revolucion industrial

Una imagen de proletarios en la época de la Revolución Industrial.

Opinión, Política

El nuevo hombre (quinto pergamino)

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Marx dijo que la historia de todas las sociedades anteriores a la nuestra es la historia de la lucha de clases

A partir de ahí, a través de su Manifiesto del Partido Comunista, luego ampliado en El Capital, más sus otros textos sobre economía y política anteriores a estos libros básicos y universales, como Manuscritos económicos y filosóficos, Tesis sobre Feuerbach, La miseria de la filosofía -en contestación a Proudhon y su Filosofía de la miseria-, Teorías sobre la plusvalía, Salario, precio y ganancia, La ideología alemana y otros, se podrá crear, si somos sabios, el pensamiento del momento.

Aquel siglo XIX cargado de revoluciones, espejos de cambio, masificación de ideólogos, debates en los cafés o en los periódicos, propuestas divergentes, casi todas a raíz del proceso de la Revolución Francesa, todavía hoy propone básicamente sus teorías sobre los sistemas de producción, la explotación del proletariado, la lucha de clases, el uso del valor, la necesidad del componente revolucionario.

Marx aludía a que el capitalismo se había generado ya en la Edad Media con los siervos que rendían pleitesía a la aristocracia y a la monarquía, pero, desde que surgieron los burgos -donde ya se evitó la dependencia de las altas clases sociales y se inició el negocio o el mercadeo entre los que posibilitaban su propia economía entre ellos mismos-, el aspecto burgués comenzó a originarse.

Alude el borrachín judío, a su vez, que fueron el descubrimiento de América y las colonizaciones de África las que dieron como resultado la exaltación de una burguesía ya casi totalmente abigarrada. La navegación por los océanos, el Nuevo Mundo, los mercados con las Indias y Oriente generaron una riqueza que la burguesía tomó como propia, propinándose en este sentido la descomposición del sistema feudal y con él el elemento revolucionario.

La llegada de la mecanización

Sucedió el tiempo y aparecieron las máquinas, el barco de vapor, los ferrocarriles y la mecanización del trabajo, lo cual actuó como irrupción del capital en beneficio de los burgueses, que habían ahorrado para comprar sus industrias, y, como consecuencia, la aparición de la clase obrera, la cual, debido a la industrialización de finales del siglo XVIII, huyó del campo para integrarse en el modelo de lo industrial y lo mecanicista.

Los burgueses argumentaban que el proletariado provenía de la pereza y de la vagancia, y que el trabajo les salvaría de su pobre existencia. Nada más lejos. En pocos años, el obrero entró en una dinámica de explotación, de horarios extensos, de salarios infames, de la contratación de niños, mientras en sus míseras casas se reproducían el hambre, el agotamiento, las enfermedades y la imposibilidad de crecer como clase proletaria.

Marx pronto se dio cuenta de toda esta mala gestión de la industrialización y actuó en consecuencia. Llega a decir: «Tampoco la manufactura bastaba ya. Entonces, el vapor y la maquinaria revolucionaron la producción industrial. La manufactura fue sustituida por la gran industria moderna, la clase media industrial fue sustituida por millonarios industriales, los jefes de los ejércitos industriales enteros, los burgueses modernos». Marx bebía mucho, pero la lucidez de su pensamiento alcanzaba cotas jamás experimentadas hasta el momento.

Karl Marx se dio cuenta que, a lo largo de la Historia, siempre ha predominado una estructuración amplificada de la sociedad interpuesta por estamentos diferentes

Karl Marx se dio cuenta que, a lo largo de la Historia, siempre ha predominado una estructuración amplificada de la sociedad interpuesta por estamentos diferentes. Así, Roma se componía de patricios, caballeros, plebeyos y esclavos, mientras que, en la Edad Media, se situaban como clases sociales los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios.

Esta comparativa no varió con la llegada de la burguesía moderna, pues abolido el feudalismo, el comercio y la industria promovieron un uso de la mercancía global que dio como resultado el enaltecimiento de la burguesía urbana y la utilización de la clase obrera para implantar una nueva forma de clases diferenciadas. La burguesía de las grandes ciudades pronto se dio cuenta que el sistema de explotación feudal o gremial de la industria artesana y manufacturera de entonces había derivado hacia una localización del mecanicismo y de la inversión en las fábricas para obtener una situación social alta como hasta entonces los gremios -antecedente de lo burgués- jamás habían alcanzado. Mandaban los mercados y con ellos los que poseían el status quo de esos mercados.

Marx pronto adivinó que el proletariado -hoy precariado- era la masa misérrima a la que se debía hacer trabajar en las fábricas para que el capital se engrandeciera y el comercio se exportara a nivel mundial. Esa mundialización de la mercancía propició una rápida evolución de la industrialización que dio como consecuencia el enriquecimiento exultante de los inversores en la mecanización del trabajo. Mientras tanto, el obrero cada vez era más pobre y su situación familiar y personal agonizaba por entre los barrizales de cada ciudad, nación o continente.

