aglomeraciones fin estado de alarma

Una de las aglomeraciones que se produjeron el sábado noche. / RTVE

Opinión, Salud

En pandemia, el botellón es equivalente a irresponsabilidad

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Me he quedado francamente impresionado, aunque me lo esperaba, con las imágenes que nos han ofrecido las televisiones, debidas al fin del estado de alarma el pasado domingo

Esas imágenes de calles y plazas abarrotadas de gente bebiendo, cantando, gritando, bailando y abrazándose me recordaron imágenes ya vistas, celebrando el final de la Segunda Guerra Mundial. El problema de hoy es que la guerra que mantenemos contra este virus que tantos muertos nos ha costado, tanto enfermo no recuperado y con secuelas que nos ha dejado, tanta soledad, depresiones y ruina económica que está produciendo, lo seguimos teniendo con nosotros, no lo hemos vencido todavía y sigue produciendo dolor y muerte.

Cierto que tenemos a una parte de la población vacunada y que parece que las vacunas funcionan. Pero no sabemos con certeza si la inmunidad obtenida será efectiva para todas las cepas virales que van surgiendo y tampoco sabemos el grado de inmunidad que se produce en cada vacunado, ni cuanto durarán esas defensas. Por lo tanto, mientras siga habiendo enfermos del coronavirus, pacientes infectados en las unidades de cuidados intensivos y se sigan produciendo fallecimientos, lo sensato es que sigamos con las medidas preventivas que sabemos son efectivas, es decir, guardar una distancia de seguridad, usar mascarilla si no podemos mantener esa separación, preferir los espacios abiertos y ventilados a los cerrados y procurar evitar las aglomeraciones y juntarnos con personas no pertenecientes a nuestro entorno familiar. No podemos todavía bajar la guardia.

No podemos tirar por la borda todo el esfuerzo

Es verdad que todos estamos cansados de las restricciones, que es primavera y el tiempo invita a socializar y que la gente joven necesita expansionarse. Pero no podemos tirar por la borda todo el esfuerzo realizado en este año largo que llevamos con esta enfermedad.

Al ver en las televisiones esos macrobotellones, lo primero que me vino a la mente es preguntarme: ¿cómo es posible que exista tanto energúmeno irresponsable? ¿Son tontos, irresponsables o las dos cosas todos esos jóvenes? ¿Son incapaces de ver las consecuencias de sus actos? ¿Hemos creado unas generaciones tan infantilizadas, tan egoístas, que no pueden controlar sus inclinaciones más básicas y primarias y su único móvil es hacer lo que les apetece en el momento? Quiero creer que no, vi a jóvenes criticando la actitud de sus compañeros y, en esas reuniones multitudinarias que hemos visto, no estaban todos los jóvenes de nuestra nación.

Ambiente en la Puerta del Sol de Madrid tras el fin del estado de alarma. / EFE.

Sí me gustaría hacer algunas consideraciones sobre los botellones, algo que hemos asumido a lo largo de ya bastantes años y que no deja de ser criticable, a mi juicio. El beber con las botellas en la calle surgió del principio de abaratar los costes, ya que el fin último no es estar con las amistades, hecho que no exige beber ni emborracharse. El objetivo final de esas reuniones ha sido, entre otros, beber en demasía, al menos colocarse, coger lo que dicen el puntillo o simplemente terminar borrachos, con las consecuencias que esos hábitos traen. Además del daño directo físico y sicológico que se produce en esas criaturas. Al hacerse en la calle, se molesta al vecindario en grado sumo con el ruido, los posibles altercados, daño al mobiliario urbano con sus repercusiones económicas y finalmente suciedad, ya que todo se tira al suelo, incluidos los desechos humanos, al beber, se orina, y las calles se convierten en urinarios públicos y basureros. En conjunto, un despropósito total.

Ya está bien de castigar a todos por los cuatro energúmenos irresponsables que la montan en las calles. Que sobre ellos caiga el peso de la ley, que el castigo sea disuasorio

Si dentro de unas semanas se produce un rebrote de los contagios, espero de las autoridades que no vuelvan a lo de siempre, lo único que les gusta y saben hacer, a confinar y a cerrar todo y echar la culpa a los ciudadanos. Los bares, cafeterías, restaurantes, ocio nocturno, tiendas, teatros, etcétera, no son los responsables de una nueva recaída. Ellos mantienen y controlan las distancias, el número de personas que comparten mesa, usan vasos individuales, no beben todos de la misma botella, usan geles desinfectantes y mascarillas. Hay que proteger la salud, pero no podemos arruinar la economía. Se puede salir, viajar y comer en la calle. No se contagia más a las doce de la noche en una terraza que a las tres de la tarde, guardando ciertas normas que todos ya conocemos. Basta ya de horarios sin sentido y cierres perimetrales. La mayoría de la población es responsable y se comporta de forma adecuada si dispone de una información clara y concisa. Ya está bien de castigar a todos por los cuatro energúmenos irresponsables que la montan  en las calles.  Que sobre ellos caiga el peso de la ley, que el castigo sea disuasorio, de forma que no les queden ganas de repetir. Pero que se permita al resto de la población, que se comporta de forma sana y lógica, recuperar una vida lo más normal posible.

Invito a las autoridades a evitar de forma contundente esas aglomeraciones sin medidas preventivas de ningún tipo en las vías públicas y a proporcionar una información sencilla y clara, cosa que no hacen. Dan muchos datos, cantidad ingente de cifras que aburren y desinforman y las normativas se multiplican en las diferentes autonomías, volviendo loco al ciudadano normal. Que los gobiernos central, autonómicos y locales asuman sus responsabilidades y no se limiten a culpar a la población de irresponsables, de niños pequeños a los que hay que tutelar siempre.

También invito a todos a recapacitar, a asumir nuestra responsabilidad y a no relajarnos en ciertas medidas que no son tan difíciles de cumplir y que nos pueden permitir ganar de forma definitiva la batalla al virus. Todo ello sin volvernos histéricos. Reconozco que una parte de la población de más edad y mayor riesgo, entre la que me cuento, han asumido el confinamiento y las restricciones hasta el extremo de defender casi un estado de alarma perpetuo. Posiblemente exista un componente de egoísmo y miedo, pero no podemos arruinar el país, ya que eso trae otras consecuencias perversas que incluso pueden producir más daño que la pandemia. En cualquier caso, quien no quiera salir de casa, tiene libertad para hacerlo.

Finalmente, recordar a los jóvenes aficionados a botellones y grandes aglomeraciones que, aunque la incidencia de esta enfermedad es menor entre ellos, eso no significa que sean inmunes y, de hecho, algunos han fallecido y otros sufren importantes secuelas, por lo que no pueden estar seguros de que a ellos en concreto no les va a afectar. Hoy martes, sin ir más lejos, los periódicos citan el fallecimiento por covid de un niño de seis años en España.


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