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Jesús Mariñas, en una corrida de toros. / GTRES / EP

Comunicación, Opinión

Jesús Mariñas: una risa toda de bigote

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Quien ríe con bigote hace trampa, es provocar tras el telón, es la mueca emboscada, es tirar la piedra y esconder la mano. Ha muerto el rey del colorín. Pequeñín, gallego, en flúor o rosa pálido permanente, más pequeñín cuando se ponía los cisnes, mucha pulserota, ojos grandes al acecho, ojos enormes como platos y esa voz estridente, atiplada, puro disparo al tímpano, disonancia por la que comenzaba otra atención

Entre el «¿Por qué no te callas?» del Borbón a Hugo Chávez y el «Que te calles, Karmele» discurre buena parte de la vida española, donde la crisis no era tan gorda como ahora y engordábamos con Tómbola y otros rebuznos, porque lo propio del patio de monipodio o vecindonas siempre es igual: «¡Déjame hablar!«.

Mariñas fue una máquina de ganar dinero, empezó de taquimeca como Umbral en academia Hurtado, academia García, academia Flores, lo que sea, y a partir de ahí, a tanto la pieza, sin descanso. Era un arte de partir lonchas con cuchillo jamonero, puro golpe de muñeca. Lonchas para prensa, lonchas para radio, lonchas para televisión, lonchas para las revistas del cuore, lo que fuese, Así llegó al piso de la Gran Vía, con vistas a Plaza España y Malasaña, vendido en 1,2 millones de euros, peto y espaldar de un continuo manar de billetes. Supo afilar la pluma en La Razón, donde le sentó Ansón, empezaron con el silabario, siguieron con Cuadernos Rubio, pasaron por el Romancero y pronto escribió de otra forma. Lo mismo hizo José Luis Moreno con Macario, Monchito y Rockefeller. Es todo ganas de aprender.

Mariñas empezó vendiéndolo todo él, las fotos y el texto, un completo, porque al cobrar dos veces el bigote disfrutaba el doble. En mitad del arcoíris boreal, María Teresa Campos le puso trono, y nunca se equivocó con él, y hasta llegó a decirle: «A tu entierro irán dos, porque yo no pienso ir«. Otra orla fue cuando Camilo José Cela, ya Nobel, quiso tirarlo a la piscina, sudando como un elefante con traje de hilo blanco, no sé qué fiesta en Marbella, por lo que había publicado de Marina Castaño. Mariñas, pequeñín como una nuez, supo darle la vuelta: «Camilo, coño, insúltame pero no me pegues«. Otro día le resumió a la Campos, sí, toda su poética de Satiricón y circo griego: «A unos les toca recibir y a otros dar». Hablaba en lenguaje erótico, por supuesto, pero el bigote, solo el bigote, conseguía el velo. 79 años, muy gallego, el padre y precursor de la crónica rosa (no social) en Spain.

Sus comienzos en El Ideal Gallego fueron iguales que la fama reciente. Ya era Mariñas, un clásico. Falta un tercero para el trío de ases (Ansón, Campos): Luis del Olmo le da sección fija en Protagonistas. Empieza a estar en todas partes. Aquello de Umbral frente a un profuso quiosco de la Gran Vía: «Yo quería escribir en todas las cabeceras, no en una sola, donde siempre leen los mismos». Comienzan las letras arborescentes y trepadoras. Trabajador incansable, resumía lo suyo en poca baraja: decir a todo que sí y a nada que no. Hasta hizo de Valle-Inclán a su modo («Despreciar a los demás, y no amarse a uno mismo»): «Un día te saludaba y otro te ponía verde» (Jorge Javier Vázquez dixit). Y otro no te saludaba.

Finalmente, en mitad del huracán, es bueno posar. Supo posar. La alcándara perpetua para el canto fue Casa Lucio, solo o con su marido, mucho más para ser visto que para ver, donde la hoguera gramática también seguía siendo la escritura en servilletas. 27 años junto a Elio Valderrama, al que pronto mete de fotógrafo de lo suyo, porque el día siempre cuenta por la caja que se haga ese día. Fiestas, copetines, festivos, presentaciones, hasta la BBC entera (Bodas, Bautizos y Comuniones). Un obrero de las palabras.

Temido, respetado, odiado, envidiado, Mariñas dejaba el bigote en la mesita como la mejor arma para seguir al día siguiente. Él hizo de la crónica social, salsa rosa, con su picante y sabrosura. Entre el respeto y el silencio, calló mucho. Ironía, juego de palabras, y estopa, estopa, estopa. Así llegó a la Gran Vía para siempre, donde acumulaba libros en montonera (miren las fotos por Google) y veía cine clásico hasta las tantas (cada uno se limpia/lava como puede).

Amar a la Caballé muy de cerca

La cultura en Mariñas, asunto curioso, es siempre la alta. Jamás olvidó sus estudios gallegos en declamación, donde se aficiona a la ópera hasta amar a la Caballé muy de cerca. Jamás olvidó la librería de su madre, la más grande de La Coruña, al fondo con galería, donde expone por primera vez un Cela de pipa sin barriga y con fular al cuello. Su vida privada era libresca, literaria, gramática; la televisión, el mejor paripé. Su padre, relaciones públicas o conserje en un hotel, al fallecer, le enseñó pronto que la vida iba en serio. Entra en el colorín por su abuelo materno, dueño de tres teatros y donde empieza a tratar a la Fornarina, Raquel Meller, Lola Montes, etcétera.

Siempre lo tuvo claro: «Quiero ser más requerido que querido». Por ahí comienza su omnipresencia en los medios periodísticos españoles. Amó a mujeres y hombres –bisexual confeso- y no se perdió una fiesta. Jamás desertó de los acontecimientos: ni corta ni pega, nada prefabricado, solo tajo y dedos veloces. Al cerrar los ojos, cualquiera lo oye, su voz atiplada en guiñol. No llega ahí cualquiera. Muy, muy listo. Bigote de lince en mitad de las mayores fieras.


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