landaluce y belmonte

Emilia Landaluce y Rosa Belmonte, con su nuevo libro.

Cultura, Opinión

Belmonte y Landaluce apelan a lo cercano para hablar de lo universal en ‘Sobre nosotras, sobre nada’

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Rosa Belmonte y Emilia Landaluce han escrito un libro a cuatro manos al que han titulado ‘Sobre nosotras. Sobre nada’. En esta clara (i)(a)lusión al gran Julio Camba se muestra la declaración de intenciones de estas dos grandes articulistas que manejan las distancias cortas como Usain Bolt u otros eyaculadores precoces expertos en ver la luz a la misma velocidad que esta viaja

En este libro donde conversan las dos autoras, una le cuenta a la otra experiencias vitales, que cree que deben contarse en un libro, la otra le contesta y sube la apuesta o se va por los cerros de Úbeda, pues aquí ninguna manda. En este artículo no se van a encontrar ningún ejemplo, pues, a mi parecer, a los libros hay que llegar sin ninguna concreción, pero sí con las dudas que deja una buena reseña que no cuenta nada.

Belmonte y Landaluce se dejan llevar por las aguas mansas o revueltas, expertas en el noble arte de flotar sobre la palabra escrita con exquisita tranquilidad. No se dan importancia, saben que la inteligencia se muestra en querer esconderla a toda costa. En la sencillez la frase brilla. El que busque deslumbrarse que se vaya a Vigo a partir de septiembre, el alcalde eléctrico y bombillero os recibirá con los brazos abiertos. Belmonte se come un tomate de la huerta murciana, mientras con la otra mano, pues es una autora ambidextra, coge el capote para torear a la página en blanco como lo hacía el torero que le copió el apellido. La ucronía distópica se repite en cualquier texto de carácter periodístico, como lo es el artículo o columna.

Landaluce es más pizpireta, una niña revoltosa que le gusta jugar a ser un poco pija. La escritura acomodada le sienta como un guante que busca las manos de Gilda. Santa Rita, Rita, Rita, la gracia que se da, a Emilia no se le quita.

Escatología y amor

En el libro tenía que haber escatología y amor, los dos únicos conceptos necesarios para ponerse a escribir. Estar en la mierda, mancharse las manos de excrementos demasiado literarios para demostrar que a la escritura se le ama, si se hace de esta manera. Hay que pringarse de la cotidianidad, pues es imposible no hacerlo. Todo lo que nos pasa nos ensucia para dejarnos de la misma manera, pero menos presentables. Dejarlo por escrito es querer dar un paso más hacia el retrete donde empiezan y acaban las mejores historias.

Camba se pasó escribiendo sus últimas décadas desde el hotel Palace de Madrid, donde vivió esos años. En el estilo de nuestras dos protagonistas se percibe una escritura de estar por (en) casa, una de zapatillas con pompones y albornoz de bolas que deshilacha la realidad y, debajo, por supuesto, el pijama que llevaría Julio sí aún siguiera vivo. No se me ocurre una manera más erótica de practicar esa noble y baja pasión que es siempre escribir. Rosa Belmonte, que es una abogada en ejercicio, y Emilia Landaluce, que tampoco estudió periodismo, demuestran que, para escribir, el estudio de esa carrera sólo podía ser un impedimento más en su objetivo lícito. Y la Belmonte de eso tiene que saber, de leyes y de su incumplimiento, que para triunfar en cualquier cosa es necesario entrar como un elefante en una cacharrería o, por lo menos, demostrar que no te has preparado para ello. La formación es un demérito más con el que justificar la incompetencia.

La oda a la nada en este libro llega a unas cotas que deja con nieve a las miradas más calenturientas en busca de algo profundo, un pozo sin límite, donde debería estar siempre la presunta intelectualidad, y hacer oídos sordos a sus súplicas por subir a la altura de los que sólo somos mortales.

Nada es más interesante que lo que le puede pasar a cualquiera contado de una manera sencilla para que parezca una proeza propia de un político español. Parecer que haces algo sublime con lo que, como mucho, envolverás el chorizo del bocadillo cuando tienes suerte, y es casi siempre, y te ha tocado la página de tribunales o de política nacional, que se confunden como el presunto cine social de Fernando León.

Este libro se preocupa poco de la política, se escribe sobre las autoras, pues su ego siempre será mayor que el de estos. De lo más cercano siempre se llega a lo universal y aquí hay dos mujeres que quieren pasar por corrientes, pero su electricidad es de alta intensidad, como si de un Carmona se tratase en un Consejo de Administración de Iberdrola. Mi amado caballo de Troya. Y ellas dos, mis troyanas favoritas, un virus de un clasicismo por escrito.


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