Robert Owen había dicho sobre el proceso industrial: «No es sino un modo en que el hombre pueda poseer toda la felicidad que su naturaleza puede poseer, a través de la unión y la cooperación de todos en beneficio de cada uno».

«¿Quieres saber lo que es la libertad? No ser esclavo de ninguna cosa, de ninguna necesidad, de ningún azar, reducir la fortuna en términos de equidad», expresó Séneca. Marx fue un inmenso lector, estudió Derecho y Filosofía, en Bonn y Berlín, adquirió las enseñanzas de Hegel y formó parte de los Jóvenes Hegelianos, aunque pronto se dio cuenta que Hegel y su dialéctica asumían al hombre como una norma idealista y no desde el punto de vista materialista. Por ello, escribió su Crítica de la filosofía de derecho de Hegel. Sin embargo, en su tesis Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro se aproximó más a Epicuro, aun atendiendo más a la postura del concepto de idea epicureísta antes que al determinismo y la definición de materia de Demócrito.

Eran tiempos de cambios en la mente de Marx. Por eso la crítica marxista habla de dos Marx: el hegeliano y sus idealismos de juventud y el maduro, ya más reflexivo y contundente en su defensa del socialismo científico. Marx, en su destierro de París, ya despierta y conecta directamente con su proyecto de transformación del mundo. Conoce perfectamente que la burguesía sólo es el producto de un incesante proceso evolutivo de una serie de revoluciones en el modo de producción y de tráfico. El sistema productivo y la explotación de la clase trabajadora se convertirán en su obsesión ilimitada y sobre la que pensará y escribirá constantemente procurando que se origine desde su reflexión una convulsión a corto o largo plazo del obrerismo que posibilite el cambio de la Historia.

Este cambio se fundamenta en la alteración de los tiempos reales por un humanismo más concentrado y más digno que nos conduzca a una existencia más placentera y más gozosa, donde el honor sea respetado y el valor del individuo alcance el punto equilibrado al que debe ser su proporcionable destino.

Marx, en su tiempo, mientras vivía exiliado en Londres y ya había con anterioridad conocido a Engels (de quien vivía gracias a los préstamos de dinero que le hacía éste para ayudarlo en su día a día) ante la idea que pudiera llevar a cabo su proyecto revolucionario -no olvidemos que junto a Engels escribió sus obras básicas, esto es, el Manifiesto del Partido Comunista y El Capital, además de La ideología alemana, La sagrada familia y La guerra civil en Estados Unidos-, ya se dio cuenta que la burguesía había denigrado todos los oficios que hasta entonces se consideraban sagrados, como la medicina, la jurisprudencia, la iglesia, la poesía y la ciencia, a los cuales fagocitó e hizo suyos.

El capital había impuesto su propia revolución desde los instrumentos de producción y las relaciones sociales que se establecen entre éstos. El burgués era consciente que el tejido productivo podía ser inabarcable y, dada su codicia, extendió sus redes por todas las partes del planeta. Adquirió la fórmula de expandirse por doquier, de modo que la acumulación de riqueza no tuviera límites. El capital, de este modo, se había convertido en un monstruo sin metas y sin terminaciones, allá donde el excedente, producto del trabajo no remunerado, pudiera establecerse justo donde se enviaba.

Esta circulación de mercancía desarrolló un tiempo nuevo donde el consumo reformuló su convencionalidad y se disparó de una manera desmesurada. Las mujeres adineradas ya no se compraban un sombrero, sino cuatro; a los hombres no le bastaba con dos pares de zapatos sino cinco; a los adolescentes se les mandaba a las escuelas privadas religiosas, con todas las compras efectuadas anteriormente en las tiendas de las ciudades. Los burgueses viajaban en ferrocarril y en barcos, y ocupaban su ocio de una forma más ventajosa que la del proletariado, el cual, mientras el productor viajaba, seguía en las fábricas, pues no existían días de descanso y los horarios eran extremadamente largos.

Marx comprendió enseguida que todo esto necesitaba un estudio y sobre toda una praxis. No bastaba con la reflexión, sino que era necesario un vitalismo revolucionario que, efectivamente, posibilitara la transformación del mundo.

Charles Fourier dijo: «El espíritu de propiedad es el más fuerte aguijón que conocen los civilizados; se puede, sin exageración, estimar en un doble del trabajo servil o asalariado el producto del propietario». Marx alertó que la evolucionada clase que venía de los burgos de las ciudades feudales había encontrado en la industrialización su eficaz desarrollo, evolucionando, gracias al mejoramiento de todos los instrumentos de producción, los cuales debían ser asistidos por la velocidad conseguida gracias al progreso de las comunicaciones, hacia el restablecimiento de una nueva civilización por todas las naciones, incluidas las más bárbaras.

Para ocasionar esa civilización en los países donde todavía se afincaba la barbarie, la burguesía no rehusó de utilizar todas las mercancías de guerra para ocupar los lugares en donde congraciar toda su mercadería.

