mano frio

Imagen que evoca el frío.

Opinión

El calor imaginado

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Hacía días que no iba a la biblioteca. El calor hace que la lectura se convierta en papel mojado. Cuando hace calor, prefiero ocupar mi tiempo en imaginar que no lo hace. No lo consigo, pero al menos el tiempo vuela gélido sobre mis sueños. Pájaros de hielo con relojes en los ojos. Un parpadeo es un segundo que separa el ocaso del amanecer

En la biblioteca cojo el ascensor para ir a la quinta planta. Es mi favorita. Es la última y la que está menos llena. Parece que a la gente le cuesta llegar hasta ella. Quienes suben por las escaleras se rinden antes de coronar esta cima. A esta planta solo se llega volando. Las puertas se abrieron. El aterrizaje hubiera sido tranquilo, como casi siempre lo era, si no hubiera sido por la chica que huía del frío. Hacía días que no la veía. Desde que el calor nos separó. Al abrirse las puertas del ascensor, ella estaba fuera esperando para bajar. Me sonrió como si me conociera ante mi sorpresa inicial. Era alta, morena y con unos helados ojos azules. Se metió en el ascensor buscando planear de manera descendente hasta llegar a una realidad demasiado terrestre. En ese descenso, mi memoria emergió como el ave fénix guiada por la chica que huía del frío.

El último día que había ido a la biblioteca no había hecho el calor de estos últimos, pero de la misma manera habían puesto el aire acondicionado demasiado fuerte. Se trataba de aparatos individuales distribuidos por la sala. Irónicamente, los únicos asientos libres eran los que estaban pegados a los aparatos. Yo me estaba dando cuenta cómo la chica cambiaba de asiento, pero en todos estaba a disgusto y pasando frío. Mientras tanto, yo seguía con mi libro. Quería ayudarla, pero también terminar mi lectura. Sólo me quedaban escasas diez páginas. Y encontré la solución salomónica. Acabaría el libro y después le cedería mi sitio exento de ese aire frío tan molesto a aquella chica alta que se revolvía incómoda en los múltiples asientos que utilizaba. Así lo hice.

El asiento de la discordia

Terminé un libro que terminó por no gustarme. Puede que estas últimas páginas las leyera demasiado rápido. Sin disfrutarlas, sin que se asentaran en mi mente como sí lo habían hecho las restantes. Podía haberme levantado y haberle cedido el asiento a la chica y terminar mi libro tranquilamente en un asiento de cualquier otra planta. Pero no lo hice. Estaba cómodo, aunque mi cabeza parecía que no lo estaba. Una comodidad física que se llevó por delante la mental. «Son solo quince minutos», me decía. La chica podrá soportar un poco más ese frío que le obligaba a ponerse esa chaqueta que llevaba y que todavía era necesaria aquella semana durante las mañanas. Pero, a partir del mediodía, la manga corta se imponía hasta ignorar por completo esas prendas que le habían salvado de esos típicos constipados de estas fechas.

Me levanté de mi asiento con la duda de si le estaba haciendo un favor al cederle mi sitio o si era un egoísta por ofrecérselo cuando yo ya había terminado de necesitarlo. No tenía ninguna obligación de hacerlo y mucho menos de ir hasta su asiento y decirle que se sentara en mi asiento. Pero es lo que hice. «Me he dado cuenta que estás pasando frío», le dije. «Siéntate en mi sitio que yo ya no lo necesito». Ella me sonrió y me dio las gracias. Me preguntó si realmente no lo necesitaba más y que no pasaba nada si seguía utilizándolo. Me reafirmé en que no lo necesitaba y se lo cedí encantado. Ella volvió a sonreírme con dulzura.

Cuando la he vuelto a ver hoy, al salir del ascensor, había olvidado aquel frío. He buscado el asiento que le cedí aquel día, pero estaba ocupado. Solo estaba libre el que ocupaba ella cuando le dije que ocupara el mío. Sobre el asiento solo estaba su chaqueta, más sucia y arrugada. Nadie se sentaba en él desde aquel día. Y eso que era el único que estaba libre. Me abracé a uno de esos aparatos polares, pero el sudor empapaba mi frente cada vez más. Cuando me desperté, el charco en el que me había convertido permanecía junto a la silla.


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