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Una típica avenida de Los Ángeles (Estados Unidos).

Opinión

Cruce solitario a L. A.

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Todos los jóvenes de la década de los noventa soñamos, los más altos y los bajos, los rubios y los morenos, los flacos, los gordos, los feos, los apuestos, todos sin excepción soñamos en algún momento de nuestra juventud con ir a L. A.

Soñamos que reuniríamos el coraje de dejar un día nuestra ciudad para cruzar el mar en compañía de una rubia cuyo pelo bien podría ser castaño o moreno, eso era lo de menos. Cruzar el mar a fin de cuentas en la compañía de nuestra incondicional pasión de adolescente. No había Cadillacs, ni siquiera solitarios. Imperaban en nuestras comarcales los vespinos y las Derbis Variant, normalmente sin casco ni seguro. Los más afortunados iban con una FDS o una Rieju, pero eso era ya otro nivel.

Algunos, la mayor parte de nosotros o quizás los más afortunados, le cantamos a ese sueño cerveza en mano, desafinando y desgañitándonos, abrazados a un amigo que ahora está lejos. No eran locuras de juventud, aunque eso nos han dicho que debemos creer. En absoluto. Era el sentimiento que cruzaba de alto a bajo un país, calando en la juventud de final del siglo XX tal como ya había calado antes en la juventud de tantas generaciones previas. Una visión clara que todo joven tiene en nuestra tierra, la certeza de que la libertad queda en otro sitio cualquiera, tal vez al otro lado el mar.

L. A. lo llamábamos entonces. L. A. era el lugar donde los sueños no tenían coto. Un lugar donde quizás la justicia funcionaría de manera rápida y equitativa, donde quizás las fuerzas del orden apostarían por una cercanía pedagógica, integradora, reservando la coerción a circunstancias puntuales.

El sendero a L. A.

L. A. era ese lugar donde se podía soñar, emprender proyectos y confiar en que el fracaso no sería más que un paso más, necesario, en el camino hacia el éxito. Un lugar en el que triunfar no dependería ni del apellido con el que se nace ni de los contactos que se cultivan con favores en la sombra, un país en el que un embustero o un tirano jamás podría ser alguien respetable, mucho menos presidente, diputado o alcalde.

Si esta era la visión de un joven en la ladera del Tibidabo, con vistas a la ciudad con más oportunidades de nuestra resquebrajada Iberia, allí donde acudieron personas de todos los rincones patrios en busca de una vida mejor… ¿Cómo lo vería ese mismo joven al sur de Despeñaperros, bajo el olivo de un terrateniente, 40 ºC a la sombra, o bien en el interior de Galicia o de Asturias, empapado hasta los huesos sobre un peñasco de granito? Este era y continúa siendo el sentimiento de la juventud de un país, por eso todos quisimos cruzar el mar. Cómo no querer algo diferente… Cómo no soñar con algo mejor, fueses de Finisterre, Punta Umbría o Castellón…

Entretanto aquellos jóvenes fuimos creciendo, quizás madurando o tal vez perdiendo el coraje, y en lugar de soñar con L. A., anhelamos un puesto de funcionario público, estamos esperanzados a que nos hagan un contrato fijo o, los más avispaos, andan al acecho de un carguito en alguna administración controlada por tal o cual partido al que son afines.

Cambiamos los grandes ideales por un calculismo grisáceo y, eso sí, no nos duelen prendas a la hora de juzgar la impasible e irresponsable juventud de ahora, una juventud a la que nada le importa. Se nos olvida que, de ellos, solo se puede esperar que sueñen, tal como nosotros lo hicimos, poco más. Ahora, de nosotros es de quienes cabría esperar que luchásemos por los sueños que en su día tuvimos y, que en la medida de lo posible, los concretásemos.

Pero mirémonos al espejo y tengamos la valentía de ser honestos con nosotros mismos: no lo estamos haciendo, ni siquiera lo estamos intentando. Al menos, no a nivel colectivo, no de una forma pragmática. Ya se quejaba nuestro paisano Ángel Ganivet ante la contrariedad de que “somos refractarios a la asociación, y de hecho cuantas sociedades fundamos naufragan al poco tiempo y, sin embargo, somos el país de las comunidades religiosas”. Lo celestial sí nos congrega, mientras que lo terrenal nos enfrenta. Nos sentenciaba el decimonónico literato afirmando que “las sociedades que nosotros formamos con algún objetivo útil se disuelven por asco recíproco de sus miembros”. Razón no le faltaba, y lo vio tan claro que acabó quitándose la vida tirándose a un río de aguas heladas.

Aunque la historia ya está escrita, el presente aún no lo está. Cada nuevo día es una nueva oportunidad para partir en busca de L. A. o para abdicar de nosotros y ahogarnos en las aguas de un río opaco y sin nombre. O mejor, podemos aspirar a construir L. A. a este lado del mar. Podemos elegir. Cada nuevo día. Y todo ello, sin movernos un milímetro de donde estamos ni abdicar de ser quiénes somos. Es una cuestión de actitud. Cuando el amanecer nos sorprenda dormidos y desorientados allá donde estemos, sea bajo las palmeras, solitarios o sobre un colchón de matrimonio, les propongo abdicar del gimoteo, del exceso y de los errores cotidianos. Les propongo, simplemente, despertar.


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4 comentarios

  1. Avatar Jose Ramón Talero Islán

    D.Gerardo,genial reflexión.Mi más sincera enhorabuena.Saludos cordiales

    • Avatar Gerardo

      Muchas gracias estimado J. R. Talero Islán, sigo con interés sus publicaciones. Un cordial saludo.

  2. Avatar Fco Javier

    Durante unos minutos me ha llevado a recordar aquella década, aquellos sueños. Comparto su reflexión. Sabias palabras, enhorabuena. Quedo a la espera de leer la siguiente opinión, noticia…

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