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Una persona se libra de sus cadenas.

Opinión, Política

El nuevo hombre (cuarto pergamino)

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El nuevo hombre revolucionario será aquel que, desde la conciencia -violoncello de toda bienandanza-, asimile todo lo que le rodea y lo aproveche al máximo

Cada día se presenta como una reacción ante lo que ahora vivimos o nos hacen vivir, es decir, la concepción absoluta de que somos pensamiento y naturaleza, porque -no lo dudemos- es el ocio el que necesita acostumbrarse a dedicar la mayor parte del día el ser asido por las manos y, de ese modo, elaborar nuestras más íntimas pulsiones, nuestras más profundas convicciones. Todo hombre es dueño de su tiempo y es al tiempo al que debe observar, entregándose por completo a él, extrayendo de él todo lo realmente humano y todo lo extraordinariamente divino -entendiendo por divino no una religión, sino un idealismo panteísta-.

El hombre revolucionario precisa abandonar esa alienación afín al economicismo. Para ello, urge consular y socializar su conciencia hasta despojarse de todo aquello que lo arrolla, que lo envejece, que lo abate.

En este tercer milenio imagino, mientras canto aquello de Lennon, que es necesario que cada uno sepa qué es lo que le produce placer, gozo, distracción, comunicación consigo mismo, afiliación a la filosofía hedonista y tiempo libre para intentar definitivamente estar feliz.

El capital no produce felicidad

El capital no produce felicidad. La revolución de un nuevo marxismo persigue como primera meta el encuentro del hombre consigo mismo y la alegría y la ilusión como totales acompañantes del día a día. Amanece que no es poco. Natalie Wood baila sobre nuestros hombros sin apenas darnos cuenta de ello.

Esta conciencia o reinvención no se armonizan en dos años, ni siquiera en una década, pero estoy casi seguro de que es cierto este, mi viburno, no literario sino realísimo a la hora de proponer este olor blanquecino sobre la felicidad del hombre atendiendo a la idea revolucionaria.

¿Para qué hemos venido al mundo? Diríamos que para estar felices. Entonces, ¿por qué esperar más? ¿Por qué seguir instalados en un sistema que sólo reproduce dolor, infamia, desigualdad, manipulación, explotación, ausencia de dignidad, deshonor, dependencia del capital?

La conciencia revolucionaria solicita el proceso histórico que nos conduzca hasta La Nueva Armonía de Robert Owen, fundador del socialismo utópico galés. Owen optó por la cooperativa y la educación de sus obreros, bajando el tiempo de trabajo y produciendo lo necesario para que su fábrica funcionara alejándose de todo tipo de excedentes. El proyecto fracasó, pero las reuniones de Owen con los nuevos socialistas, entre los que estaba un joven Engels, anunciaron un nuevo estilo de vida que recogería Karl Marx ateniéndose al estudio de un pensamiento científico y dialéctico. La errata de Marx fue basar de entrada sus conocimientos en el pensar de aquel coñazo que fue Hegel basado, a su vez, en el principio de los conocimientos de Hegel, pues sucede que el kantiano Georg Wilhelm Friedrich Hegel únicamente presidenció un confuso análisis de lo social, lo político y lo económico a partir de ese pañal idealista que fue lo Absoluto. Y lo Absoluto debe absolverse absolutamente.

Marx, reitero, no intentó otra cosa sino una evaluación de la conciencia. Es la conciencia la que permite toda actitud revolucionaria. Ocurrió así que Marx se mantuvo cabreado con la dialéctica hegeliana tras adquirir los originales conceptos derivados del estudio de la Historia, la Economía, la Filosofía y la Sociología que hoy todos hemos leído.

Por ello, la conciencia debe sustituir el socialismo utópico de Owen, iniciado por Tomás Moro, y remontar las ideologías estudiadas desde el contexto de estos tiempos modernos, hasta evitar el utopismo y evolucionar hacia la acción y la praxis. Todo proyecto revolucionario debe aspirar a su puesta en práctica. Por el contrario, todo pensamiento como reactor de un nuevo marxismo sólo permanecerá en la resistencia y, por lo tanto, en su propia decadencia.

La concienciación del ciudadano estudiará todas las posibles causas que reordenen el caos producido por el capital. Contra el capital es necesario un análisis universal de transformación que opte a una realidad distinta y a una salida eficaz de esta herida convulsiva que nos ha conducido durante siglos -desde el feudalismo hasta la globalización económica- al fracaso.