De este modo, la colonización se produjo como una forma más de la nueva civilización, a costa de crímenes, invasiones, explotación del bárbaro, secularización y occidentalización del mundo. El burgués nunca tuvo límites. Las máquinas le ofrecían todo ese espacio necesario para la ocupación y el desarrollo. El capital debía extenderse como una hidra sin atender a sus posibles consecuencias, y dentro de la más ilimitada crueldad. El burgués, para Marx, era cruel.

Las temidas crisis financieras

Ya Marx adivinó cuál sería el primer problema del capitalismo. Lo anunció con claridad y da la impresión que todavía no nos hemos dado cuenta. El ciclo del capital, desde su intervención de crecimiento hacia lo absoluto, a base del proletariado y un sistema de producción inabarcable en todo el planeta, mientras la historia de la industria genera y regenera mercancía sin atender a la fiabilidad de la sostenibilidad, llega un momento en que colisiona consigo mismo y tal ciclo ocasiona una llegada sin retorno, una oposición contra sí mismo, una respuesta adecuada a la ambición, al poder, a la extravagancia, al egoísmo, a la propia industria, al capital. Estamos hablando de las temidas crisis financieras.

La historia del capital, desde el feudalismo, ha concurrido en desbordamientos económicos difíciles de manejar. Cuando se estira tanto la cuerda, ésta llega a romperse. Marx definió esta convulsión financiera como «una epidemia social», puesto que afectaba sobre todo a las clases más humildes y a los trabajadores que pasaban de tener un empleo a derivar al desempleo o a que se bajaran sus salarios o a que las políticas sociales disminuyeran. El capital, cuando surgía una crisis, siempre permanecía inalterable y el efecto del caos no se organizaba alrededor de la clase burguesa, sino, muy al contrario, en los que habían sido los causantes de que el sistema de producción se desbordara: el proletariado.

Las crisis económicas, o lo que Marx a su vez definió como «la epidemia de la sobreproducción», asestaron en el siglo XIX intensos golpes a la socialización del trabajador, creando una plataforma de consecuencias que derivaban desde la presión fiscal, la falta de alimentos, la ausencia de la salubridad, la constancia permanente de las enfermedades, las migraciones, el exterminio de toda una clase social (la más humilde), las medidas más austeras desde la politización del mercado y el ahogo de la educación -pues los niños eran utilizados para salvaguardar la falta de salario, de alimento, de habitabilidad-. Así fue organizándose, todavía más aceleradamente, lo que ya existía, es decir, la precarización absoluta de la clase obrera, que era la que sustituía con el arpón clavado en su cuerpo la devaluación de la modernización de la industria.

Pero las crisis pasan en el sistema del capital y vuelve todo otra vez a empezar. ¿Cómo? Marx lo explica así: «Como consecuencia de la expansión de la maquinaria y la división del trabajo, el trabajo de los proletarios ha perdido todo carácter autónomo y, con ello, todo atractivo para el obrero. Éste se convierte en un simple accesorio de la máquina, al que sólo se le exigen las operaciones más sencillas, más monótonas y de más fácil aprendizaje. Los costes que origina el obrero se reducen, en consecuencia, casi exclusivamente, a los medios de vida que necesita para su manutención y para la propagación de su raza. Pero el precio de una mercancía y, por tanto, también el del trabajo, es igual a los costos de producción. De ahí que el salario decrezca en la misma medida en que aumenta el lado desagradable del trabajo. Más aún, en la misma medida en que se incrementan la maquinaria y la división del trabajo, se eleva asimismo la cantidad del trabajo, sea por aumento de las horas de trabajo, sea por incremento del trabajo exigido en un tiempo dado, por aceleración del movimiento de las máquinas, etc».

En resumen, lo que intento expresar aquí es que fue Marx quien alertó de la potenciación del capitalismo y de sus consecuencias.

Mi final aforístico es el que sigue: ¿acaso lo que predijo Marx no está en esta segunda década del XXI mejorando su mímesis y cercenando los pechos y el sexo y este mundo global en donde el radicalismo neocapitalista ha conformado un plan de revolución violenta con tal de derrocar para siempre la salvaguarda de la madre tierra y a nosotros, que, al fin y al cabo, somos sus hijos en herencia?

¿Cuándo vamos a despertar y, desde la acción de la palabra y la solidaridad de las civilizaciones, estaremos dispuestos a detener este averno que, en estos últimos tiempos, ha sido capaz de trepar con armas de fuego por el Capitolio de lo que pensábamos que era la mejor democracia hasta ahora conocida?

Levantémonos de nuestros sillones, dejemos de ver la televisión y volvamos a pensar que quizá Karl Marx algo de razón tenía.

Tú, joven, tú, anciana, tú, votante del conservadurismo más radical… Salid de vuestro sueño de opio y emplead vuestra humildad para que no volvamos a sentir el dolor como en esta pandemia inacabable.

¡Es que hay tantas pandemias! Que cada uno o una reflexione sobre la que padece.


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