apagon

Un apagón en una gran ciudad.

Opinión

El más bello de los apagones

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Antes de cenar, la oscuridad ya me ha comido. El silencio de la noche se cruza con el rayo que no cesa. Nada puede explicar de mejor manera que esté mirando al microondas. Yo solo entrego la cuchara al artificiero. Me gustan los fuegos artificiales que no entran en mi casa y algunos ojos que los miran desde dentro. Todo lo que luce en pasado brilla en mi presente. No hay idioma universal que una tanto como no saber qué decir. No tener herramientas con las que defenderse para explicar esta noche autodidacta

Pero mientras escribo, la noche parece que la escribiera Stephen King. Nada puede dar más miedo que alguien que pretende encontrarle sentido a este agujero donde caen las palabras encendidas. Al abrir el microondas, el plato continuaba allí. Un dinosaurio había dejado sus huevos estrellados contra el plato. Parecía el champú Johnson que muchos niños utilizamos en su momento. Seguían sin picarme los ojos, pero la sangre los coloreaba con la fuerza de ese distinguido y extinguido animal. Nunca me ha interesado nutrir mi cabello, solo cuando voy a la peluquería a intentar deshacerme de él.

Stephen King está claro que no me ha enseñado a escribir, aunque yo siga temblando por el frío que me dejan las frases con las que el Doctor Sueño no me deja acostarme. No veo a nadie cuando la noche sólo se ha alimentado de la página en blanco. Uno escribe para que le quiera la soledad. Practicar el desapego con las manos que solo buscan las caricias cuando las mías se encontraron con sus guantes y buscaban otro tipo de corriente alterna. Escribo para no recordar ciertas cosas. Mis palabras escritas son expertas en ordenar mis olvidos de manera que los hacen más evidentes. Ojalá olvidara lo que escribo y recordara todo lo demás. Pero eso tampoco es así.

El resplandor de la noche choca contra mi ventana. Toca la pantalla de mi ordenador provocando un apagón inverso. No hay oscuridad como la que provoca una sobredosis de luz. La madrugada me alimenta de leche y galletas. Otros les dan a las teclas bebiendo vino o vodka, pero para llamar a los monstruos yo solo tengo que volver a la infancia. Debajo de mi cama guardo el bar junto a las motas de polvo que dejaron los cadáveres que quisieron morir en mi corazón. Si sale el sol, solo será testigo de una fila india de las migas de las galletas. La Vía Láctea se esconderá debajo de mi cama, en un firmamento de muelles destrozados, mordidos por la mala saña de un perro que sigue tumbado por su falta de huesos.

Soy tan consciente de esta belleza que me está rodeando que solo quisiera que desapareciera. Despertar de la realidad es la peor pesadilla. Ahora que están hablando de que puede haber un gran apagón a nivel mundial es cuando el mío ha encontrado todo su sentido. Yo hace tiempo que me quedé sin suministros. Mi vida se apaga cuando amanece el día para los que dirigen nuestros pasos. El poder político y el económico se quitan las legañas con mis sueños y acabarán en el mismo sumidero. El poder siempre huele a perro mojado, aunque al contrario que este, sea el peor amigo del hombre. Yo solo creo en las jerarquías horizontales y de las camas, donde sí que todos somos reyes.

Pero el sol sigue sin salir y, en la pantalla, estos signos hormigueantes se me suben por los dedos. Mis palabras son cada vez más cortas, no eran hormigas, sino termitas hambrientas por salir de este bosque donde me he metido. Si al final el apagón se lleva a cabo y nos quedamos sin poder hacer los regalos de Navidad, me alegraré muchísimo. Quiero que el alcalde de Vigo sea el gusiluz que ilumine las tinieblas de su ciudad. Un muñeco fantasmagórico y populista a partes iguales. Ojalá Iván Ferreiro fuera el alcalde de esa ciudad. El fin de la eternidad tendría más sentido, además de ser el título de una de sus mejores canciones.

Un pequeño ente brillante se cuela por una de las rendijas de mis persianas. Parece un insecto, pero carece de alas. Me hace sentir una vibración en el pecho, pero su sonido no es chirriante. Ojalá fuera un mosquito, pero estos solo aparecen en verano para darme la razón de que esa estación es infernal. La felicidad podría ser un ave invernal que te da una microscópica llama de luz. El ser sin estar. El estar sin sentirse estrella. La estrella que vuela hasta esa rendija para guiarte hasta la cama.

Sigue sin verse nada, pero es una sensación placentera. No tengo provisiones de nada. Sigo comprando leche y galletas.

Despertarse es darse cuenta de que no has escrito nada. Que no eres nada. Que no tienes nada. Que la leche y las galletas no son gratis. Que hace ya bastantes meses que tuve que vender mi ordenador. El último día que lo utilicé, encenderlo se convirtió en el más bello de los apagones.


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