El neocapitalismo ya ha obtenido su propio fracaso y una supuración de la decadencia. El capital es el parlamentarismo obsesionado con una mala y nociva ocultación escondida bajo esa trinchera que hoy seguimos denominando democracia.

Frente ante esta decadencia, es necesario el estudio de los distintos pensamientos de las revoluciones sociales del siglo XIX, que se originaron a partir de la Revolución Francesa. Campanella, Bonnot de Mably, Saint-Simon, Fourier, Cabet, Babeuf, Blanqui, Feuerbach, Bakunin y Proudhon, por solo citar algunos nombres que están entre la utopía, el revolucionarismo o la anarquía. La conciencia de un pensamiento crítico, en estos precisos momentos en que se tambalea el economicismo feroz, debe ocasionar esta apuesta por la vida que desemboque en otra vida que sea visible entre la ciudadanía global.

Afortunadamente, o quizá no tan afortunadamente, la tecnología permite que este espíritu de conciencia viaje de forma inmediata a través de todos los pueblos, y a partir de ahí se puede aclarar la idea de que los pueblos manejen la información para adquirir una forma de revolución social que no sea otra sino la aclimatación del nuevo marxismo del que estamos hablando. Empero, mucha cicuta a esta forma de pensamiento único que circula por estas almadrabas sociales que son las grandes corporaciones tecnológicas. Ya me entiende la lectora, que suele ser más avispada que el lector.

Marx apeló a la humillación de la clase trabajadora por parte de lo que él denominaba como burguesía -hoy esa burguesía se ha reconvertido en la también denominada clase media, cada vez más en peligro de extinción-, la cual se beneficiaba de las ganancias obtenidas por el manejo de la industrialización, esclavizando y explotando a los obreros, a los cuales se les imponía un estilo de vida deplorable, muy próximo a la miseria, a la proscripción social, a unos horarios de trabajo abusivos que eran los que proporcionaban a una velocidad vertiginosa la riqueza del burgués a costa de la represión, la anulación del hombre como hombre, en definitiva, una vida urbana defenestrada y sucumbida ante la ausencia de educación, de privilegios sociales, y, como consecuencia, la aparición del espanto de la insalubridad y del esclavismo, es decir, el aprovechamiento indigno de la inmensa masa de trabajadores del mundo entero. No estamos ante una lucha de clases, en caso tal, ante un combate naval entre civilizaciones.

Dicho combate naval, anal e invisible, después de estudiar a Marx a fondo, en estas primeras décadas del siglo XXI y del inicio del tercer milenio, sigue perpetuándose y desarrollándose quizá como jamás hubiera ocurrido. El obrero continúa siendo explotado desde los sistemas de producción económicos, desde la oferta de capital que recibe y desde el afianzamiento de la plusvalía que todavía, después de tantos años, no hemos sido capaces de derribar.

El neocapitalismo ocasiona, en estos momentos, los mismos errores que la industrialización inglesa

El neocapitalismo ocasiona, en estos momentos, los mismos errores que la industrialización inglesa, con teóricos como Adam Smith o David Ricardo, a los cuales Marx estudió para su tesis universal sobre el socialismo. Pero Marx, entendemos, nunca fue profundamente comprendido en su plenitud. Sus libros -como ya tinté en mis anteriores pergaminos- necesitan de una nueva interpretación y de un nuevo desarrollo de sus contenidos revolucionarios. Marx, en el siglo XIX, fue una equivocación para los pueblos que hallaron en él el mensaje urgente para imponer las gestas revolucionarias desde la violencia.

El nuevo marxismo lo que intenta es abandonar la violencia y profundizar en la concienciación de las masas como beneficiarias de una alternancia de transmutación de las distintas civilizaciones, las cuales deben reducirse a una sola. Un amigo poeta de Moguer, Antonio Orihuela, escribió estos versos:

Este río que nos mira

es mi río sin fin de la conciencia fluida

que se hace río, se hace yo, se hace tú.

Este árbol bajo el que te espero

son mis pulmones

y yo respiro porque él respira,

porque tú me respiras existo yo.

Me echo sobre la tierra como sobre tu vientre

y aquí y allá afuera se hacen dentro,

cuerpo extendido, vibración, mundo espejo.

Abres el corazón,

caen los frutos,

sucede que despiertas.


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