porque tiene el sentimiento identitario de identificarse con ellos» (Leibholz).

Deriva hacia la ‘fanatización’

He aquí la explicación de por qué los partidos en España viven continuamente en una supuesta confrontación: la sustitución de ‘representación’ por ‘identificación’, que puede derivar hasta la fanatización. En democracia no se propugna la eliminación de los partidos políticos, sino su existencia conjuntamente con la representación: un representante (un político) podría adscribirse, o no, a un partido; sin embargo, en democracia, ningún partido debería tener la potestad para hacer una lista (cerrada o abierta) que determine los candidatos que puede votar el ciudadano. Es decisión propia de cada candidato a representante político adscribirse, o no, a un partido; y de cada partido aceptar, o no, la adscripción del candidato.

Además de la representación, existe otro elemento clave en la evolución de la teoría de la democracia: la separación de poderes. Si todo el poder emana de un mismo lugar (ya sea una persona, o un grupo de personas), el poder puede actuar contra el individuo sin que éste tenga herramientas para defenderse. No puede existir una justicia que lo proteja si el que la imparte es el mismo que crea y ejecuta las leyes. Si asumimos que el poder puede corromper al individuo, cualquier poder (incluido el poder de representación) tendría el tiempo y la oportunidad para actuar sin control, a su propia voluntad. Como diría Montesquieu, «para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder».

Para articular esos contrapesos de poder en democracia, los tres poderes del Estado, como las tres caras de un triángulo, deben vigilarse: poder ejecutivo, judicial y legislativo. Es interesante cómo Montesquieu, en su obra seminal El espíritu de las leyes (1748), considera que el poder judicial no es tal poder porque solo se dedica a la interpretación de las leyes. Así, la práctica del poder judicial no debe depender de la visceralidad del pueblo sino de la interpretación sobria de un texto. Aquí vemos otro ejemplo más del proceso sinuoso que ha ido esculpiendo la teoría de la democracia. Consideremos o no al poder judicial como un auténtico poder, en cualquier caso, Montesquieu vislumbró la necesidad de su absoluta independencia.

Recapitulando, los dos pilares básicos de la democracia (separación de poderes en origen y representación uninominal), así como la existencia de una carta de derechos inalienables, se recogen en un texto tan fundamental como la Declaración de derechos del hombre y el ciudadano (1789). Fruto de la Revolución francesa, personas de muchas condiciones sociales diferentes consiguieron ponerse de acuerdo en base a la doctrina de los derechos naturales que cualquier persona debería poseer. En su artículo 16, encontramos una clave para la evolución de la teoría de la democracia: la definición de carta magna o constitución. En este artículo se delimita el contenido que debe tener una ley para ser llamada constitución: «Una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes determinada, no tiene constitución«.

Separación de poderes

Consecuentemente, una constitución es un documento que, por definición, debe separar los poderes. Estos poderes, de otra forma (por ejemplo, en la autocracia o en la tiranía), permanecen unidos. Además, los poderes deben ser separados en origen; es decir, que ningún poder tenga capacidad para influir sobre otro, ni siquiera de manera indirecta para, por ejemplo, decidir sobre sus integrantes. Adicionalmente, en este artículo 16 se pretenden garantizar los derechos del individuo. Como hemos argumentado antes, estos derechos no pueden garantizarse si no es a través de la representación mediante mandato imperativo del pueblo y articulada como representación uninominal por distritos.

Aplicando esta argumentación, una ley o un documento para ser denominado constitución debería recoger, al menos, los preceptos que se han dado en llamar propios de la Libertad Política Colectiva: independencia de poderes en origen y representación uninominal por distritos. Me enorgullece mencionar cómo un jurista español, Antonio García-Trevijano Forte, añadió algunas pinceladas cruciales a la teoría de la democracia, entre las que destaco ésta de la Libertad Política Colectiva y cómo articular el proceso de revocación del mandato del representante: si un número determinado de representados considera que su representante ha incumplido sus promesas, puede acudir a la oficina del distrito y, presentando un número de firmas determinado, revocar automáticamente a su representante para que entre a ocupar el puesto de representante el segundo de la lista confeccionada según el número de votos recibidos. Igualmente, la capacidad de disolución recíproca de los poderes mencionada por García-Trevijano puede considerarse una evolución de la teoría de la democracia en tanto que establece un mecanismo más para el contrapeso de poderes: si, por ejemplo, el poder ejecutivo actuara contra los intereses del pueblo, el poder legislativo tendría la capacidad de disolverlo a condición de disolverse a sí mismo para, así, desembocar en elecciones.

