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Patrulla talibán en las calles de Kandahar tras la toma de Afganistán. / STRINGER EFE

Opinión, Política

¿Con quién negociar?

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En las últimas semanas hemos asistido a todo tipo de piruetas para evitar decir que se negocia y se va a seguir negociando con los talibanes de Afganistán, o al menos para restar importancia al asunto. Solo se reconocen «contactos» y los más osados, como Josep Borrell, reconocen que hay que «hablar» con ellos, pero se evita hablar de negociaciones y, de modo tajante, se niega cualquier reconocimiento al gobierno afgano en ciernes. Me interesará ver qué recorrido tienen en este asunto los eufemismos, las pantomimas y las rasgaduras de ropas

A lo largo de casi toda mi vida adulta se me ha instruido en que no se negocia con terroristas y, por extensión, con cualquiera que use la violencia. Pero los hechos han desmentido siempre este postulado: siempre se ha negociado con terroristas, con diverso éxito, y, de hecho, se negocia especialmente con quien amenaza con usar la violencia, al menos si esta se considera poderosa o suficientemente inquietante. En las películas vemos que, tras un atraco con rehenes, siempre se llama a un negociador, y en todos los conflictos bélicos se acude a cualquier forma de mediación precisamente para que haya un cese de la violencia. Un montón de premios Nobel de la paz se ha otorgado a próceres de bandos contendientes que han negociado tratados de paz o armisticios entre enemigos que se masacraban sin cuartel.

En los últimos años, hemos asistido a una variante extensiva de la máxima anterior: tampoco se negocia con los soberanistas o con quienes quieren cambiar el orden legal. Esto me resulta insólito. Se supone que cualquier partido político quiere cambiar las leyes vigentes, con el ánimo de mejorarlas. ¿Quién ganaría unas elecciones diciendo que no va a hacer nada ni tocar ninguna disposición o normativa? De hecho, se ha estigmatizado a los representantes políticos de distinto signo que se reúnen a hablar (recuerdo un polémico encuentro entre Iglesias y Ribera en la cafetería del Congreso), porque hablar con el otro ha pasado a ser señal, bien de debilidad, bien de traición a los principios. Lo que se vende es que no hay que negociar con el diferente, porque negociar sería reconocer al diferente, dar legitimidad de su posición y, eventualmente, ceder ante sus pretensiones. Y, como jamás debemos ceder -sería una forma de indignidad-, nada hay que negociar.

Negociar, negociar y negociar

Se ha inoculado la idea de que negociar, si no me conviene, es ceder a un chantaje. Bueno, claro: la empresa negocia con sus trabajadores en huelga porque, de no hacerlo, pierde la producción; o los sindicatos negocian con el patrono porque, de no hacerlo, habría más despidos o más recortes salariales. Si secuestran a mi hijo querría negociar con los secuestradores, precisamente bajo el chantaje de que, de no hacerlo, su vida correría peligro. Todo el mundo sabe que siempre se negocia con chantajes, y que solo varía el uso que hacemos de las palabras.

Mi impresión es que se negocia con quien tiene poder y se elude toda negociación si uno tiene el poder. Si me conviene el status quo, no negocio; si estoy hundido y sin perspectivas, busco negociar. Y se negocia con quien manda, con quien tiene una posición dominante, que siempre será renuente a entablar negociaciones, porque solo puede perder parte de esa posición. Los ejemplos son innumerables. Azaña quería negociar en el 38, Franco no. EEUU negoció con Vietnam del Norte solo cuando vio que sus bombardeos eran inútiles. El PP no negocia la renovación del Consejo General del Poder Judicial porque le conviene mantener las mayorías heredadas del acuerdo de 2013. Israel no negocia con Palestina porque puede avasallarla a placer. China no negocia con su minoría uigur porque pueden aplastarlos y reeducarlos. Aquí no se negociará un referendo en Cataluña porque así todo seguirá igual, que es lo que queremos, y los soberanistas no tienen fuerza para cambiar las cosas.

Volviendo a Afganistán, los talibanes son un buen ejemplo de lo variables que son nuestras percepciones del otro o del adversario. En los años 80, eran en esencia los heroicos muyahidines catalogados como freedom fighters a los que había que ayudar y armar contra la ocupación soviética (¿recuerdan Rambo III?). En 2001 y llevando ya varios años en el poder, descubrimos que eran malísimos de la muerte, unos terroristas empedernidos y unos machistas medievales, de modo que había, no ya que dejar de hablar con ellos, sino invadirlos y derrotarlos. Cuando, tras 19 años de ocupación, resultó evidente que, lejos de derrotarles, habían ganado terreno, la Administración Trump negoció formalmente con ellos la retirada de las tropas occidentales del país. Y ya han visto que ahora Occidente depende de ellos si queremos sacar a refugiados o hacer llegar ayuda humanitaria. ¿Es que ahora son mejores? No, es solo que ahora mandan y, si queremos actuar de alguna forma en el territorio que controlan, hemos de negociar con ellos. Y, para justificarnos y desdecirnos, decimos que ya no son tan malvados e incluso descubrimos que los realmente malvados son otros, y así aparece de la nada una banda a la que llamamos Isis-K, que haría de los antaño odiosos talibanes unos mansos moderados. Nada nuevo: durante la Guerra Fría se llamó a esto Realpolitik y la practicamos continuamente con autocracias de todo tipo porque nos interesa llevarnos bien con ellas, a las que reconocemos y con las que negociamos sin desmayo, alguna a nueve millas de nuestras costas.

Siempre podemos dejar de negociar (o “hablar”) con los talibanes: basta con que no queramos actuar de ninguna manera en el territorio que controlan. ¿Es eso lo que queremos? ¿Cuánta coherencia estamos dispuestos a sacrificar y qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestros principios?


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