Retrato de Fiódor Dostoyevski (1872), por Vasili Perov.

Cultura, Opinión

El presente más próximo

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Hay que saber guardar la luz cuando llega el momento. Apagarla para que las frases solo se lean mientras duermes. El sueño de una noche de verano no debe escribirse. Se puede fantasear con la idea de hacerlo, de querer seguir coleccionando palabras que seguro que ya escribió en su momento ‘Guillermito’ Shakespeare. Pero a mí eso me da igual. Le he leído poco y quiero que se note. No es que esté orgulloso de ello, pero tampoco me flagelo por no haberlo hecho. Creo que nuestro tiempo es lo suficientemente interesante, como para sufrir un retraso tan evidente que me mande al siglo XVI

Quiero cruzarme de brazos y que me escriban. Que me cuenten los últimos 50 años de nuestra historia y, si tengo que elegir, prefiero que me cuenten la de este último mes antes que la de cualquiera del año 70 del siglo pasado, y de ahí en adelante. Y que lo hagan en formato de novela, que de ensayo y de textos periodísticos vamos servidos. Y está bien que esto ocurra, pero necesitamos más novelas que nos expliquen a nosotros mismos.

En la Guerra Civil española murieron más escritores de los que hoy se creen vivos, que Lorca y sus coetáneos. Una novela sobre la guerra civil es la demostración por escrito de que el escritor en cuestión ha decidido dejar de tomarse en serio. Todas las novelas del siglo XXI que tienen este tema merecerían su particular Fahrenheit. La hoguera de las vanidades no fue una película, sino una incineradora del mucho talento marchito que en España hay. En las novelas es donde debe estar la actualidad, y en los periódicos. Los artículos deben ir sobre lo que no pasa o sobre lo que se inventa quien lo escribe. Ir a la contra es lo que da sentido a las cosas. Cargarse sus sentidos hasta que estos caigan desparramados por el suelo, para luego tropezar con ellos y provocar la muerte ridícula. Lo que se espera solo puede provocar violencia. Mi añorado José Luis Alvite, se inventó el mundo del Savoy con sus personajes de papel y tinta, porque ya estaba el resto del periódico para contar mentiras a las que llamaban «noticias».

Nada tiene más verdad que la ficción bien contada

Nada tiene más verdad que la ficción bien contada. Ella puede explicarte de tal manera, que la radiografía de tu alma se convierta en el título de la novela que explique tu vida de una forma exacta. Francisco Umbral escribía novelas que para casi nadie lo eran. Como se sentía libre, él seguía a lo suyo, y como casi nadie sabe cuándo escribe el que esto hace, no pueden impedírselo. Se estaba contando a sí mismo, su realidad y sus ficciones, que en la vida de una persona tienen la misma importancia, cuando este es inteligente.

Adornar la realidad es algo necesario, mejorarla si es preciso, ensuciarla para darle el lustre que requiere, darle un morbo que solo vería una monja cuando un cura se sube levemente la sotana para atarse los zapatos. En las novelas hay que contar lo que nos pasa hoy, cómo hacemos el imbécil en las redes sociales, cómo nos pasamos el día mirando el móvil mientras la chica de enfrente, en el metro, te había sonreído o pensabas que lo hacía. No ver estos cielos madrileños que me acompañan con sus amoratados tonos, golpes dados por una belleza a la que no se le hace caso. Otras veces se tornan anaranjados y parece que se han comido al sol sin necesidad de esperar a que se enfríe.

La belleza ni tiene miedo ni espera a nadie

La belleza ni tiene miedo ni espera a nadie. Uno puede leer lo que ya sabe que le van a contar o esperar a que le cuenten lo que sabe que es, pero que nadie hace. Se debe leer pensando que se ha olvidado lo sabido, y si te recuerda a algo es que el tema y la forma han sido más manoseados que los principios de Toni Cantó, Rosa Díez o Jorge Verstrynge. Solo nos queda la huida ante lo obvio. Casi siempre es lo mismo. Hay que hacer un elogio del escapismo. Desaparecer sin avisar cuando lo que te encuentras es otra vez al señor Cotidiano con su canosa memoria olvidadiza que le hace repetir las cosas. Atrapado en el tiempo es una película de terror, seguramente de las que más miedo pueda dar de verdad. En ella, el personaje de Bill Murray repite cada día su misma existencia, anticipándose a lo que sabe que va a ocurrir. El día de la marmota es el preferido por los banqueros, políticos y demás sátrapas.

Ver todos los días Pasapalabra no nos hace más cultos, sino más siervos de un tiempo que nunca vuelve de la misma manera. El rosco que se lo coman los directivos de Antena 3 y que le dejen un poco a Vicente Vallés, que es el que viene después con su informativo imparcial.

En este verano que, por desgracia, ahora sí que ha comenzado, es un buen momento para empezar a escribir y leer novelas que nos cuenten lo que somos, lo que hacemos, nuestros miedos, nuestras esperanzas y esa complejidad solo la puede alcanzar un novelista o un buen lector de ellas. En los telediarios solo te cuentan la ficción interesada, lo interesante de la ficción se lo guardan para sus grandes sellos editoriales como Planeta o Alfaguara. Hay que vender lo que la realidad esconde en la mal llamada información. Nunca nos contarán la verdad y puede que tampoco la estemos buscando, pero sentirnos representados es algo que no debería ser algo tan difícil de conseguir. Los seres humanos no son consejos de administración ni ese concepto tan abstracto llamado los mercados. Estamos muy por encima de ellos. El desapego empieza a ser más que evidente. El movimiento es lento. Las tortugas fueron compradas por el enemigo hace tiempo, pero nuestro caparazón es duro. En él, solo debemos llevar novelas de autores contemporáneos que nos escriban a nosotros. Los que se creen que están arriba pensarán que sólo estamos leyendo unas nuevas Memorias del subsuelo. Voy a pasar el verano con Dostoievski para que así sea. No me busquen en el presente más próximo. 


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