Movimiento 15M

Una imagen del Movimiento 15-M en la Puerta del Sol.

Opinión, Política

Deuda pública

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En pocas palabras, la deuda pública es el conjunto de deudas que contrae un estado para financiarse (financiar su salud, su educación, defensa… en definitiva, financiar todo lo que se paga con dinero de las arcas públicas). Existe desde la época feudal, cuando los reyes o la nobleza solicitaba préstamos para sufragar, por ejemplo, sus campañas militares, sus expediciones, etc.

En aquella época de absolutismos en la que los gobernantes se establecían por designio divino, la decisión de que un estado contrajese o no deudas se tomaba, tal como el resto de decisiones, según el discernimiento del monarca de turno. Era lo que había.

Con el paso del tiempo y la sucesión de los regímenes, haciendo un fast forward sobre la peli de la historia llegamos hasta nuestros días, para encontrarnos con una Europa que se erige y asume como bastión de la democracia y las libertades. Atrás han quedado, para júbilo del ciudadano moderno, los ominosos dirigentes, las decisiones en la penumbra, revoluciones, guillotinas y alguna que otra guerra mundial.

Sin embargo, algunas figuras como la del caso que nos ocupa, la deuda pública, han permanecido a través de los siglos como si se tratase de un elemento vital para la supervivencia de los estados.

Emisiones de deuda

Cuando toca realizar emisiones de deuda, el aparato del estado se apresura a mostrar la cara amable del gasto público: educación, salud, pensiones, fuerzas de seguridad, justicia y defensa. Entre las rejas de las alcantarillas se ocultan entonces las concesiones en sanidad a entidades privadas que maximizan su facturación al estado minimizando los servicios prestados, las adjudicaciones a empresas de la red clientelar afín a cada gobierno nacional o regional y sus consiguientes favores al partido o dirigente de turno, para no hablar ya de las subvenciones directas o indirectas a medios de comunicación nacionales y regionales que sirven para atarlos en corto, o bien de las propias dotaciones económicas y privilegios de los partidos, los gobernantes, los sindicatos… (a no perder la entrevista a Roberto Macías, ex miembro de UGT, publicada por EL LIBRE). Todo esto y mucho más también es gasto público que corre a cargo del contribuyente. Todo esto lo está pagando usted.

Y nadie le ha preguntado su opinión. El circo parlamentario, por medio de los altavoces que ofrecen los medios acólitos a cada facción política, supuestamente enfrentados encarnizadamente, no dejan de ofrecernos material superfluo para mantenernos ocupados discutiendo futilidades.

Figuras como Cayetana Álvarez de Toledo, Pablo Iglesias, Espinosa de los Monteros, Rufián, etc., son perfectas para lanzarnos titulares y azuzar a las masas mientras ellos continúan llevándoselo crudo por la puerta de atrás.

El pueblo entra al trapo, muerde con toda su rabia el muñeco acolchado mientras las élites continúan desangrando las arcas. Y si hace falta, se emite deuda pública para continuar el festín. Nadie les va a pedir cuentas. A nuestro favor diré que en una ocasión sí les tuvimos contra las cuerdas, fue durante el 15-M. Lamentablemente, las oligarquías fueron ágiles: reunieron a unos jóvenes ávidos de poder que nos convencieron de que serían diferentes, les creímos, fundaron un partido y todo se disolvió, las aguas retomaron su cauce y hasta hoy.

Cuando se emite deuda pública, el Estado ingresa más dinero que distribuye haciendo frente a sus diferentes gastos, facturados en buena parte por aquellos que se esconden en las alcantarillas. El aparato clientelar del estado se enriquece, y quien devolverá el dinero a los acreedores serán los trabajadores, los consumidores, el contribuyente. ¿Se entiende por qué desean todos el poder tan ansiosamente? Es simple: para elegir su red clientelar y enriquecerse de manera ilegítima a costa del contribuyente.

Anualmente se genera una gran expectación en relación a la aprobación de los presupuestos en el Congreso, pero la auditoría de las cuentas queda en segundo plano, para no hablar del pedido de responsabilidades a los gobiernos que no consiguen cuadrar presupuestos y recaudación. Cuando el día de mañana los acreedores llamen a nuestra puerta, ¿qué cree que harán las élites que se han estado enriqueciendo hasta ahora? Ponerse a millas, efectivamente. Y ¿quién cree que tendrá que trabajar duro por poco dinero para rendir cuentas? Ajá, los de siempre, los currantes.

Tomar partido

¿Entiende entonces por qué no tomar partido no es una opción? Este problema no es un problema de una aldea, de una provincia, de una región, ni siquiera de un país. En buena parte de Europa ocurre algo similar, con sus matices. Lamentablemente, no podemos esperar que nuestros partidos nos lo resuelvan y nuestros sindicatos, menos. Unos y otros son los herederos de aquellos afrancesados que, mientras disfrutaban las magnificencias del nuevo imperio, permanecían ciegos a las violaciones que sufría el pueblo. Tal como entonces, tendrá que ser el pueblo quien retome las riendas de su destino. Y el pueblo es también usted, y lo será o para decirles “basta” o para pagarles la cuenta. Decídase.


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