arboles caidos

Árboles caídos por la nieve en la madrileña calle Fuencarral.

Opinión

Elogio a los árboles caídos

Comparte este artículo:

Voy pisando brazos de madera, sorteando cinturas cuyas cortezas erosionadas recuerdan al carpintero que todo pájaro lleva dentro. Se fueron volando, huyendo de una nieve que no los hiciera merecedores de las cajas de madera que son expertos en hacer. Unas cajas de madera con vistas a la eternidad. Una habitación con vistas, donde el colchón de plumas se esparce por un suelo gélido, como los pies de un pingüino aburrido

No sabía que vivía en un bosque urbano. En una ciudad en cuya naturaleza está formar unos cielos de una pureza, que ni la heroína menos adulterada te puede hacer sentir. En este lugar, uno mira al cielo para colocarse y al suelo para marearse o volver a la realidad, que es lo mismo. Cuando uno es consciente de que toca el suelo, es que está más muerto que un pájaro trabajando en su caja de madera vitalicia.

Estoy en una ciudad de árboles muertos. A cada paso que doy, provoco una fractura de rama, de la que sé que no podrán quejarse, pero sí resquebrajarse. No habrá paz para el arbolado. Tumbados a la vista de todos. Tumbas que estarían hechas de ellos mismos. Más madera. Siempre será mejor que la incineración no elegida por sus hermanos, donde el fuego es demasiado humano.

Hay países que homenajean a sus soldados, que han muerto en el frente de batalla. La ciudad donde estoy debería hacer lo mismo con sus árboles caídos. Nos han cobijado de ese síndrome de Stendhal, cuando nuestra mirada se iba hacia el cielo. Esa guerra de las galaxias, cuya belleza no tuvo valor de rodar George Lucas. La naturaleza muerta al fin puede descansar y dar paso a los dibujos animados por los pintores de cielos inmóviles. Bodegones de nubosidad variable.

Canas demasiado frías

Árboles que no soportaron llevar encima unas canas demasiado frías. La nieve es una cosa que solo recuerdan los más viejos del lugar. Los niños juegan con ella, todo lo nuevo les estimula, les refuerza en su idea que lo que imaginan puede hacerse realidad, que el juego hay que llevarlo hasta sus últimas consecuencias, para no saber diferenciarlo del resto de momentos del día. Frozen tuvo más sentido para ellos, cuando jugaron con la nieve con la misma pasión que con los juguetes que les trajeron los Reyes Magos, y que al igual que estos, se han evaporado debajo de las camas y en los armarios. Lo único que no desaparece es la vejez y el frío. Siento mostrar mi optimismo por el futuro e intentaré no ser tan empalagoso en mis predicciones siguientes.

Las calles siguen arrasadas casi un mes después de la gran nevada. El chapapote de nieve se va limpiando de manera natural. Nieve negra como los cerebros congelados de Ayuso y Almeida, que les provocó una calculada inacción. Los que vivimos en esta ciudad invocamos a la lluvia cantándola y bailándola, como si todos fuéramos Gene Kelly. Esa película tuvo final feliz. Nos mojamos lo que no lo hicieron el alcalde y la presidenta. Los árboles siguen esperando a los que tienen la responsabilidad de darles el lugar que se merecen. No son mala compañía para un Madrid que no merecía ser nombrado en un artículo, que por desgracia no tiene nada de ficción. A fe que lo he intentado, tanto como los que aquí mandan.


Comparte este artículo:

Un comentario

  1. Avatar Lorena

    Exactamente. Nieve negra y estómagos destrozados. Un Madrid nunca antes visto. Tristemente sin preparación alguna para algo aunque predicho.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*