civeta

Una civeta comiendo cerezas.

Opinión, Política

‘Bumburismos’ o el arte de la civeta

Comparte este artículo:

Cuando al viejo se le calentaba la boca, ya fuera por culpa de la compañía, el mal tiempo o simplemente por exceso de alpiste, se entretenía soltando embajadas al respetable sin el menor miramiento. Un día dijo algo así como que el hombre era un imitador y un prestatario, que la vida solo era una actuación cualquiera y la literatura, poco más que citas cifradas de otros autores

Con permiso del viejo Emerson, me detendré un momento en el eternamente joven Oscar Wilde y sus bumburismos para constatar un interesante fenómeno. El bumburismo, término con origen en la obra del irlandés y referente a la «acción o hecho de inventarse la existencia de alguna persona que pueda servir de excusa para evitar compromisos sociales«, ha sufrido en nuestra cultura una transmutación a prueba de culturillas y gafapastimos. Como nada resiste al paso del tiempo y mucho menos a la corrosiva acción del pop-rock, el bumburismo ha pasado a ser todo aquello que remita a la extravagancia profunda y grandilocuente con la que Enrique Bunbury, también ya viejo hoy, nos ha entretenido en los últimos 30 años. ¿¡30 años!? No puede ser. Desconfíen de ese dato, debe ser un error.

Además, para quienes hemos seguido de cerca las andanzas del personaje -el de Zaragoza, me refiero- bumburismo es también y, sobre todo, el arte de ir por ahí robando versos de otros autores más o menos conocidos y adjudicárselos, plagiándolos sin citarlos y poniéndoles música para venderla a su entregado público. El arte del trapicheo, o el trapicheo del arte para facturar, que al final es lo que cuenta. Quizás la zozobra producida por este pastiche explica el rictus de huelemierdas que siempre arrastró Juan Valdivia. No lo sé. Lo curioso es que a sabiendas de esta vil artimaña, a pesar de conocer la ausencia de profundidad de sus canciones y su impostada emotividad, resulte imposible no dejarse embaucar al recordar que «de la tierra perdida en la infancia al mundo perecedero, bendecida fue la causa de mi fortuna«, al imaginarse inhalando la niebla que flota en el Ganges o al asumir que pertenecemos al sueño de un destino.

Este bumburismo, el de la apropiación de las creaciones de otros, nos rodea por todos lados. Se ha vendido bien, ha funcionado y a día de hoy lo vemos allá donde miremos. Los partidos parasitan ideales para postularse como sus acérrimos defensores, mudando de principios fundamentales cada dos años con la mirada puesta en la intención de voto (o sea, que ni eran principios, ni eran fundamentales). Los diferentes medios de comunicación nos ocupan con las mismas noticias que, más que informar, entretienen con independencia de su veracidad. Y los directivos de los (abundantísimos y muy inútiles) agentes sociales, a su vez, retuitean esas noticias, aportándoles un nuevo giro de tuerca a las medias verdades entre comentarios y respuestas.

Esta capacidad de coger el trabajo de otros y tras metabolizarlo, hacerlo pasar por propio me hace pensar en la civeta, un animal absolutamente desconocido en occidente si no fuese porque, de su esfínter, emana el café más caro del mundo. Correcto. En España no hay civetas, porque tenemos cantantes como el Bunbury, periódicos nacionales de todos los colores, grandes grupos de comunicación dominantes y políticos que ya hacen lo mismo que el extraño gato-zorro asiático: venden sus deyecciones a un precio elevado.

Si asumimos que es de gente fina beberse los excrementos filtrados de un mapache tailandés, si podemos discutir fervorosamente sobre detritus rojos, estiércol azul y gallinaza independentista, si nuestras mejores canciones son plagios y nuestras grandes novelas se escriben a tres manos… Si el viejo estaba en lo cierto, aquella mañana de lluvia cuando afirmaba que la literatura no es más que citas cifradas de otros autores, ¿por qué no habríamos de abandonarnos a unos gobiernos dirigidos por filibusteros que nos conducen cada lunes y al son de nuestros aplausos a un salto al vacío? Es posible que esté en nuestra naturaleza, así que, venga, aceleren señores Sánchez y Casado, písenle a fondo señores Biden, Putin, Xi Jinping, el ciento y la madre… Ojalá me equivoque, pero la hostia puede ser de fábula.


Comparte este artículo:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*