En todo lo dicho hasta ahora, hemos presentado la democracia como un concepto que ha evolucionado hasta alcanzar el rango de teoría, con unos requisitos que le aseguran preservar el poder al pueblo. Ello, a base de ser moldeado por pensadores, políticos y juristas, quienes han ido aportando partes de un puzle que, desde una concepción histórica, determina qué se puede considerar democracia. Esta idea de democracia es opuesta a la visión postmoderna de, por ejemplo, el filósofo Gustavo Bueno. De hecho, en un arrebato de relativismo, algunos instruidos consideran democracia lo que comúnmente alguien de a pie, que desconoce la historia de su teoría, así denominaría. Se trata de una visión materialista que beneficia a las clases dominantes, puesto que les otorga legitimidad teórica para cargarse de un plumazo siglos de historia en la evolución del pensamiento humano.

Confundir democracia con ideología

Los hay también que confunden democracia con ideología, ya sea de izquierdas o de derechas; nada más lejos de la realidad, pues democracia hace referencia a reglas de juego anteriores a cualquier jugada o ideología. También los hay que consideran la democracia algo secundario, ya que tener una verdadera democracia no asegura el bienestar del pueblo o la igualdad de los individuos. Es cierto que democracia es tanto, o tan poco, como garantizar que el poder emana del pueblo. Ese poder puede, efectivamente, usarse para errar, pero, si es democrático, el único responsable del error será el propio pueblo. Por último, los hay también que derriban la teoría de la democracia mediante la consideración de una sola parte del puzle (de lo que éste o aquél dijo que es democracia), obviando las demás o a los demás, o incluso sacando a relucir la vida personal de teóricos de la democracia.

En conclusión, si la tesis de este artículo no es cierta, y por tanto democracia puede ser prácticamente cualquier cosa, como votar a una lista confeccionada por un partido, en lugar de una teoría basada en la evolución del pensamiento sobre cómo otorgar de manera efectiva el poder al pueblo, ¿para qué enseñar en las escuelas o debatir en los medios sobre lo que significa separación de poderes en origen, representación, mandato imperativo, revocación, disolución mutua de poderes, partidocracia versus democracia, la ley de hierro de la oligarquía, la declaración de derechos del hombre y el ciudadano o, sencillamente, qué es y qué no una constitución? Volviendo a las distopías con las que comenzaba este texto, éstas nos demuestran que la mejor forma de esclavizar a un individuo, fruto de la evolución de la teoría de la tiranía, no es a través del terror. Es mucho más efectivo hacerlo esclavizando su pensamiento, a fin de evitar que pueda ver las cadenas que lo atan delante de sus narices. Si se vacía de contenido la palabra democracia, nadie puede ni siquiera imaginar que no vive en una democracia, pues nadie recuerda lo que significa. En palabras de Tocqueville, «cuando el pasado ya no ilumina el futuro, el espíritu camina en la oscuridad».


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2 comentarios

  1. Avatar Lucía Ramos

    «YO NO VEO NINGUNA TRAMA»,
    DIJO LA ARAÑA…

  2. Avatar Angeles Suarez

    La democracia es la evolución del poder, no es la evolución del pensamiento humano.
    Pero obviamente, los pensadores han influido en la política, por ejemplo maquiavelo.
    Maquiavelo fue embajador y cuando los Medecis entraron al poder su vida estuvo en peligro, porque ellos pensaban que Maquiavelo era un traidor.
    En esta crisis en la que él tuvo que abandonar su trabajo y retirarse totalmente de la vida pública, fue cuándo escribió cómo actuaba el poder.

    Maquiavelo fue de gran ayuda, porque le quitó a la gente los pajaritos que tenía en la cabeza a cerca cómo funcionaban los más poderosos.
    Todos sabemos que el pueblo vive alejado de cómo funciona el poder.
    Gracias a Maquiavelo se descubrieron muchas cosas que la gente ignoraban.
    Igual paso con Jesús candel. Todos ignorábamos cosas de la sanidad pública. Gracias a su intervención nos fuimos enterando de toda la m***** que hay ahí metida

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