madrid antiguo

Una estampa del Madrid de los años 80 vista en 'El crack', de José Luis Garci.

Opinión

Atropellada realidad

Comparte este artículo:

El mundo está lleno de ruido y yo no paro de escucharlo. También por las noches, cuando duermo y la música parece que deja de sonar. Las mejores canciones se cantan en silencio. Hoy vi una luz y dejé que se oscureciese. Ahora soy yo el que se deja atrapar. No tengo brazos para que me agarres y los abrazos los siento como un tronco que hace tiempo que sabe que ya no pertenece al árbol. La corteza me cubre la piel vestida de nada. Estoy vacío por dentro y sólo las raíces pueden tocar mi inexistencia. El sol nunca me ve, pero me ilumina

He bajado a la calle y Madrid seguía estando. Sus edificios son de una presencia constante, haga calor o frío, llueva o haya nevado de manera apocalíptica, como a principios de este año. Sus caras son fachadas de hoja perenne. Balcones con macetas suicidas arriesgan mi vida para alegrar las suyas. No es casualidad que en la última planta de El Corte Inglés se vendan las maletas. Hay viajes de ida que necesitan de un equipaje a la altura. La poca imaginación de los que toman las decisiones en estos centros comerciales se demuestra cuando en el sótano deciden colocar su floristería y jardinería. Situarlas en las plantas subterráneas no va a evitar que ellas quieran seguir volando hacia la eternidad o acabando sobre mi cabeza, que viene a ser lo mismo.

Los semáforos parpadean más rápido de lo normal. Por lo menos es lo que a mí me parece. Cierro los ojos para sentir el atropello. Mi abuelo lo sufrió hace tiempo y, desde entonces, es la envidia de las macetas. No sufráis por mí, no he movido mis piernas mientras lo hacía y, además, no podría estar escribiendo estas frases si un conductor hubiese tenido la necesidad de tener que llevarme por delante. No sé por qué, pero cuando fantaseo estas cosas, lo que más vergüenza me daría es que no me pasara nada, solo tener que tirar la ropa a la basura por los rotos y agujeros producidos por el simpático impacto.

En esta desordenada habitación que es hoy Madrid (y también el título de una de las mejores canciones de Antonio Vega), el caos se organiza en mi cabeza como un tetris tétrico, un juego con el que asustarme, un pasatiempo con el que esperar a que la luna se convierta en sol. Antonio Vega no solo suena en mi cabeza mientras camino por un suelo que no veo, además le leo en el libro de título Vatio que A. J. Ussía ha escrito, y en el que ambos comparten protagonismo. El Madrid de principios de los 2000 estaba más enfermo, pero el de ahora es más tóxico. Las Barranquillas curaban el alma mejor que la actual sanidad pública de esta comunidad. La decadencia de esos años se nos muestra con la nostalgia de que lo peor todavía estaba por llegar. Lo único bueno que tuvo la muerte de Antonio Vega es que no ha tenido que ver lo que nos ha deparado este maldito presente continuo. Un réquiem sin nadie decente al que hacerle una letra.

En esta ciudad oscura, y que conste que es cuando más nítida puede verse, las luces las ponen los escaparates. La Navidad está a la vuelta de la esquina y, por eso, yo cruzo al otro lado de la calle cuando el mío termina. Abrazo a los semáforos porque son las únicas luces que no quieren venderme nada. Otra vez el atropello es lo que más barato sale.

Hace tiempo que la hora de cenar ha pasado y los que seguimos en la calle buscamos el hambre entre los vagabundos. El desayuno parece que viene de un cielo que se abre para los que nos gustan los espectáculos descapotables. En los auriculares que llevo conectados a mi teléfono móvil ha empezado a sonar la única canción que pone criterio a todo este sinsentido. Se trata de When the sun hits, del grupo inglés Slowdive. Y es que, mientras el sol golpee, ella me estará esperando con sus cosas geniales y con su cielo.

Eres la dulce criatura que ha traído la mañana. Va siendo hora de ir a casa. Meterme en la cama y compartir mi manta y mis sábanas con el día que queda por delante. Con un poco de suerte al despertar volverá a ser de noche.

Hace tiempo que las pesadillas me abordan al despertarme. El suelo deja las plantas de mis pies como bloques de hielo, tiesos como los huesos del que compró esta casa hace casi medio siglo. Vivo en la casa de un fantasma y como tal me comporto. Mi abuelo se lo merece, aunque yo sólo choque con la realidad.


Comparte este artículo:

Un comentario

  1. Avatar Angeles Suarez Pozo

    Qué bonita manera de narrar… Lo volveré a leer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*