mural hombre nuevo

Un mural con la alegoría del nuevo hombre.

Opinión

El nuevo hombre (tercer pergamino)

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Marx dijo que los filósofos sólo habían servido para interpretar las cosas, pero lo que debía hacerse era transformar el mundo

Yo -que continúo paseándome por esta arquitectura de mis muslos- mixto que esa transformación debe convocarse explícitamente tras un poderoso cambio de conciencia. Ya hemos argumentado en estos pergaminos que el sistema capitalista sólo deja entrever un estilo de vida que propone el trabajo, un salario y, como consecuencia, un fundamentalista consumo que la estructura del capital impone como único sentido de una existencia.

De modo así que es la mercancía la que arrolla cual plenamar pútrida el misterio del ser humano, provocando la ausencia de otra manera de vivir.

¿Qué es la vida?, se preguntaba Calderón de la Barca, bajo cuya estatua hoy yo pongo cinco palomas más. Seguramente todavía no hemos sido capaces de interpretar el qué, el porqué, el cómo y el hacia dónde de nuestra actuación y persistencia en el mundo. El capital nos ha acostumbrado a la posesión de objetos como una forma de estar a través de los tiempos. Ah, el objeto. El objeto como un incendio en Cerdeña, un suponer.

El objeto, en este sentido, se adelanta a nuestros mecanismos tanto de un tiempo presente como futuro. Sin objetos, el hombre deja de producir un placer que, en el fondo, se debe sintonizar como una avería o como un engaño. Esa gran mentira de la mercantilización de las cosas nos hace retroceder hacia la ausencia del verdadero sentido de nuestras vidas. La vida no es la posesión de una mercancía, sino algo mucho más trascendente. La transcendencia es la bella fama que duerme en nuestras cinturas.

¿Acaso no nos merecemos esta transcendencia? Es justamente esta trascendencia lo que nos es urgente asimilar y, por ello, nos es imprescindible implementarla ante estos actualísimos días en que toda retroacción alimentada por los señores y las madamas que cagan en váteres de oro rehogan esta escabiosa ética, la cual nos va apartando de este camino hacia la raza común en donde todos habitamos.

El hombre anda muy lejos de lo que fue

El hombre anda muy lejos de lo que fue, de lo que es, de lo que será. Trabajo, dinero y consumo componen la pirámide de un tiempo al cual no somos capaces de renunciar. Se ha creado tal filantropía -filantropía o mito o costumbre con salpreso- alrededor de ese sistema piramidal con que el capital enardece la historia que da la sensación que, saturnalmente, se ha originado un silbo del cual es muy difícil escapar.

Hete aquí, pues, que todo se nos televisa como una enajenación del mundo amarrada a las diferentes políticas económicas, las cuales, durante el estallido de la industrialización de finales del siglo XVIII, no se han detenido incluso tras todas aquellas guaguas tan plenas de inconformistas, temporalizando por lo consiguiente la aclimatación de la ciudadanía a una forma de convivencia que ya parte, como aquellos barcos que navegaron hacia las Indias en el siglo XVI, como colonización de nuestras mentes y de nuestras costumbres. Toda costumbre no es otra cosa que la reiteración de que no hay nada más allá de dicha costumbre.

El neocapitalismo conoce muy bien que esa invasión global necesita de un tenso poder extensible por todos los ámbitos, por todas las tierras, por todos los mundos. El mercado se inyecta así en la paralizada conciencia de todos los que asimilan la vida como algo imposible de cambiar.

Marx habló de la transformación del mundo. «Transformar el mundo», dijo. He ahí el mensaje que debe ser aplicado no como una vía de éxito, pero sí como una posibilidad al alcance de nuestras manos. Actuemos, pues, en esa sintonía de derrocamiento de la mercancía como único pensamiento viable para la estabilización del hombre. Porque es justamente esa estabilización la que disemina los movimientos rutinarios de toda vida humana.

La conciencia -vocablo para mí enhiesto y clave y violín y templo ateo-, pues, de la ciudadanía, en su ámbito mundial, debe proyectarse hacia su lucha contra el mercado, aun existiendo el mercado tras el cambio revolucionario que estamos estudiando. La concienciación de la multitud procura que el objeto sea producido desde los mecanismos justos de valoración de uso y de remuneración real de lo que el ciudadano emplea para tal fabricación. A partir de ese primer objetivo, debemos ser conscientes de que la vida no se realiza a partir de la observación abrumadora del objeto, el cual se diseña para entretener el pensamiento y no dejar salida a todas esas virtudes que se edifican, como cabañas de bambú, constantemente justo en el centro de la pasión del existir de toda mujer u hombre.


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